La confianza de Jesús en el Padre



Por Josué I. Hernández

 
Mientras permanecía crucificado el Señor Jesús citó el salmo 22,
Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mat. 27:46; Sal. 22:1). Sin embargo, el salmo 22 contiene otras referencias a la cruz:
 
Las burlas de sus enemigos: “Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía” (v.7-8).
 
La sed del Señor: “Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte” (v.15).
 
La perforación de sus manos y pies: “Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies” (v.16).
 
Los soldados echando suertes sobre las vestiduras del Señor: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (v.18).
 
Las circunstancias predichas en el salmo 22 se cumplieron de una manera que escapa al control humano. Sencillamente, el Señor Jesucristo estaba en el lugar indicado en la profecía y rodeado de las circunstancias profetizadas.
 
Además de los eventos de la cruz, el salmo 22 menciona la confianza del Señor Jesús, aun desde la infancia, en el cuidado providencial del Padre celestial: “Pero tú eres el que me sacó del vientre; el que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. Sobre ti fui echado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios” (Sal. 22:9,10). Esta declaración profética nos recuerda las difíciles circunstancias que rodearon el nacimiento del Señor.
 
Mateo registra la historia del nacimiento del Señor en Belén. Los sabios del oriente vieron la estrella que indicaba el nacimiento del Mesías y viajaron a Jerusalén para adorarlo. Cuando llegaron a Jerusalén, preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle” (Mat. 2:2).  
 
Herodes reunió a los sacerdotes y escribas para ver qué decían las sagradas Escrituras acerca del lugar en el cual nacería el Mesías, y concluyeron, basándose en la profecía de Miqueas 5:2, que el Mesías nacería en Belén (Mat. 2:4-6).
 
Herodes pidió a los sabios que regresaran a Jerusalén y le dijeran dónde estaba el niño para que él también pudiera adorarlo; entonces, los sabios partieron en busca de Jesús, dirigiéndose a Belén, y la estrella reapareció guiándolos a la casa donde vivían José y María (Mat. 2:7-10).
 
Los sabios adoraron al Señor y le ofrecieron sus regalos: oro, incienso y mirra. Pero Dios les advirtió que no regresaran con Herodes, así que, volvieron a su tierra por otra ruta (Mat. 2:12).
 
Cuando los sabios partieron, el ángel del Señor le ordenó a José que tomara a María y al niño, y que huyeran a Egipto (Mat. 2:13), donde permanecieron hasta la muerte de Herodes (Mat. 2:14,15).
 
“Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos” (Mat. 2:16). La paranoia y el asesinato de niños concuerda con lo que la historia secular nos informa sobre Herodes el Grande.
 
El salmo 22 no sólo predice la crucifixión del Señor, sino también el atentado contra su vida cuando era un infante, y nos permite observar el corazón confiado del Señor Jesucristo en el cuidado paternal del Padre celestial (Sal. 22:9,10).
 
Amenazado por Herodes, el Señor Jesús no recurrió a su poder divino para lograr su propia liberación, sino que confió en el Padre celestial para que lo salvara de la muerte.
 
Conclusión
 
En el salmo 22 no solo vemos el sufrimiento del Mesías, también observamos su confianza. El Padre lo había liberado del ataque de Herodes, y también lo asistiría en la hora más oscura y no lo abandonaría (Sal. 22:24). No obstante, en la cruz no lo libró de la muerte, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom. 8:32), pero lo resucitó de entre los muertos tal como había sido profetizado (Sal. 22:22; cf. Sal. 16:8-11; Is. 53:11,12).