Cómo salir de las deudas y recuperar el control financiero


 
Por Josué I. Hernández
 

Las deudas pueden convertirse en una pesada carga que robe nuestra tranquilidad, que dañe nuestras relaciones, y nos quite de la comunión con Dios. El Señor Jesucristo enseñó que los afanes de este siglo entran y ahogan la palabra (cf. Mar. 4:19). No debemos permitir que esto suceda. Sin embargo, las deudas pavimentan el camino para que ocurra la tragedia (cf. Luc. 21:34).
 
La Biblia no recomienda el endeudamiento, ni lo presenta como algo que debamos tomar a la ligera: “El rico se enseñorea de los pobres, y el que toma prestado es siervo del que presta” (Prov. 22:7). Aunque no afirmamos que siempre es pecado obtener un crédito, en más de algún caso podría serlo (cf. Prov. 5:22; Gal. 6:7).
 
Estar “endeudado” no significa llegar a un “callejón sin salida” o a un “pozo sin fondo”. Hay varios principios bíblicos que podemos implementar para salir de las deudas, recuperar el control financiero, y aprender valiosas lecciones en el proceso.
 
La solución no es recibir de pronto una gran cantidad de dinero para cancelar todas nuestras deudas; sino, administrar fielmente lo que tenemos, corregir los malos hábitos, y perseverar el tiempo que sea necesario. Todo esto será posible si aprendemos a contentarnos con nuestro salario (cf. Luc. 3:14; Fil. 4:11-13).
 
Cuando los ingresos son variables, habrá temporadas que tendremos más dinero, y otras que tendremos menos. No obstante, en la palabra de Dios tenemos la información celestial necesaria que funcionará en diferentes escenarios.
 
Debemos aclarar que no estamos enseñando el evangelio de la prosperidad. La Biblia no promete que todos los cristianos serán ricos, saludables y sin problemas. La palabra de Cristo nos enseña a trabajar, administrar, ahorrar, pagar, ser generosos, y vivir contentos. La meta de los santos de Dios no es hacernos ricos, sino aprender a ser fieles administradores de lo que Dios pone en nuestras manos.
 
Reconoce tu situación y pon tus cuentas en orden
 
Ignorar la deuda no hará que desaparezca. La admisión del endeudamiento es crucial. Este es el momento para que el endeudado se arrepienta del pecado que haya propiciado la deuda, si es que existe tal pecado (cf. Hech. 8:22; 1 Jn. 1:9). No condenamos a los deudores. Sin embargo, el endeudado debe asegurarse de no estar sufriendo las consecuencias por el engaño de las riquezas, los placeres de la vida, y las codicias de otras cosas (cf. Mar. 4:19; Luc. 8:14). Si la deuda es la consecuencia del pecado, entonces, el arrepentimiento será el primer paso necesario.
 
Es imprescindible hacer una lista de todas las deudas: ¿Cuánto debes? ¿A quién o a quiénes? ¿Cuánto debes pagar y cada cuánto tiempo? ¿Cuánto interés estás pagando? Es necesario escribir todas las deudas, y no confiar en la memoria.
 
Recuerda: No podemos resolver aquello que no estamos dispuestos a reconocer.
 
La Biblia dice: “El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño” (Prov. 22:3).
 
Deja de adquirir nuevas deudas
 
No tiene sentido procurar salir de una deuda adquiriendo otras. Es necesario que en una temporada de recuperación financiera aprendamos a decir: “No puedo comprarlo ahora”. Esto requiere dominio propio y sobriedad. Sencillamente, no todo lo que podríamos comprar debemos comprarlo. Uno debe preguntarse: “¿Realmente lo necesito, o solo lo deseo?”.
 
La Biblia dice: “Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda” (Prov. 25:28).
 
Mientras te esfuerzas por salir de tus deudas, evita adquirir nuevas obligaciones que no sean realmente necesarias.
 
