Bajo la influencia de las bebidas embriagantes,
una persona pierde la capacidad de distinguir entre lo santo y lo profano, entre
lo limpio y lo inmundo, entre lo correcto y lo incorrecto: “Tú, y tus hijos
contigo, no beberéis vino ni sidra cuando entréis en el tabernáculo de reunión,
para que no muráis; estatuto perpetuo será para vuestras generaciones, para
poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio, y
para enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que Jehová les ha dicho
por medio de Moisés” (Lev. 10:9-11). El alcohol es un estupefaciente, es decir, es una
droga psicoactiva y un depresor del sistema nervioso central; y aunque en
términos médicos y legales no siempre se le clasifica bajo la categoría
jurídica de “estupefaciente”, el alcohol comparte el estatus de sustancia que
altera la mente y genera adicción. No hay persona que altere su mente con alguna
droga y que continúe pensando con claridad. De hecho, la pérdida de la
capacidad para distinguir la realidad, por el estupor narcótico, constituye el
propósito fundamental de la intoxicación. Sencillamente, todo uso recreacional
de las drogas, entre ellas, el alcohol, busca alterar el estado mental del que
las consume. Es necesario enfatizar que el alcohol es una
droga, la droga más utilizada, y la más peligrosa, porque engaña a más personas
y conduce a un mayor número de consumidores a la adicción. Por lo tanto, todos
los argumentos que se pueden presentar contra el uso de otras drogas para
alterar la mente pueden aplicarse, en la misma medida, contra el alcohol. Son muchos los males que producen las drogas cuando
se usan para obtener placer. Entre esos males están los siguientes:
Crean dependencia
Todo comienza con una sensación placentera. Ese
placer se convierte en un hábito, y el hábito pronto se transforma en una adicción,
y la adicción termina destruyendo tanto la mente como el cuerpo, reduciendo a
la persona a una sombra de lo que un día fue. La drogadicción es, sin duda
alguna, una de las realidades más tristes y lamentables que el ser humano puede
contemplar: una persona completamente esclavizada por las drogas. La adicción emerge cuando el consumidor pierde
el dominio sobre sí mismo, quedando su voluntad sometida a sus apetitos, con el
cuerpo y la mente exigiendo una dosis más de placer. Entonces, la droga domina
al hombre, en lugar del hombre dominar a la droga. El cuerpo exige y la mente
no tiene la fuerza para negarse. Cuando la fantasía inducida por las drogas se
convierte en el único refugio al que una persona está dispuesta a acudir, ya
está atrapada, dominada, sometida y derrotada. La única seguridad que reconoce
consiste en aquel “escape de la realidad”. Así, el drogadicto es un débil que aparenta
fortaleza, busca seguridad, pero es, entre todos los mortales, uno que vive con
mayor inseguridad, sin dominio sobre sus pasiones, un esclavo del vicio. Puede
desear que los demás lo reconozcan como una persona de fuerza y valor, pero su
condición hace que pierda todo respeto ante los ojos de quienes observan su
miseria. Finalmente, su adicción termina convirtiéndose en la única razón por
la cual vive.
Producen una falsa sensación de seguridad
Todo ser humano necesita sentirse seguro. Pero
cuando alguien recurre a las drogas para satisfacer esa necesidad, estas le
proporcionan una sensación temporal de alivio, libertad y valor. Sin embargo, las
drogas lo han engañado, sus necesidades no han quedado complacidas, porque
cuando el efecto de la droga desaparece, también desaparece la ilusión que prometía
satisfacer la necesidad, y la dura realidad, la realidad que el consumidor no
soporta, vuelve a presentarse con toda su fuerza y con todas sus exigencias.
Luego, como no puede enfrentar el mundo real, con sus problemas reales, debe
volver una y otra vez a las drogas para escapar. Ha quedado atrapado, enredado
en una red, hundido en el cieno, esclavizado, es un adicto.
Consumen los bienes
Mientras las drogas destruyen la capacidad y el
deseo por realizar algún trabajo útil y productivo, el uso recreacional de los
narcóticos tiene un costo excesivo. Difícilmente un adicto puede financiar su
vicio, y se ve “obligado” a recurrir a las ganancias ilícitas. Por ello, muchos
adictos terminan robando, engañando, prostituyéndose, vendiendo drogas, etc. Es
imposible para la persona promedio financiar una adicción. Se han documentado
casos en los cuales el despilfarro por las drogas ascendía a cientos, e
inclusive, miles, de dólares al día. No nos engañemos, el crimen y las drogas
suelen ir de la mano.
Atentan contra el dominio propio
El dominio propio es una virtud imprescindible
para agradar a Dios y alcanzar la vida eterna (cf. Hech. 24:25; 2 Ped. 1:6). La
palabra griega (“enkrateia”) es el “autocontrol (la virtud de uno que domina
sus deseos y pasiones, especialmente sus apetitos sensuales)” (Thayer), la
capacidad de disciplinarse, controlarse, gobernarse, tanto en el ejercicio de
las facultades mentales como en las acciones. Sin embargo, una persona drogada no
tiene control de sí misma. Por consiguiente, el uso de drogas para alterar la
mente constituye una transgresión del mandato divino del dominio propio. Podemos reconocer que el alcohol es una droga
peligrosa, pero existe un enorme esfuerzo de la industria del alcohol, sus simpatizantes,
los bebedores sociales, los políticos, y muchos profesionales de la salud, quienes
afirman que el alcoholismo es una enfermedad que debe tratarse y no una
adicción que deba evitarse. Piénselo detenidamente. Si el alcoholismo es
una “enfermedad”, se debe identificar y curar, para seguir bebiendo alcohol sin
emborracharse y sin desarrollar dependencia. Pero, con esta disposición o norma
siempre se ignora la causa y la solución. El alcoholismo es una adicción, por
lo tanto, la causa es el alcohol y la solución es la abstinencia. El “abstemio”
no tiene problemas con las bebidas embriagantes. Sencillamente, el alcoholismo es una
dependencia adquirida por la conducta. Sin alcohol no existiría el alcoholismo,
aunque la mayoría no esté dispuesta a aceptarlo. La causa y la solución están a
la mano.