La Biblia merece nuestra atención y estudio. No
solo es el libro más popular del mundo, es la palabra de Dios. Cuando
consultamos el índice de nuestra Biblia podemos observar que se divide en dos
secciones, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Si contamos los libros
de cada sección vemos que el Antiguo Testamento consta de 39 libros, mientras
que el Nuevo Testamento consta de 27 libros. La división en dos testamentos se fundamenta en
la propia redacción de la Biblia. Cuando Jesús instituyó la cena del Señor,
dijo: “porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada
para remisión de los pecados” (Mat. 26:28; cf. Mar. 14:24; Luc. 22:20; 1
Cor. 11:25). Luego, la misma Biblia provee información acerca del cambio del
antiguo pacto al nuevo pacto, quedando el primero abolido y el segundo en
vigencia (cf. Col. 2:14; Ef. 2:15). El apóstol Pablo escribió: “el cual asimismo
nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto” (2 Cor. 3:6,14). La
estructura de la Biblia, con su respectiva división bibliográfica, se basa en
la enseñanza de la Biblia misma.
Los tres períodos de la historia bíblica
Sobre la base de los dos testamentos, la Biblia
enseña que hubo tres períodos históricos bíblicos. Estos tres períodos
históricos (épocas, eras, dispensaciones) son: La época patriarcal. Esta época toma su nombre del
sustantivo “patriarca” (cf. Heb. 7:4). Los ancestros considerados son Abraham,
Isaac y Jacob. El término “patriarcal” aplicado a esta época o período,
describe la relación que Dios mantuvo con toda la humanidad desde la creación. No
existe ninguna ley escrita que revele algún pacto o acuerdo con la humanidad
antes de Moisés, sin embargo, el pecado como transgresión de la ley de Dios sí
existió. Existía el bien y el mal, existían ordenanzas religiosas vigentes,
pero no tenemos algún escrito que detalle la revelación dada en ese tiempo.
Esta época terminó para los descendientes de Jacob con la promulgación de la
ley de Moisés, aproximadamente 145 A.C., pero continuó para el resto de la
humanidad hasta la muerte de Jesucristo. La época mosaica. Esta época recibe su nombre de Moisés como
legislador. Dios llamó a los descendientes de Abraham, a través de Isaac y
Jacob, a un pacto con él, sacándolos de la esclavitud egipcia para llevarlos al
monte Sinaí, donde les dio los diez mandamientos. Moisés escribió los primeros
cinco libros de nuestras Biblias, el pentateuco, los libros que denominamos
Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Estos libros son el
fundamento del Antiguo Testamento. Con el paso de los años, Dios reveló más y
se añadieron libros de historia, sabiduría y profecía, hasta que el Antiguo
Testamento se completó alrededor del siglo quinto antes de Cristo. Esta ley
reguló la vida de los hijos de Israel desde su entrega en el monte Sinaí hasta
la muerte de Cristo. La época cristiana. Esta época recibe su nombre de Cristo como
legislador (Jn. 1:17; Heb. 1:1,2). Sin embargo, Jesucristo mismo no escribió directamente
el Nuevo Testamento; en cambio, envió al Espíritu Santo a los apóstoles y
profetas del siglo I, quienes escribieron los 27 libros del Nuevo Testamento.
Estos 27 libros son la legislación vigente de Dios para el mundo, es decir,
fueron revelados para gobernar a toda la humanidad hasta el fin del mundo.
El Antiguo Testamento predijo la venida de
Cristo
En el Antiguo Testamento Dios instituyó una
forma de adoración que prefiguró la obra de Jesucristo. La adoración en el
tabernáculo simbolizaba la venida del verdadero sacrificio por el pecado,
Jesucristo. Conforme a esto, Juan el bautista describe a Jesús diciendo: “He
aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). La sangre fue un elemento crucial (Lev. 17:11),
y el pueblo comprendía cómo un cordero sin defecto, macho, de un año, era
inmolado y su sangre rociada sobre el altar como expiación por el pecado. Entonces,
cuando Juan dijo que Jesucristo es el “cordero de Dios”, el pueblo debía captar
que Jesús es la ofrenda perfecta para el perdón de los pecados. El apóstol Pablo describió a Jesucristo como “nuestra
pascua” (1 Cor. 5:7). Los judíos podrían fácilmente recordar la institución
de la pascua en la época de la décima plaga sobre Egipto, cuando murieron los
primogénitos. A cada familia de Israel se le ordenó inmolar un cordero y rociar
su sangre sobre los postes y dinteles de las puertas. Cuando el Señor vio la
sangre, pasó de largo, es decir, pasó por alto aquellas casas y no dejó entrar
al heridor que mataría a los primogénitos. Cristo es nuestra pascua y su sangre
nos salva del juicio de la muerte. Los tipos y sombras del Antiguo Testamento son
proféticos de la gran expiación que se realizó en el Nuevo Testamento. Por consiguiente,
Jesucristo pudo decir sobre su venida que cumplía los anuncios del Antiguo
Testamento: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no
he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mat. 5:17). Su venida no fue
para abrogar la ley y los profetas, sino para cumplirlos. Cuando el compromiso
de matrimonio se realiza en el matrimonio, la boda no destruye el compromiso previo
de casarse, sino que lo cumple o consuma; de semejante forma, la muerte de
Jesucristo no destruyó el Antiguo Testamento, aunque puso fin a este acuerdo o
compromiso (Jn. 19:30). La obra del Señor Jesús es el cumplimiento del
propósito eterno de Dios para salvar a la humanidad (Ef. 3:11).
