Mientras permanecía crucificado el Señor Jesús citó el salmo 22, “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46; Sal. 22:1). Sin embargo, el salmo 22 contiene otras
referencias a la cruz:
Las burlas de sus enemigos: “Todos los que
me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó
a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía” (v.7-8). La sed del Señor: “Como un tiesto se secó mi
vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la
muerte” (v.15). La perforación de sus manos y pies: “Porque
perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos
y mis pies” (v.16). Los soldados echando suertes sobre las
vestiduras del Señor: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa
echaron suertes” (v.18). Las circunstancias predichas en el salmo 22 se
cumplieron de una manera que escapa al control humano. Sencillamente, el Señor
Jesucristo estaba en el lugar indicado en la profecía y rodeado de las circunstancias
profetizadas. Además de los eventos de la cruz, el salmo 22 menciona
la confianza del Señor Jesús, aun desde la infancia, en el cuidado providencial
del Padre celestial: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me
hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. Sobre ti fui
echado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios” (Sal.
22:9,10). Esta declaración profética nos recuerda las difíciles circunstancias
que rodearon el nacimiento del Señor. Mateo registra la historia del nacimiento del
Señor en Belén. Los sabios del oriente vieron la estrella que indicaba el
nacimiento del Mesías y viajaron a Jerusalén para adorarlo. Cuando llegaron a
Jerusalén, preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?
Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mat.
2:2). Herodes reunió a los sacerdotes y escribas para
ver qué decían las sagradas Escrituras acerca del lugar en el cual nacería el
Mesías, y concluyeron, basándose en la profecía de Miqueas 5:2, que el Mesías
nacería en Belén (Mat. 2:4-6). Herodes pidió a los sabios que regresaran a
Jerusalén y le dijeran dónde estaba el niño para que él también pudiera
adorarlo; entonces, los sabios partieron en busca de Jesús, dirigiéndose a
Belén, y la estrella reapareció guiándolos a la casa donde vivían José y María
(Mat. 2:7-10). Los sabios adoraron al Señor y le ofrecieron
sus regalos: oro, incienso y mirra. Pero Dios les advirtió que no regresaran
con Herodes, así que, volvieron a su tierra por otra ruta (Mat.
2:12). Cuando los sabios partieron, el ángel del Señor
le ordenó a José que tomara a María y al niño, y que huyeran a Egipto (Mat.
2:13), donde permanecieron hasta la muerte de Herodes (Mat. 2:14,15). “Herodes entonces, cuando se vio burlado por
los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años
que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había
inquirido de los magos” (Mat. 2:16). La paranoia y el asesinato de niños concuerda con lo que la
historia secular nos informa sobre Herodes el Grande. El salmo 22 no sólo predice la crucifixión del
Señor, sino también el atentado contra su vida cuando era un infante, y nos
permite observar el corazón confiado del Señor Jesucristo en el cuidado
paternal del Padre celestial (Sal. 22:9,10). Amenazado por Herodes, el Señor Jesús no
recurrió a su poder divino para lograr su propia liberación, sino que confió en
el Padre celestial para que lo salvara de la muerte.
Conclusión
En el salmo 22 no solo vemos el sufrimiento del
Mesías, también observamos su confianza. El Padre lo había liberado del ataque
de Herodes, y también lo asistiría en la hora más oscura y no lo abandonaría
(Sal. 22:24). No obstante, en la cruz no lo libró de la muerte, sino que lo
entregó por todos nosotros (Rom. 8:32), pero lo resucitó de entre los muertos tal
como había sido profetizado (Sal. 22:22; cf. Sal. 16:8-11; Is. 53:11,12).