La preexistencia del Señor Jesucristo



Por Josué I. Hernández

 
El apóstol Juan comenzó su relato del evangelio de la siguiente manera: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios… Y aquel Verbo fue hecho carne” (Jn. 1:1,14).
 
La preexistencia del Señor Jesucristo va de la mano con su deidad, o divinidad. Por lo tanto, Juan afirmó: “En el principio era el Verbo” (Jn. 1:1). Juan usó el pretérito imperfecto griego (“era”) al afirmar que, en el principio, cuando las cosas comenzaron su existencia, el Verbo ya existía, lo cual establece un contraste con todas las cosas que por él “fueron hechas” (Jn. 1:3). Luego, al afirmar que el Verbo se hizo carne, es decir, tomó forma humana, usó otra forma verbal, porque se trató de un evento puntual, el Verbo llegó a ser carne. Entonces, hubo un tiempo en que el Verbo eterno no existía como hombre, pero nunca ha habido tiempo en que el Verbo no existiese como Dios.   
 
Hablando de esto mismo, el apóstol Pablo escribió: “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6,7).
 
Pablo dijo “siendo”, literalmente, “existiendo” (gr. “huparchön”); ¿existiendo cómo? “en forma de Dios”. Pablo usó el verbo “existir”, no en pasado, sino en presente continuo. Es decir, Jesucristo siempre ha existido en forma de Dios, es más, no hay momento en que no esté existiendo así. Sin embargo, cuando leemos que Cristo “se despojó a sí mismo”, Pablo indica un momento en el tiempo, un hecho histórico particular, cuando fue “hecho semejante a los hombres”. Nuevamente, hubo un tiempo en que el Verbo no existía como hombre (cf. Jn. 1:14), pero nunca ha habido tiempo en que él no estuviese en forma de Dios. Cuando leemos que se despojó, Pablo explica claramente de qué manera se despojó, “tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”.
 
Cuando los judíos deseaban matarlo, afirmando ser descendientes de Abraham, Jesús replicó: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Jn. 8:58). Abraham llegó a existir, en un momento definido. Pero, Jesucristo no. Sin embargo, el énfasis es mayor aún. En lugar de afirmar “antes que Abraham existiera yo existo”, Jesucristo dijo: “Antes que Abraham fuese, yo soy”. Utilizó el tiempo presente para exponer su existencia, lo cual indica la naturaleza eterna de su persona y su plena deidad como Jehová (cf. Jn. 8:24,28; Ex. 3:14). Los judíos entendieron correctamente que Jesús afirmaba su eterna deidad, “entonces piedras para arrojárselas” (Jn. 8:59).
 
La encarnación del Verbo eterno cumplió varios propósitos. Jesucristo es la perfecta manifestación de Dios al hombre, “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18). Cuando Felipe dijo: “Señor, muéstranos el Padre”, el Señor le respondió: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?” (Jn. 14:8,9). En su encarnación, Jesucristo es plenamente “Emanuel”, “que traducido es: Dios con nosotros” (Mat. 1:23).
 
Al tomar forma humana, Jesucristo fue hecho un poco menor que los ángeles “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte, para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Heb. 2:9). Sin un cuerpo, Dios no podría experimentar la muerte física. Pero, al hacerse hombre, “Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8). 
 
Al morir por nosotros, Jesucristo pudo arruinar a Satanás y pagar el precio de nuestra redención, “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre” (Heb. 2:14,15; cf. Heb. 10:4-10).  
 
Para Dios fue perfectamente apropiado perfeccionar a Jesucristo para llevarnos a la gloria (Heb. 2:10). El Hijo de Dios se hizo hombre, para que los hombres fuesen adoptados como hijos de Dios. El sufrimiento perfeccionó a Jesucristo haciéndole experimentar la obediencia, para salvar a todos los obedientes (Heb. 5:8,9; cf. Fil. 2:8).
 
Nunca leemos en la Biblia que Jesucristo se haya despojado de su humanidad al ascender al cielo. En lugar de ello, leemos: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5). Esto concuerda con otra afirmación del apóstol Pablo: “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9). Jesucristo posee ahora un cuerpo glorificado y celestial, y promete a su pueblo un cuerpo “semejante al cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3:21; cf. 1 Cor. 15:49).