Matar animales y comer su carne



Por Josué I. Hernández
 

“Levántate, Pedro, mata y come” (Hech. 10:13).

 
¿Es moralmente incorrecto, es decir, malo, el cazar animales y comer su carne? Los activistas por los “derechos de los animales” se están esforzando mucho para que respondamos afirmativamente. Pero, ¿qué dice la Biblia?
 
En primer lugar, debemos enfocarnos en la definición de “moral”. Nos referimos a lo que está relacionado con los principios del bien y del mal, y que se ajusta a una norma de conducta correcta. “Perteneciente o relativo a las acciones de las personas, desde el punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal y en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva” (RAE).
 
Siendo Jesucristo la máxima autoridad (Mat. 28:18), y habiendo expresado su autoridad por medio de su palabra (Jn. 12:48; Heb. 1:1,2), los cristianos hemos reconocido cuáles son las normas y los principios de moralidad. Por el contrario, los activistas por los derechos de los animales no tienen alguna fuente de autoridad objetiva de la cual obtener normas y principios de moralidad, y quieren imponernos su doctrina.

Los datos fundamentales
 
El ser humano es la imagen y semejanza de Dios (Gen. 1:26-28), apartado del mundo animal, y señor de la creación (cf. Sal. 8:3-9).
 
Cuando Adán y Eva debían cubrir su desnudez, Dios los vistió con túnicas de pieles (Gen. 3:21). Si Dios vistió a la primera pareja humana con pieles, ¿qué derecho tengo yo para protestar cuando alguna persona se viste con pieles? ¿Es moralmente incorrecto usar zapatos de cuero o una chaqueta de cuero?
 
Cuando Noé salió del arca, Dios le dijo: “Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo” (Gen. 9:3). Dios no exige que seamos vegetarianos. Es más, Dios señaló que la carne de los animales nos serviría de alimento (cf. Gen. 27:3,4; Lev. 17:13,14; 1 Cor. 10:25).
 
El pueblo de Israel del Antiguo Testamento estuvo sujeto a leyes alimentarias que lo separaron de las demás naciones. Dios enumeró los animales que los judíos podrían comer, y especificó cuales no podrían comer (ej. Deut. 14:2-21). Estas leyes alimentarias restringieron a Israel por varios siglos hasta la era cristiana, cuando Dios las modificó nuevamente estableciendo un Nuevo Pacto.
 
Por medio de una visión, Dios le dijo al apóstol Pedro que ya no estaban en vigencia las leyes restrictivas del Antiguo Testamento, y que la carne de todos los animales era lícita para comer (Hech. 10:10-16). La analogía señalaba que, así como todos los animales deben ser considerados limpios, todas las personas deben ser aceptadas en la familia de Dios, como lo habían sido los judíos. Sin embargo, cuando el Señor le dijo: “Levántate, Pedro, mata y come” (Hech. 10:13), el apóstol replicó: “Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás” (Hech. 10:14). Entonces, “Volvió la voz a él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común” (Hech. 10:15).
 
Piénselo detenidamente. ¿Es correcto contradecir a Dios sobre el matar animales para comer su carne?
 
El apóstol Pablo explicó que ningún alimento es inmundo, pero también enseñó que no debe consumirse aquello que ofende la conciencia de alguno que piensa que es pecado hacerlo (Rom. 14:13-15). Aunque esto no se refiere a los activistas por “los derechos de los animales”, quienes no suelen sujetarse a la autoridad del Señor Jesucristo, somos responsabilizados de usar de consideración para aquellos que podrían caer de la gracia por lo que comemos.
 
El Señor Jesucristo hizo limpios todos los alimentos (Mar. 7:19), y nadie podría condenarnos por lo que comemos (Col. 2:16). Sencillamente, ninguna comida debe rechazarse si se recibe con acción de gracias. Por el contrario, las doctrinas que prohíben alimentos que Dios creo para nuestro beneficio son doctrinas de demonios (1 Tim. 4:1-5).
 
Algunos extremistas afirman que es moralmente incorrecto utilizar animales como mascotas, exhibirlos en los zoológicos, o usarlos como animales de carga. Sin embargo, en el relato bíblico vemos el uso de animales como ganado, como sacrificios, para el transporte, etc. Cualquiera, con un mínimo conocimiento bíblico, sabe que estos usos fueron aprobados por Dios, beneficiaron al hombre, y continúan beneficiándonos.
 
El Señor Jesús no era vegetariano. No tenemos registro de alguna ocasión en la que haya salido a cazar, pero siendo judío aprobaba la caza y consumo de animales. Ayudó a pescar (cf. Luc. 5:1-11; Jn. 21:1-8), animó el consumo de pescado (ej. Jn. 21:9; Mat. 14:19-21), el consumo de cordero (cf. Ex. 12:1-10), y de todo animal que la ley permitía comer.
 
El Señor Jesús enseñó que los seres humanos ocupamos un lugar especial en el corazón de Dios, y afirmó que valemos mucho más que los animales (Mat. 6:26). Esto contradice la idea de que los animales tengan los mismos derechos que nosotros. Por supuesto, siendo imagen y semejanza de Dios, y la corona de la creación, no debemos abusar de los animales. “El justo cuida de la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel” (Prov. 12:10; Deut. 22:6; Jon. 4:11).
 
Conclusión
 
El activismo por los derechos de los animales no está en sintonía con el corazón de Dios. No ofrece un estándar moral objetivo, ni redención. Por el contrario, Jesucristo vino para darnos la vida abundante (Jn. 10:10).
 
Matar animales para consumir su carne es lícito. Sin embargo, es irresponsable y malvado el contaminar y destruir un entorno en el cual todos vivimos, y del cual dependemos.