“El que reprende al hombre, hallará después
mayor gracia que el que lisonjea con la lengua” (Prov. 28:23).
Nuestro texto menciona una de las responsabilidades
más desagradables para todo aquel que ama a las almas. Alguno diría que reprender
no es la forma de ganar respeto, sino lisonjear. Sin embargo, la franqueza con
el tiempo encuentra mayor favor que la adulación. La palabra hebrea para “reprender” no significa
hablarle ásperamente a alguien. La idea fundamental es poner delante de una
persona aquello que necesita reconocer y corregir. El proverbio no está
elogiando la rudeza o la grosería. No dice: “El que ofende al hombre…”. Tampoco
dice: “El que humilla al hombre…”. La reprensión bíblica tiene como propósito
el bien de la persona, no la satisfacción del que reprende. Por esto mismo,
Proverbios 27:5-6 proporciona un paralelo extraordinario: “Mejor es
reprensión manifiesta que amor oculto. Fieles son las heridas del que ama…”. Reprender requiere valentía. Es mucho más fácil adular a alguien que
decirle que está equivocado. Piénselo detenidamente. Cuando Dios le encargó al
profeta Natán que reprendiera a David, Natán tuvo que armarse de valentía para
cumplir con la tarea (2 Sam. 12). David era el rey de Israel, y tenía gran
poder. Además, ya se había encargado de Urías, y si se enojaba podría usar su
poder contra Natán. Sin embargo, el profeta Natán, valientemente, reprendió al
rey David. Reprender es doloroso. Aunque algunos parecen disfrutar criticando a otros, una
persona piadosa y temerosa de Dios, que está plenamente consciente de sus
deficiencias, no encuentra algún placer en señalar las transgresiones de otro. Pocas
cosas son tan difíciles como el ser reprendido por alguno que lo disfruta. Sin
embargo, si con espíritu de mansedumbre alguno señala nuestra falta, tendríamos
que ser obstinados para mantenernos insensibles ante aquel llamado (cf. Gal.
6:1-2; Heb. 3:12-19). Al hijo rebelde se le vence, no con una vara en la mano,
sino con lágrimas en los ojos. Reprender requiere amor. Aunque al apóstol Pablo le resultaba doloroso
reprender a sus hermanos, lo hacía por amor a sus almas: “Porque por la
mucha tribulación y angustia del corazón os escribí con muchas lágrimas, no
para que fueseis contristados, sino para que supieseis cuán grande es el amor
que os tengo” (2 Cor. 2:4; cf. Fil. 3:18). Reprender es una responsabilidad. La palabra de Dios relaciona el odio
con la falta de disposición a reprender: “No odiarás a tu hermano en tu
corazón; ciertamente reprenderás a tu prójimo, para que no lleves pecado por su
causa” (Lev. 19:17, VM). El Señor Jesús enseñó: “Por tanto, si tu
hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has
ganado a tu hermano” (Mat. 18:15); “Mirad por vosotros mismos. Si tu
hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale”
(Luc. 17:3). Reprender es para arrepentimiento. El objetivo de la reprensión es
producir la tristeza según Dios, la cual a su vez producirá el arrepentimiento
para salvación. La reprensión mira al pasado, censurando el pecado cometido,
pero también mira al futuro, facilitando el arrepentimiento (2 Cor. 2:5-8; 7:8-10).
La reprensión puede causar un disgusto temporal. Al reprendido puede resultarle
desagradable su “medicina”; puede intentar justificar su mala conducta; pero, la
reprensión siempre será la oportunidad de salvación. Cuando el reprendido
recobra el sentido, su corazón estará agradecido hacia aquel que señaló su
falta y le convenció de su pecado.
El fracaso de la adulación
“La lengua
falsa atormenta al que ha lastimado, y la boca lisonjera hace resbalar” (Prov. 26:28). ¿Cuántas personas se
han arrepentido gracias a la adulación de algún lisonjero? El verdadero amigo
no es adulador, sino que reprende con amor. El que abraza
y besa cuando debería reprender, reteniendo una reprimenda por cobardía, niega
la “buena medicina” que por el simple hecho de que “sabe amarga”. Si hay que
limpiar una herida, necesitamos una mano hábil que trate la llaga para que
cure. Una reprimenda firme, franca, y amorosa, hallará más favor que la
adulación.