Haz tu presupuesto pensando en las temporadas más difíciles
 
Si los ingresos son variables, no podemos organizar nuestra vida pensando en las mejores semanas o meses. Por ejemplo, si algunos meses ganas $800 y otros meses ganas $450, tu estilo de vida no puedes fundamentarlo en $800 mensuales. El ingreso más bajo debe determinar el estilo de vida, y el ingreso mayor, aunque temporal, debe ayudarte a avanzar.
 
Cuando llegue un mes excepcionalmente bueno, no pienses inmediatamente: “Tengo más dinero para gastar”. El ingreso extraordinario es una oportunidad para avanzar, no para gastar.
 
La Biblia dice: “Mirad, pues, diligentemente, cómo andáis; no como necios, sino como sabios; aprovechando cada oportunidad del bien hacer, porque los días son malos” (Ef. 5:15,16, VM).
 
Uno debe calcular cuánto necesita para vivir durante un mes difícil, y utilizar esa cantidad como referencia.
 
Destina con sabiduría cada ingreso
 
Ten claridad sobre lo que harás con cada ingreso que recibas. Siempre están las necesidades que cubrir. Pero, luego están los pagos de deudas adquiridas, los gastos relacionados con el trabajo, el ahorro, y la generosidad. Recuerda que en primer lugar está la ofrenda (1 Cor. 16:2).
 
Lo importante es que el dinero tenga un propósito antes de ser gastado. Si no tienes una meta no tienes rumbo. Por lo tanto, detente, y haz un plan de gastos antes de comenzar a usar el dinero.
 
La Biblia dice: “Los pensamientos del diligente ciertamente tienden a la abundancia…” (Prov. 21:5).
 
Aprende a diferenciar necesidades de deseos
 
Una persona endeudada debe distinguir entre lo que necesita y lo que quiere. Cuando hablamos de necesidades enfocamos la alimentación, la vivienda, los servicios básicos, el transporte necesario, y la salud. Sin embargo, los deseos involucran el entretenimiento, las comidas fuera de casa, la ropa de moda, y la tecnología que todavía no necesitamos reemplazar.
 
Debemos atender a nuestras responsabilidades, y luego, habrá espacio para disfrutar de nuestro dinero. Antes de realizar una compra, debes preguntarse: “¿Necesito esto ahora o puedo esperar?”. Recuerda: “Todavía no” no significa “nunca”.
 
La Biblia dice: “El alma sin ciencia no es buena, y aquel que se apresura con los pies, peca” (Prov. 19:2).
 
Crea una pequeña reserva para emergencias
 
Parece extraño que alguien hable de ahorrar cuando tenemos deudas. Sin embargo, hay sabiduría en esto. Una pequeña reserva de dinero puede impedir que una emergencia nos obligue a adquirir otra deuda. No necesitas, ni puedes, ahorrar grandes cantidades; pero puedes ahorrar pequeñas cantidades. El propósito no es acumular riqueza, sino crear una reserva de protección para alguna emergencia inesperada.
 
Establece una meta de ahorro que puedas alcanzar, y no la utilices para gastos ordinarios.
 
La Biblia dice: “Tesoro precioso y aceite hay en la casa del sabio; mas el hombre insensato todo lo disipa” (Prov. 21:20).
 
Paga tus deudas de manera ordenada
 
Haz una lista de todas tus deudas y establece una estrategia de pago. Aquí puedes usar el “método avalancha”. Por ejemplo, si tienes una deuda de 2,000 al 30% anual, y otras deudas con menor, o sin interés, debes pagar los mínimos de todas las deudas para evitar mora, penalizaciones y problemas adicionales, destinando todo el dinero adicional disponible a la deuda con mayor tasa de interés. Entonces, cuando la deuda mayor desaparezca, podrás tomar el dinero que destinabas a ella y dirigirlo a las demás.
 
Es imprescindible pagar, pero no pagar al azar. Enlistar tus deudas es imprescindible para determinar los objetivos e ir superando etapas.
 
La Biblia dice: “Pagad a todos lo que debéis” (Rom. 13:7).
 
