Job, un hombre de fe



Por Josué I. Hernández

 
La Biblia ofrece muchos ejemplos de hombres y mujeres de fe (ej. Heb. 11). Uno de ellos es Job (cf. Sant. 5:10,11). La historia de Job es un relato de fe y paciencia para superar las más difíciles circunstancias.  
 
La historia de Job nos enseña que la piedad no es un muro que impida las adversidades. Aunque Job agradaba a Dios, el Señor permitió que Satanás lo sujetara a una dura prueba. El aspecto más importante en la vida de Job fue su confianza en Dios. Bien dice la Biblia: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Heb. 11:1). Job poseía estos elementos de la fe, certeza y convicción, y su conducta lo señala con elocuencia: “hombre perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1).
 
Resulta interesante, y aún más, asombroso, ver a un hombre tan rico como Job y tan piadoso a la vez (Job 1:2,3). Dios mismo lo reconoció cuando Satanás cuestionaba la sinceridad de Job: “¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?... ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal, y que todavía retiene su integridad, aun cuando tú me incitaste contra él para que lo arruinara sin causa?” (1:8; 2:3).
 
También leemos cómo reaccionó Job bajo la más intensa tragedia: “Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno… ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios” (1:20-22; 2:10).  
 
El carácter piadoso de Job también se manifestaba en su preocupación por el bienestar espiritual de sus hijos, cuando ofrecía holocaustos a favor de ellos por los pecados que hubiesen cometido, ya fuera por ignorancia o presunción (1:5).
 
Todas las cosas maravillosas del carácter de Job acentúan la ironía de lo que el Señor permitió que le sucediera. A pesar de todas las buenas obras que Job realizaba, el Señor permitió que lo azotarán las calamidades.
 
Job fue sometido a tres pruebas. La primera consistió en aceptar, sin pecar, la pérdida de sus posesiones e hijos (1:6-22). La segunda consistió en soportar la destrucción de su salud sin culpar a Dios (2:1-10). La tercera, soportar la falsa acusación. Este es un ejemplo de cómo Dios permitió que uno de sus más distinguidos siervos fuera presionado.
 
Es interesante notar los dos escenarios que se presentan en el libro: el cielo y la tierra. En el cielo, Satanás acusa falsamente a Job, y en la tierra, Satanás lo atacaba terriblemente.
 
La primera prueba de Job llegó cuando Dios permitió que Satanás lo arruinara en cuanto a sus posesiones e hijos. Pero, Satanás quedó frustrado mientras que Job permanecía fiel (cf. 1:10-12; 1:22). Cuatro mensajeros informaron a Job acerca de lo sucedido. El primero dijo que los sabeos habían ejecutado a los siervos y robado los animales (1:13-15). El segundo dijo que el fuego de Dios cayó del cielo y consumió las ovejas y a los siervos con ellas (1:16). El tercero dijo que tres grupos de asaltantes caldeos se llevaron los camellos y ejecutaron a los siervos (1:17). El cuarto dijo que todos los hijos de Job habían muerto porque un fuerte viento hizo que la casa donde cenaban se derrumbara (1:19).
 
Sabemos cómo reacciona la mayoría ante la tragedia, y los más religiosos caen en la tentación de culpar a Dios. Pero, Job demostró humildad, rasgó su manto, se rapó la cabeza, se postró en tierra y adoró a Dios (1:20). A pesar del intenso dolor, Job no blasfemó contra Dios ni le atribuyó despropósito alguno.
 
La segunda prueba de Job llegó cuando Satanás atormentó su cuerpo. Satanás afirmaba que la fidelidad de Job se mantenía intacta porque aún poseía salud (2:4,5). Entonces, Dios permitió que Satanás arruinara la salud de Job (2:6). La aflicción física de Job no podría ser peor: una sarna maligna desde la coronilla hasta la planta de los pies (2:7,8). Entonces, su esposa le dijo: “¿Aún retienes tu integridad? Maldice a Dios, y muérete” (2:9). Sin embargo, luego de corregirla, Job mantuvo su integridad sin pecar contra Dios.
 
La tercera prueba que tuvo Job fue el azote de sus tres amigos, Elifaz, Bildad y Zofar, quienes lo acusaron de ser un hipócrita, un impenitente que rehusaba arrepentirse de lo malo que hizo y por lo cual estaba sufriendo. Es sorprendente cómo el consuelo que traían se convirtió tan rápidamente en críticas tan duras (2:11-13).
 
Job maldijo el día de su nacimiento, deseando no haber nacido jamás (3:1-26). Entonces, sus tres amigos, aunque bienintencionados, en lugar de ayudarlo, comenzaron a presionarlo para que confesara los pecados que habría cometido, y por lo cuales, según ellos, Job estaba siendo castigado (cap. 4-31).
 
Job lo había perdido todo, salvo su fe. Había perdido sus posesiones, su familia, su salud, mientras que su piedad era cuestionada tanto por Satanás como por sus propios amigos. Su esposa deseaba su muerte. Había perdido la dignidad. Su vitalidad se había desvanecido, y su cuerpo debilitado yacía sobre las cenizas, mientras él preguntaba “¿por qué?”.
 
De pronto Dios se manifestó desde un torbellino (cap. 38), y comenzó a cuestionar la sabiduría y el poder de Job mediante una serie de preguntas, preguntas que demostraban el infinito conocimiento y poder del Señor. Job respondió humildemente, reconociendo cuán grande es Dios y arrepintiéndose de la presunción y alegaciones de injusticia que había atribuido a Dios (42:1-6).
 
El Señor habló con Elifaz con gran enojo contra él y sus dos amigos porque habían hablado falsedad sobre el carácter de Dios, y ordenó que ofrecieran holocausto (42:7,8). Job oró por ellos, Dios aceptó la oración de Job, y luego Job fue restaurado a mayor gloria (42:9-17).
 
Conclusión
 
La vida de Job es un ejemplo para los cristianos de todo lugar y época. Hay valiosas lecciones que podemos aprender (cf. Rom. 15:4; 2 Tim. 3:16,17):
 
Servir a Dios es una labor de toda la vida (Job 1:1-5). Debemos esforzarnos cada día para agradar al Señor en todo, intercediendo por aquellos que necesitan salvación (cf. 1 Tim. 2:1-4; Sant. 5:16).
 
Los justos no están exentos del sufrimiento. El hecho de que alguien sea pobre o esté enfermo no significa que esté en pecado. No debemos interpretar la riqueza y la salud como una señal de la aprobación de Dios (cf. Luc. 16:19-31; Jn. 9:2,3).
 
Las pruebas llegan de pronto, y azotan con dureza (Job 1:13-19). No sabemos qué sucederá mañana, por lo tanto, debemos prepararnos (cf. Sant. 1:2-5; 1 Ped. 1:6,7; 4:12; 5:8-10).
 
El sufrimiento puede ser devastador (Job 2:1-8). Debemos permanecer humildes ante el Señor, confiando en él a pesar del dolor y la falta de información.
 
Los amigos y la familia pueden fallar (2:9-13),
pero la fe es individual. Los amigos y familiares pueden dar los peores consejos que alguno podría oír, pero la obediencia a Dios siempre será la decisión correcta. “el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4), “por fe andamos, no por vista” (2 Cor. 5:7).