Antiguo Testamento y Nuevo Testamento



Por Josué I. Hernández

 
La Biblia merece nuestra atención y estudio. No solo es el libro más popular del mundo, es la palabra de Dios. Cuando consultamos el índice de nuestra Biblia podemos observar que se divide en dos secciones, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Si contamos los libros de cada sección vemos que el Antiguo Testamento consta de 39 libros, mientras que el Nuevo Testamento consta de 27 libros.
 
La división en dos testamentos se fundamenta en la propia redacción de la Biblia. Cuando Jesús instituyó la cena del Señor, dijo: “porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (Mat. 26:28; cf. Mar. 14:24; Luc. 22:20; 1 Cor. 11:25). Luego, la misma Biblia provee información acerca del cambio del antiguo pacto al nuevo pacto, quedando el primero abolido y el segundo en vigencia (cf. Col. 2:14; Ef. 2:15).
 
El apóstol Pablo escribió: “el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto” (2 Cor. 3:6,14). La estructura de la Biblia, con su respectiva división bibliográfica, se basa en la enseñanza de la Biblia misma.
 
Los tres períodos de la historia bíblica
 
Sobre la base de los dos testamentos, la Biblia enseña que hubo tres períodos históricos bíblicos. Estos tres períodos históricos (épocas, eras, dispensaciones) son:
 
La época patriarcal. Esta época toma su nombre del sustantivo “patriarca” (cf. Heb. 7:4). Los ancestros considerados son Abraham, Isaac y Jacob. El término “patriarcal” aplicado a esta época o período, describe la relación que Dios mantuvo con toda la humanidad desde la creación. No existe ninguna ley escrita que revele algún pacto o acuerdo con la humanidad antes de Moisés, sin embargo, el pecado como transgresión de la ley de Dios sí existió. Existía el bien y el mal, existían ordenanzas religiosas vigentes, pero no tenemos algún escrito que detalle la revelación dada en ese tiempo. Esta época terminó para los descendientes de Jacob con la promulgación de la ley de Moisés, aproximadamente 145 A.C., pero continuó para el resto de la humanidad hasta la muerte de Jesucristo.
 
La época mosaica. Esta época recibe su nombre de Moisés como legislador. Dios llamó a los descendientes de Abraham, a través de Isaac y Jacob, a un pacto con él, sacándolos de la esclavitud egipcia para llevarlos al monte Sinaí, donde les dio los diez mandamientos. Moisés escribió los primeros cinco libros de nuestras Biblias, el pentateuco, los libros que denominamos Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Estos libros son el fundamento del Antiguo Testamento. Con el paso de los años, Dios reveló más y se añadieron libros de historia, sabiduría y profecía, hasta que el Antiguo Testamento se completó alrededor del siglo quinto antes de Cristo. Esta ley reguló la vida de los hijos de Israel desde su entrega en el monte Sinaí hasta la muerte de Cristo.
 
La época cristiana. Esta época recibe su nombre de Cristo como legislador (Jn. 1:17; Heb. 1:1,2). Sin embargo, Jesucristo mismo no escribió directamente el Nuevo Testamento; en cambio, envió al Espíritu Santo a los apóstoles y profetas del siglo I, quienes escribieron los 27 libros del Nuevo Testamento. Estos 27 libros son la legislación vigente de Dios para el mundo, es decir, fueron revelados para gobernar a toda la humanidad hasta el fin del mundo.
 
El Antiguo Testamento predijo la venida de Cristo
 
En el Antiguo Testamento Dios instituyó una forma de adoración que prefiguró la obra de Jesucristo. La adoración en el tabernáculo simbolizaba la venida del verdadero sacrificio por el pecado, Jesucristo. Conforme a esto, Juan el bautista describe a Jesús diciendo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29).
 
La sangre fue un elemento crucial (Lev. 17:11), y el pueblo comprendía cómo un cordero sin defecto, macho, de un año, era inmolado y su sangre rociada sobre el altar como expiación por el pecado. Entonces, cuando Juan dijo que Jesucristo es el “cordero de Dios”, el pueblo debía captar que Jesús es la ofrenda perfecta para el perdón de los pecados.
 
El apóstol Pablo describió a Jesucristo como “nuestra pascua” (1 Cor. 5:7). Los judíos podrían fácilmente recordar la institución de la pascua en la época de la décima plaga sobre Egipto, cuando murieron los primogénitos. A cada familia de Israel se le ordenó inmolar un cordero y rociar su sangre sobre los postes y dinteles de las puertas. Cuando el Señor vio la sangre, pasó de largo, es decir, pasó por alto aquellas casas y no dejó entrar al heridor que mataría a los primogénitos. Cristo es nuestra pascua y su sangre nos salva del juicio de la muerte.
 
