El libro de Job


 
Por Josué I. Hernández

 
No podemos saber con certeza cuándo vivió Job, pero existe evidencia suficiente para creer que vivió en la época patriarcal; tal vez, antes de Abraham, en la tierra de Uz, probablemente, al norte del desierto arábigo, en la región que luego fue conocida como Edom o Idumea.
 
Job fue bendecido con gran abundancia y una familia numerosa. Pero, lo más importante de él fue su integridad, un hombre justo que fue respetado tanto por sus amigos como por sus siervos. De pronto, la desgracia recayó sobre Job, y lo perdió todo. Sin embargo, aunque se preguntaba por qué le sobrevino tal calamidad, Job mantuvo su fe en Dios, y al final, su riqueza se duplicó, tuvo más hijos, y murió feliz.
 
Job luchó contra el problema del sufrimiento. Toda persona, tarde o temprano, se enfrentará a las mismas preguntas que planteaba Job. A todos nos toca lidiar con el sufrimiento y la tristeza, el dolor y la agonía, la enfermedad y la muerte. Por todo esto, el libro Job es un tesoro invaluable. Sencillamente, su mensaje es atemporal.
 
Este hombre justo y humilde no imaginó que la historia de su adversidad personal se convertiría en fuente de consuelo para millones de personas que, a lo largo de los siglos, han enfrentado la tragedia. Este hecho, por sí solo, bien podría ser una razón por la cual Job fue llamado a soportar la adversidad, “Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza” (Rom. 15:4).
 
Resumen del libro Job
 
Este libro bien puede ser considerado un poema histórico. La primera escena comienza con una descripción de la gran prosperidad de Job, para luego dar paso rápidamente a una conversación entre Dios y Satanás. Dios estaba complacido con Job y señaló a Job como un ejemplo de justicia. Sin embargo, Satanás desafió a Dios sugiriendo que la fidelidad de Job se debía únicamente a la abundancia de bendiciones que Job tenía. Entonces, el Señor permitió a Satanás poner a prueba su teoría privándolo de la abundancia; y para nuestra sorpresa, la fe de este varón justo permaneció intacta. A continuación, Satanás sugirió que el sufrimiento físico lograría que Job maldijera a Dios; pero, nuevamente, Satanás quedó decepcionado, porque Job mantuvo su fe.
 
En la segunda escena, Job mantenía su fe, pero planteaba preguntas difíciles. Desconcertado y confundido, preguntaba: “¿Por qué debo sufrir tal pérdida? ¿Qué he hecho para que Dios me castigue con tal severidad? ¿Qué pecados me han traído tal calamidad? ¿Por qué Dios es tan inconstante en su castigo a los impíos? ¿Por qué sufren los justos mientras los impíos prosperan? ¿Hay justicia en Dios?”. Así, pues, Job desafiaba a Dios, exigiendo saber las razones.
 
Mientras Job presentaba su caso a Dios, tres de sus amigos, Elifaz, Bildad y Zofar, comenzaron los argumentos en su contra. La premisa de ellos era simple: Dios siempre castiga el pecado, y el sufrimiento es consecuencia del pecado y, por lo tanto, Job es más pecador de lo que está dispuesto a admitir. Y le presionaban a confesar sus faltas. Sin embargo, Job mantenía su inocencia. Su fe no era fingida. Su justicia no era una farsa. Debía existir otra explicación. Pero, ¿cuál?
 
La tercera escena presenta a un joven llamado Eliú, quien afirmó que ni Job ni sus amigos tenían razón. Dios no actúa caprichosamente, como implicaba Job. Tampoco el sufrimiento es necesariamente consecuencia del pecado, como sostenían sus amigos. Eliú argumentó que Dios usa el sufrimiento para enseñar al hombre ciertas lecciones y bendecirle espiritualmente.
 
En la escena final, le toca hablar a Dios. El Señor del universo interpeló a Job: “¿Con qué derecho acusas a Dios? ¿Qué poder tienes? ¿Qué entendimiento posees? ¿Qué control ejerces? ¿Qué autoridad y sabiduría exhibes?”. El Señor exigió una respuesta, pero Job se quedó estupefacto. No obstante, Dios continuó confrontando a Job señalando el insignificante dominio del hombre. Si el hombre teme a grandes animales, ¿cuánto más debería mostrar reverencia al creador de todas las cosas? Así, pues, con numerosos ejemplos, Dios expuso la abrumadora diferencia entre el hombre y Dios. Finalmente, el Señor se dirigió a Elifaz, Bildad y Zofar. Los tres amigos de Job fueron reprendidos por hablar falsedad: “no habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job” (Job 42:7).
 
Conclusión
 
Job aprendió una necesaria lección, y reconociendo la majestad de Dios se arrepintió con profunda humildad, “yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía. Oye, te ruego, y hablaré; te preguntaré, y tú me enseñarás. De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza” (Job 42:3-6).
 
La humilde reacción de Job demuestra la profundidad de su carácter justo. Sin duda alguna, era un hombre de fe. Pero, nos queda la incógnita, “¿por qué sufre el hombre?”. No obstante, el libro Job no fue escrito para responder todas nuestras dudas. Job no recibió una respuesta de la razón de sus adversidades; sin embargo, eso mismo forma parte de la lección. La fe no requiere comprensión inmediata y total, y no estamos en posición de exigir a Dios la razón.
 
A pesar de la falta de información en la experiencia cotidiana, las sagradas Escrituras aclaran varios puntos. Primero, todos los hombres, buenos y malos, comparecerán ante el tribunal de Dios. Los malvados pueden prosperar en esta vida, pero sus crímenes serán descubiertos ante el tribunal de Cristo, mientras que la piedad de los justos será recompensada (cf. Rom. 2:5-11; 2 Cor. 5:10).
 
En segundo lugar, aprendemos que es una falacia asumir que el sufrimiento siempre es la consecuencia del pecado personal. Job era piadoso, y no estaba siendo castigado por malas acciones.
 
Por último, el hombre no está en posición de acusar a Dios de injusticia. El hombre debe aprender a no culpar a Dios por el sufrimiento humano. Aunque no podemos comprender los santos y divinos propósitos de Dios, “mas el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4).
 
Debemos ser conscientes de estas verdades, pero esto no detendrá las lágrimas de quienes sufren: “llorad con los que lloran” (Rom. 12:15); “¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración” (Sant. 5:13).
 
Dios es soberano. Todo está bajo su control. Debemos confiar en su sabiduría, y esperar en él. Aunque no lo entendamos todo, debemos confiar que Dios está obrando providencialmente, incluso a través del sufrimiento, para acercarnos a él.