El Antiguo Testamento predijo el cambio de ley
El cambio de pacto fue predicho en las páginas del
Antiguo Testamento con mucha claridad. Por ejemplo, Jeremías, el profeta que
predicó entre el 625 -587 A.C., escribió: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los
cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el
pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la
tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido
para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel
después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré
en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no
enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a
Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más
grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más
de su pecado” (Jer.
31:31-34). Este pasaje predice el “nuevo pacto” que Dios
haría, y describe varios aspectos de la naturaleza misma de este nuevo pacto.
Uno no entrará en este pacto por nacimiento, para luego aprender a “conocer al
Señor”, como ocurría bajo el Antiguo Pacto cuando un niño judío entraba en el
pacto por medio de la circuncisión a los ocho días de nacido para luego
aprender a “conocer al Señor”. En lugar de aquello, bajo el nuevo pacto uno
debe conocer al Señor para luego entrar en él. Las leyes de Dios deben estar
escritas en la tabla del corazón para ser miembro de la comunidad del nuevo
pacto. Citando Jeremías 31:31-34, el escritor a los
hebreos aplicó la profecía al nuevo pacto de Cristo (Heb. 8:7-13), y la manera
en que concluyó su argumento no podría ser más clara: “Al decir: Nuevo
pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece,
está próximo a desaparecer” (Heb. 8:13). Cuando Jeremías escribió “Nuevo
pacto”, el antiguo pacto ya había envejecido, y estaba próximo a
desaparecer. Por lo tanto, el afirmar que el Antiguo Testamento ha sido abrogado
es enseñar lo que el mismo Antiguo Testamento predijo que ocurriría.
El Nuevo Testamento está en vigencia hoy
Los primeros cristianos tuvieron dificultades
para comprender el cambio en los pactos, al igual que muchas personas hoy en
día. Hay varios libros del Nuevo Testamento diseñados específicamente para abordar
este cambio, como Romanos, Gálatas y Hebreos, y varios textos que se encuentran
en otros libros. Por ejemplo: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos
hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne
las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para
crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y
mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en
ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que
estabais lejos, y a los que estaban cerca” (Ef. 2:14-17). Nótese cómo la ley de los
mandamientos fue abolida en su carne, y la pared intermedia entre judíos y
gentiles fue derribada, lo cual dio paso a la unión de judíos y gentiles en la
iglesia. “anulando el acta de los decretos que había
contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en
la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió
públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Por tanto, nadie os juzgue en
comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo
lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Col. 2:14-17). Considérese como el
acta de los decretos fue clavada en la cruz y, en consecuencia, los hombres ya
no están obligados a observar las fiestas judías como la pascua, el pentecostés,
la fiesta de los tabernáculos, la luna nueva, o el sábado. Cuando escribió a los gálatas, el apóstol Pablo
fue muy claro al enfatizar que los hombres serán salvos no por guardar la ley
de Moisés, sino por la fe en Jesucristo. Al desarrollar este tema, el apóstol señaló
que la ley funcionó como un ayo para llevar a los judíos a Cristo, pero que
ahora ya no es necesario el ayo porque Cristo ha llegado (Gal. 3:24,25). Luego,
Pablo se dirigió a los judaizantes, aquellos que intentaron imponer la
observancia de la ley mosaica sobre los cristianos gentiles, específicamente en
lo referente a la circuncisión: “Estad, pues, firmes en la libertad con que
Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He
aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y
otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar
toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de
la gracia habéis caído” (Gal. 5:1-4). Todos los que imponen el cumplimiento de la ley
de Moisés están obligados a cumplir toda la ley, no solo una parte de ella.