Los tipos y sombras del Antiguo Testamento son proféticos de la gran expiación que se realizó en el Nuevo Testamento. Por consiguiente, Jesucristo pudo decir sobre su venida que cumplía los anuncios del Antiguo Testamento: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mat. 5:17). Su venida no fue para abrogar la ley y los profetas, sino para cumplirlos. Cuando el compromiso de matrimonio se realiza en el matrimonio, la boda no destruye el compromiso previo de casarse, sino que lo cumple o consuma; de semejante forma, la muerte de Jesucristo no destruyó el Antiguo Testamento, aunque puso fin a este acuerdo o compromiso (Jn. 19:30). La obra del Señor Jesús es el cumplimiento del propósito eterno de Dios para salvar a la humanidad (Ef. 3:11).
 
El Antiguo Testamento predijo el cambio de ley
 
El cambio de pacto fue predicho en las páginas del Antiguo Testamento con mucha claridad. Por ejemplo, Jeremías, el profeta que predicó entre el 625 -587 A.C., escribió:
 
“He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jer. 31:31-34).
 
Este pasaje predice el “nuevo pacto” que Dios haría, y describe varios aspectos de la naturaleza misma de este nuevo pacto. Uno no entrará en este pacto por nacimiento, para luego aprender a “conocer al Señor”, como ocurría bajo el Antiguo Pacto cuando un niño judío entraba en el pacto por medio de la circuncisión a los ocho días de nacido para luego aprender a “conocer al Señor”. En lugar de aquello, bajo el nuevo pacto uno debe conocer al Señor para luego entrar en él. Las leyes de Dios deben estar escritas en la tabla del corazón para ser miembro de la comunidad del nuevo pacto.
 
Citando Jeremías 31:31-34, el escritor a los hebreos aplicó la profecía al nuevo pacto de Cristo (Heb. 8:7-13), y la manera en que concluyó su argumento no podría ser más clara: “Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer” (Heb. 8:13). Cuando Jeremías escribió “Nuevo pacto”, el antiguo pacto ya había envejecido, y estaba próximo a desaparecer. Por lo tanto, el afirmar que el Antiguo Testamento ha sido abrogado es enseñar lo que el mismo Antiguo Testamento predijo que ocurriría.
 
El Nuevo Testamento está en vigencia hoy
 
Los primeros cristianos tuvieron dificultades para comprender el cambio en los pactos, al igual que muchas personas hoy en día. Hay varios libros del Nuevo Testamento diseñados específicamente para abordar este cambio, como Romanos, Gálatas y Hebreos, y varios textos que se encuentran en otros libros. Por ejemplo:
 
“Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca” (Ef. 2:14-17). Nótese cómo la ley de los mandamientos fue abolida en su carne, y la pared intermedia entre judíos y gentiles fue derribada, lo cual dio paso a la unión de judíos y gentiles en la iglesia.
 
“anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo” (Col. 2:14-17). Considérese como el acta de los decretos fue clavada en la cruz y, en consecuencia, los hombres ya no están obligados a observar las fiestas judías como la pascua, el pentecostés, la fiesta de los tabernáculos, la luna nueva, o el sábado.
 
Cuando escribió a los gálatas, el apóstol Pablo fue muy claro al enfatizar que los hombres serán salvos no por guardar la ley de Moisés, sino por la fe en Jesucristo. Al desarrollar este tema, el apóstol señaló que la ley funcionó como un ayo para llevar a los judíos a Cristo, pero que ahora ya no es necesario el ayo porque Cristo ha llegado (Gal. 3:24,25). Luego, Pablo se dirigió a los judaizantes, aquellos que intentaron imponer la observancia de la ley mosaica sobre los cristianos gentiles, específicamente en lo referente a la circuncisión: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud. He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gal. 5:1-4).
 
Todos los que imponen el cumplimiento de la ley de Moisés están obligados a cumplir toda la ley, no solo una parte de ella. Luego, la obra de Cristo no tiene ningún efecto para tal persona, la cual está fuera de la gracia de Dios.
 