Usa con sabiduría los ingresos extraordinarios
 
Cuando llegue un ingreso inesperado, o excepcional, no lo conviertas en una oportunidad para gastar más. El ingreso excepcional puede venir de un trabajo adicional, un bono, una venta extraordinaria, etc. Lo importante, es que al recibir el ingreso extraordinario tengas una regla clara para su uso.
 
Una parte del ingreso servirá para el avance en el pago de las deudas, otra parte para fortalecer la reserva de emergencia, otra parte para cubrir algunas necesidades y, en primer lugar, para la ofrenda según has prosperado (cf. 1 Cor. 16:2).
 
El dinero extraordinario puede acelerar semanas o meses de progreso si lo utilizamos sabiamente. Sin embargo, debes decidir de antemano que harás con el próximo ingreso extraordinario que recibas.
 
La Biblia dice: “Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños” (Prov. 27:23).
 
Trabaja para aumentar tus ingresos y corrige tus hábitos
 
Aumentar los ingresos puede ayudar. Sin embargo, más dinero no sirve de mucho si también aumentan tus gastos. Por ejemplo, alguien puede ganar $700 y gastar $750; y después, puede ganar $800 y gastar $950. El problema continúa, y se empeora.
 
Necesitamos dos cosas: Aumentar los ingresos y controlar los gastos. Pero, con el cuidado de no caer en el afán (Mat. 6:33; 13:22). Debes buscar maneras honestas de aumentar tus ingresos, pero no conviertas el ingreso extra en un aumento de consumo por escalar en el estilo de vida (cf. Ef. 4:28; 1 Tes. 4:11,12).  
 
La Biblia dice: “El que labra su tierra se saciará de pan…” (Prov. 12:11).
 
Protege tu capital si tienes un negocio
 
Quienes tienen un pequeño negocio deben aprender algo fundamental. La “venta” no es la “ganancia”. Si vendes $1,000, pero gastaste $700 para producir esa venta, no tienes $1,000 disponibles para gastar. Debes distinguir entre:
 
Precio: El dinero que cobramos por vender algo. Ejemplo: Compras un producto y lo vendes a $30. Entonces, $30 es el precio de venta.
 
Costo: Es lo que nos cuesta obtener o producir aquello que vamos a vender. Ejemplo: Compras un producto a $20 y lo vendes a $30. Entonces, $20 es el costo.
 
Margen: Es la diferencia entre el precio de venta y el costo del producto. Ejemplo: Si compras a $20 y vendes a $30, el margen es de $10. Es decir, si al precio de venta le restas el costo, tendrás el margen.
 
Gastos: Es el dinero que utilizamos para mantener funcionando nuestra vida o nuestro negocio (ej. transporte, alquiler, electricidad, teléfono, insumos, salarios, etc.). Ejemplo: Si tienes $10 de margen, pero gastas $2 en transporte e insumos, no puedes decir que ganaste $10. Realmente, estás ganando $8.
 
Utilidad: Es el dinero que tenemos después de restar los costos y gastos. Ejemplo: Ventas: $60; costo: $40; gastos $4; utilidad $16. Hay diferencia entre “vender mucho” y “ganar mucho”.
 
Flujo de efectivo: Es el movimiento del dinero que entra y sale. En otras palabras: ¿Cuánto dinero entra, cuánto dinero sale y cuándo sucede cada cosa? Puedes vender $1,000 cada mes, pero si tus clientes todavía no te han pagado, puedes tener muchas ventas y poco dinero disponible. Un negocio puede ser rentable y, al mismo tiempo, tener problemas para pagar sus cuentas.
 
Capital de trabajo: Es el dinero que necesitamos para que el negocio pueda seguir funcionando. Ejemplo: Un pequeño negocio necesita dinero para comprar mercancía, materias primas, pagar transporte y otros servicios. Si gastamos todo el dinero del negocio en gastos personales, podemos quedarnos sin dinero para comprar nuevamente la mercancía.
 
IMPORTANTE: El capital de trabajo mantiene vivo el negocio.
 
