Un buen perro guardián permanece alerta, es
fiel a su misión, y es capaz de reconocer las amenazas. Cuando olfatea el
peligro ladra en señal de alarma. Los perros guardianes de la antigua Judá
fracasaron en este aspecto, “Sus atalayas son ciegos, todos ellos
ignorantes; todos ellos perros mudos, no pueden ladrar; soñolientos, echados,
aman el dormir” (Is. 56:10). El pueblo de Dios necesita buenos guardianes. Los
predicadores y los ancianos están especialmente encargados del deber de la vigilancia.
Gobernando el rebaño local, los ancianos deben cuidar a las ovejas (cf. Hech.
20:29-31; Tito 1:9; Heb. 13:17). Los predicadores, para ser fieles en su
ministerio, deben exponer todo el consejo de Dios con toda paciencia y doctrina
(cf. Hech. 20:27; 2 Tim. 4:1-5). La exposición de la verdad protege y libera (Jn.
8:31,32). Sin embargo, cuando el vigilante no emite la advertencia del peligro
inminente, será responsabilizado por el daño ocasionado (cf. Ez. 33:6,7; Hech.
20:26,27; Heb. 13:17). El deber de vigilar y advertir se extiende más
allá de las fronteras de la iglesia local. Pablo tenía una sincera preocupación
por todas las iglesias (2 Cor. 11:28), y mandó que lo imitáramos (1 Cor. 11:1).
Timoteo, se preocupaba sinceramente por el bienestar espiritual de sus hermanos
en Cristo, y Pablo lo envió a Filipos (cf. Fil. 2:19-22), y antes de ello a
Tesalónica (1 Tes. 3:2) y a Corinto (1 Cor. 4:17). De la misma manera, y procurando
el bienestar de la obra en Creta, Tito fue urgido por Pablo a predicar
fielmente en la isla (Tito 1:13; 2:1,7,15; 3:8,14). Los perros guardianes necesitan buen
entrenamiento para ser eficientes; así también, los guardianes en el pueblo de
Dios deben estar bien entrenados para hacer una buena obra. Un perro guardián
bien alimentado, pero, indisciplinado y descontrolado, es un peligroso letal.
¿No ha sabido de aquellos perros que atacan a la familia en lugar de cuidarla?
¿No se supone que deben proteger en lugar de atacar? Lamentablemente, algo
similar puede suceder en la iglesia del Señor cuando los guardianes no la protegen,
sino que la descuidan o la atacan. Un rasgo de comportamiento clave en todo buen
guardián es la gentileza. Pablo dijo por el Espíritu Santo: “Porque el
siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para
enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá
Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo
del diablo, en que están cautivos a voluntad de él” (2 Tim. 2:24-26). El predicador, como buen guardián espiritual,
debe exponer la palabra con mansedumbre y amabilidad. Un guardián que no es
capaz de afrontar el peligro, y advertir sobre la amenaza, sin iniciar una
pelea campal, no está haciendo bien su trabajo. La mansedumbre es imposible sin una actitud
adecuada hacia Dios, hacia uno mismo y hacia los demás. El guardián manso no es
débil, ni torpe. Su fuerza está bajo control, y actúa con genuino amor y
sincera preocupación. No está tan preocupado por lo que sufra cumpliendo con su
deber, porque su fidelidad se dirige a su amo, no a sí mismo. Pero, un guardián
que comienza a morder y devorar no funciona en el ministerio (cf. Gal.
5:14,15). Otro rasgo de comportamiento clave en todo buen
guardián es la humildad. Desconoce el orgullo, porque se ve tal cual es. Es
falible, capaz de cometer errores y fallar en alguna misión. Recuerda que antes
de su capacitación fue insensato, rebelde, extraviado, aborrecible y
aborreciendo (Tito 3:2,3), por lo tanto, procura corregir o restaurar con
espíritu de mansedumbre (Gal. 6:1). El pueblo de Dios continúa necesitando buenos
guardianes. Guardianes alertas, fieles, mansos y humildes, sujetos al amo en
todo, y dispuestos a obedecer lo que el Señor les ordena.