La epístola a los hebreos desarrolla el tema de la superioridad de Cristo y su nuevo pacto por sobre la ley mosaica y el antiguo pacto. Hay varios pasajes en el libro que exhiben el cambio de pactos. En Hebreos 7:12, el escritor argumenta que la ley debió cambiar para que Cristo fuera sacerdote, “Porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley”. El argumento es simple. El Antiguo Testamento manda que los descendientes de Leví sean sacerdotes (Heb. 7:11), dado que Cristo es de la tribu de Judá, no podría se sacerdote a menos que la ley fuese cambiada por una nueva, y el cambio de ley fue validado cuando Cristo murió en la cruz:
 
“Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, es necesario que intervenga muerte del testador. Porque el testamento con la muerte se confirma; pues no es válido entre tanto que el testador vive” (Heb. 9:15-17).
 
La necesidad de un nuevo pacto se evidencia en la necesidad de un mejor sacrificio que los ofrecidos bajo en antiguo pacto. La sangre de los animales no pudo quitar los pecados (Heb. 10:4); por consiguiente, se necesitaba un sacrificio superior por el pecado, necesidad que fue satisfecha con la sangre expiatoria de Jesucristo.
 
Hay muchos otros pasajes en la Biblia que señalan con mucha claridad que la ley ha cambiado, que no está en vigencia el Antiguo Testamento, y que vivimos bajo el Nuevo Testamento (ej. 2 Cor. 3).
 
Conclusión
 
Las condiciones para la salvación mediante la sangre del Señor Jesucristo se encuentran en el Nuevo Testamento, no en el Antiguo Testamento. Hoy en día, es necesario escudriñar las páginas del Nuevo Testamento para encontrar las condiciones de Dios para otorgar su perdón.
 
Las leyes que regulaban la vida para el Israel del Antiguo Testamento no están en vigencia hoy. Por lo tanto, no es necesario el sacrificio de animales, porque la sangre de Cristo ya ha sido derramada (1 Ped. 1:19). No hay necesidad de un sacerdocio especial, porque todos los cristianos son sacerdotes (1 Ped. 2:5). No es necesario ir a Jerusalén para adorar, porque el lugar donde se adore no es un factor esencial (Jn. 4:20-24).
 
No está permitido practicar la poligamia, como en el Antiguo Testamento sucedió (Ex. 21:10,11). Ahora, cada hombre debe tener su propia mujer, y cada mujer debe tener su propio marido (1 Cor. 7:1-5).
 
Bajo la ley mosaica estuvo permitido el repudio por “impureza” (Deut. 24:1-4), aunque Dios siempre ha aborrecido el repudio (Mal. 2:16). Bajo la ley de Cristo, el repudio está permitido solamente por causa de fornicación (Mat. 19:9).
 
Bajo el Antiguo Testamento la fornicación en general, y el adulterio en particular, fueron castigados con la muerte (Lev. 20:10; Deut. 22:21-24; Jn. 8:4). Actualmente, no vivimos bajo una ley civil que aplique tal normativa.
 
Las leyes que regulan el culto público de la iglesia se encuentran en el Nuevo Testamento. Pero, si el Antiguo Testamento fuese obligatorio para la humanidad, tendríamos que reunirnos para algún culto cada sábado, guardando a la vez dicho día, mientras se ofrecen sacrificios en el templo por un sacerdocio especial, etc. Sin embargo, la ley ha cambiado, y no estamos sujetos al Antiguo Testamento, sino que vivimos bajo el Nuevo Testamento de Jesucristo, lo cual nos debe motivar a vivir conforme a las ordenanzas del Señor Jesús por medio de sus apóstoles y profetas del Nuevo Testamento. Por una lectura cuidadosa del Nuevo Testamento, aprendemos que el Señor apartó el primer día de cada semana para la adoración cristiana, no el sábado (cf. Hech. 20:7; 1 Cor. 16:1,2; Apoc. 1:10). Debido a lo anterior, el Nuevo Testamento no autoriza la observancia del sábado, algún sacerdocio independiente, algún tipo de música instrumental, la quema de incienso, ni el diezmo.
 
La práctica moderna de aplicar algunas cosas del Antiguo Testamento es totalmente inadecuada, radicalmente errónea, y fuente de mucho pecado. La ley ha cambiado, y ninguno hoy en día está sujeto al Antiguo Testamento con sus ordenanzas y estatutos de culto.  
 
Lo que el Antiguo Testamento registra es palabra de Dios (cf. 2 Tim. 3:15-17), y contiene muchas valiosas enseñanzas (Rom. 15:4). Sin embargo, los cristianos no están sujetos al Antiguo Testamento, porque viven bajo la autoridad del Señor Jesucristo (Jn. 1:17).