Luego, la obra de Cristo no tiene ningún efecto para tal persona, la cual está
fuera de la gracia de Dios. La epístola a los hebreos desarrolla el tema de
la superioridad de Cristo y su nuevo pacto por sobre la ley mosaica y el antiguo
pacto. Hay varios pasajes en el libro que exhiben el cambio de pactos. En
Hebreos 7:12, el escritor argumenta que la ley debió cambiar para que Cristo
fuera sacerdote, “Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya
también cambio de ley”. El argumento es simple. El Antiguo Testamento manda
que los descendientes de Leví sean sacerdotes (Heb. 7:11), dado que Cristo es
de la tribu de Judá, no podría se sacerdote a menos que la ley fuese cambiada
por una nueva, y el cambio de ley fue validado cuando Cristo murió en la cruz: “Así que, por eso es mediador de un nuevo
pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que
había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia
eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del
testador. Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido
entre tanto que el testador vive” (Heb. 9:15-17). La necesidad de un nuevo pacto se evidencia en
la necesidad de un mejor sacrificio que los ofrecidos bajo en antiguo pacto. La
sangre de los animales no pudo quitar los pecados (Heb. 10:4); por
consiguiente, se necesitaba un sacrificio superior por el pecado, necesidad que
fue satisfecha con la sangre expiatoria de Jesucristo. Hay muchos otros pasajes en la Biblia que
señalan con mucha claridad que la ley ha cambiado, que no está en vigencia el
Antiguo Testamento, y que vivimos bajo el Nuevo Testamento (ej. 2 Cor. 3).
Conclusión
Las condiciones para la salvación mediante la
sangre del Señor Jesucristo se encuentran en el Nuevo Testamento, no en el Antiguo
Testamento. Hoy en día, es necesario escudriñar las páginas del Nuevo
Testamento para encontrar las condiciones de Dios para otorgar su perdón. Las leyes que regulaban la vida para el Israel
del Antiguo Testamento no están en vigencia hoy. Por lo tanto, no es necesario
el sacrificio de animales, porque la sangre de Cristo ya ha sido derramada (1
Ped. 1:19). No hay necesidad de un sacerdocio especial, porque todos los
cristianos son sacerdotes (1 Ped. 2:5). No es necesario ir a Jerusalén para
adorar, porque el lugar donde se adore no es un factor esencial (Jn. 4:20-24). No está permitido practicar la poligamia, como
en el Antiguo Testamento sucedió (Ex. 21:10,11). Ahora, cada hombre debe tener
su propia mujer, y cada mujer debe tener su propio marido (1 Cor. 7:1-5). Bajo la ley mosaica estuvo permitido el repudio
por “impureza” (Deut. 24:1-4), aunque Dios siempre ha aborrecido el repudio (Mal.
2:16). Bajo la ley de Cristo, el repudio está permitido solamente por causa de
fornicación (Mat. 19:9). Bajo el Antiguo Testamento la fornicación en
general, y el adulterio en particular, fueron castigados con la muerte (Lev.
20:10; Deut. 22:21-24; Jn. 8:4). Actualmente, no vivimos bajo una ley civil que
aplique tal normativa. Las leyes que regulan el culto público de la
iglesia se encuentran en el Nuevo Testamento. Pero, si el Antiguo Testamento
fuese obligatorio para la humanidad, tendríamos que reunirnos para algún culto
cada sábado, guardando a la vez dicho día, mientras se ofrecen sacrificios en
el templo por un sacerdocio especial, etc. Sin embargo, la ley ha cambiado, y
no estamos sujetos al Antiguo Testamento, sino que vivimos bajo el Nuevo
Testamento de Jesucristo, lo cual nos debe motivar a vivir conforme a las
ordenanzas del Señor Jesús por medio de sus apóstoles y profetas del Nuevo Testamento.
Por una lectura cuidadosa del Nuevo Testamento, aprendemos que el Señor apartó
el primer día de cada semana para la adoración cristiana, no el sábado (cf.
Hech. 20:7; 1 Cor. 16:1,2; Apoc. 1:10). Debido a lo anterior, el Nuevo Testamento
no autoriza la observancia del sábado, algún sacerdocio independiente, algún tipo
de música instrumental, la quema de incienso, ni el diezmo. La práctica moderna de aplicar algunas cosas del
Antiguo Testamento es totalmente inadecuada, radicalmente errónea, y fuente de
mucho pecado. La ley ha cambiado, y ninguno hoy en día está sujeto al Antiguo
Testamento con sus ordenanzas y estatutos de culto. Lo que el Antiguo Testamento registra es
palabra de Dios (cf. 2 Tim. 3:15-17), y contiene muchas valiosas enseñanzas
(Rom. 15:4). Sin embargo, los cristianos no están sujetos al Antiguo Testamento,
porque viven bajo la autoridad del Señor Jesucristo (Jn. 1:17).