CONSEJO: No mezcles el dinero de tu negocio con el dinero de la familia. Lleva un registro sencillo de cuánto vendes, cuánto cuesta producir o comprar lo que vendes, y cuánto realmente ganas.
 
La Biblia dice: “Las riquezas de vanidad disminuirán; pero el que recoge con mano laboriosa las aumenta” (Prov. 13:11; cf. Luc. 14:28).
 
No te endeudes por una apariencia
 
La forma más peligrosa de endeudamiento ocurre cuando comparamos para aparentar y lucir. No hay sabiduría en malgastar el dinero de semejante forma. Comprar lo necesario es una cosa; pero, gastar solo por la apariencia es vanagloria (1 Jn. 2:16).
 
No necesitamos validarnos ante los hombres mediante nuestras posesiones. Nuestro real valor no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos (cf. Mat. 5:1-12). Por lo tanto, no permitas que la presión social determine tus decisiones financieras.
 
La Biblia dice: “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Luc. 12:15; cf. Prov. 13:7).
 
Si no puedes pagar, busca una solución honorable
 
Ignorar una deuda no la hace desaparecer. Si realmente no puedes cumplir con un pago, comunícate con la persona o institución financiera. Explica honestamente tu situación y busca un acuerdo realista.  
 
Nuestro objetivo como cristianos no es evitar el pago (cf. Rom. 13:7). Nuestro objetivo es agradar al Señor en todo (cf. 2 Cor. 5:9; Col. 1:10), cumpliendo con nuestras obligaciones financieras.
 
Si tienes una deuda atrasada, no la escondas. Enfrenta las consecuencias financieras buscando una solución responsable.
 
La Biblia dice: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús…” (Col. 3:17).
 
Aprende a contentarte
 
Es importante repetirlo. El contentamiento es crucial: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar” (1 Tim. 6:6-7).
 
Los problemas financieros no siempre se deben a la cantidad de dinero que tenemos, sino a la cantidad de dinero que anhelamos para sentirnos satisfechos. Sin embargo, el apóstol Pablo escribió: “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Tim. 6:8).
 
El contentamiento no es el abandono de nuestras metas, sino la independencia de las circunstancias presentes por la satisfacción con lo que Dios nos da. Tener dinero no es pecado, pero el amor al dinero sí lo es (cf. Col. 3:5).
 
Debemos ser agradecidos con lo que tenemos (cf. Fil. 4:6; Col. 4:2), mientras trabajamos responsablemente para mejorar nuestra situación (cf. 1 Cor. 7:21).
 
La Biblia dice: “Porque raíz de toda suerte de males es el amor al dinero…” (1 Tim. 6:10, VM).
 
Persiste, no te rindas
 
Salir de las deudas toma tiempo. Requiere esfuerzo y sacrificio. No hay solución “milagrosa” cuando lo que necesitamos es desarrollar hábitos nuevos y mantenerlos durante meses, e incluso, años (cf. Prov. 24:16; Mat. 7:7).
 
Habrá meses buenos y meses malos. Habrá avances, pero también errores. Sin embargo, lo importante es no abandonar el proceso, y persistir sin rendirnos.
 
La disciplina financiera produce resultados de manera acumulativa. Un pequeño pago repetido lo suficiente, se transforma en una deuda menos. Un pequeño ahorro repetido muchas veces, se convierte en una reserva valiosa. Un pequeño cambio de hábito repetido por días, semanas y años puede cambiar nuestra situación financiera.
 
Conclusión
 
El primer paso para salir de las deudas y recuperar el control financiero no comienza cuando ganamos más dinero; comienza cuando aprendemos a administrar mejor lo que ya tenemos. Somos administradores de los bienes de Dios (cf. 1 Cron. 29:14).
 
Debemos recordar que nuestra meta como cristianos no es tener más dinero; sino “la sincera fidelidad a Cristo” (2 Cor. 11:3).
 
El Señor Jesús dijo: “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel” (Luc. 16:10). En consecuencia, que seamos fieles si tenemos poco, si tenemos ingresos variables, si tenemos mucho, o si estamos endeudados.