Por Josué I. Hernández
Nuestro Señor Jesucristo vino con una misión sumamente benévola, “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Luc. 19:10), y “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech. 10:38). Jesucristo agradó a su Padre en todo (cf. Mat. 3:17; 17:5, Jn. 8:29), sin embargo, desagradó a muchos. Fue acusado de estar endemoniado, o loco (Jn. 7:20; 10:20). ¿Por qué alguno odiaría a un carácter tan puro, servicial y compasivo? Cristo dijo, “No puede el mundo aborreceros a vosotros; mas a mí me aborrece, porque yo testifico de él, que sus obras son malas” (Jn. 7:7).
