Las bebidas embriagantes anulan el discernimiento



Por Josué I. Hernández
 

Bajo la influencia de las bebidas embriagantes, una persona pierde la capacidad de distinguir entre lo santo y lo profano, entre lo limpio y lo inmundo, entre lo correcto y lo incorrecto: “Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni sidra cuando entréis en el tabernáculo de reunión, para que no muráis; estatuto perpetuo será para vuestras generaciones, para poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio, y para enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que Jehová les ha dicho por medio de Moisés” (Lev. 10:9-11).
 
El alcohol es un estupefaciente, es decir, es una droga psicoactiva y un depresor del sistema nervioso central; y aunque en términos médicos y legales no siempre se le clasifica bajo la categoría jurídica de “estupefaciente”, el alcohol comparte el estatus de sustancia que altera la mente y genera adicción.
 
No hay persona que altere su mente con alguna droga y que continúe pensando con claridad. De hecho, la pérdida de la capacidad para distinguir la realidad, por el estupor narcótico, constituye el propósito fundamental de la intoxicación. Sencillamente, todo uso recreacional de las drogas, entre ellas, el alcohol, busca alterar el estado mental del que las consume.
 
Es necesario enfatizar que el alcohol es una droga, la droga más utilizada, y la más peligrosa, porque engaña a más personas y conduce a un mayor número de consumidores a la adicción. Por lo tanto, todos los argumentos que se pueden presentar contra el uso de otras drogas para alterar la mente pueden aplicarse, en la misma medida, contra el alcohol.
 
Son muchos los males que producen las drogas cuando se usan para obtener placer. Entre esos males están los siguientes:
 
Crean dependencia
 
Todo comienza con una sensación placentera. Ese placer se convierte en un hábito, y el hábito pronto se transforma en una adicción, y la adicción termina destruyendo tanto la mente como el cuerpo, reduciendo a la persona a una sombra de lo que un día fue. La drogadicción es, sin duda alguna, una de las realidades más tristes y lamentables que el ser humano puede contemplar: una persona completamente esclavizada por las drogas.
 
La adicción emerge cuando el consumidor pierde el dominio sobre sí mismo, quedando su voluntad sometida a sus apetitos, con el cuerpo y la mente exigiendo una dosis más de placer. Entonces, la droga domina al hombre, en lugar del hombre dominar a la droga. El cuerpo exige y la mente no tiene la fuerza para negarse.
 
Cuando la fantasía inducida por las drogas se convierte en el único refugio al que una persona está dispuesta a acudir, ya está atrapada, dominada, sometida y derrotada. La única seguridad que reconoce consiste en aquel “escape de la realidad”. Así, el drogadicto es un débil que aparenta fortaleza, busca seguridad, pero es, entre todos los mortales, uno que vive con mayor inseguridad, sin dominio sobre sus pasiones, un esclavo del vicio. Puede desear que los demás lo reconozcan como una persona de fuerza y valor, pero su condición hace que pierda todo respeto ante los ojos de quienes observan su miseria. Finalmente, su adicción termina convirtiéndose en la única razón por la cual vive.
 
Producen una falsa sensación de seguridad
 
Todo ser humano necesita sentirse seguro. Pero cuando alguien recurre a las drogas para satisfacer esa necesidad, estas le proporcionan una sensación temporal de alivio, libertad y valor. Sin embargo, las drogas lo han engañado, sus necesidades no han quedado complacidas, porque cuando el efecto de la droga desaparece, también desaparece la ilusión que prometía satisfacer la necesidad, y la dura realidad, la realidad que el consumidor no soporta, vuelve a presentarse con toda su fuerza y con todas sus exigencias. Luego, como no puede enfrentar el mundo real, con sus problemas reales, debe volver una y otra vez a las drogas para escapar. Ha quedado atrapado, enredado en una red, hundido en el cieno, esclavizado, es un adicto.
 
Consumen los bienes
 
Mientras las drogas destruyen la capacidad y el deseo por realizar algún trabajo útil y productivo, el uso recreacional de los narcóticos tiene un costo excesivo. Difícilmente un adicto puede financiar su vicio, y se ve “obligado” a recurrir a las ganancias ilícitas. Por ello, muchos adictos terminan robando, engañando, prostituyéndose, vendiendo drogas, etc. Es imposible para la persona promedio financiar una adicción. Se han documentado casos en los cuales el despilfarro por las drogas ascendía a cientos, e inclusive, miles, de dólares al día. No nos engañemos, el crimen y las drogas suelen ir de la mano.
 
Atentan contra el dominio propio
 
El dominio propio es una virtud imprescindible para agradar a Dios y alcanzar la vida eterna (cf. Hech. 24:25; 2 Ped. 1:6). La palabra griega (“enkrateia”) es el “autocontrol (la virtud de uno que domina sus deseos y pasiones, especialmente sus apetitos sensuales)” (Thayer), la capacidad de disciplinarse, controlarse, gobernarse, tanto en el ejercicio de las facultades mentales como en las acciones. Sin embargo, una persona drogada no tiene control de sí misma. Por consiguiente, el uso de drogas para alterar la mente constituye una transgresión del mandato divino del dominio propio.
 
Podemos reconocer que el alcohol es una droga peligrosa, pero existe un enorme esfuerzo de la industria del alcohol, sus simpatizantes, los bebedores sociales, los políticos, y muchos profesionales de la salud, quienes afirman que el alcoholismo es una enfermedad que debe tratarse y no una adicción que deba evitarse.
 
Piénselo detenidamente. Si el alcoholismo es una “enfermedad”, se debe identificar y curar, para seguir bebiendo alcohol sin emborracharse y sin desarrollar dependencia. Pero, con esta disposición o norma siempre se ignora la causa y la solución. El alcoholismo es una adicción, por lo tanto, la causa es el alcohol y la solución es la abstinencia. El “abstemio” no tiene problemas con las bebidas embriagantes.
 
Sencillamente, el alcoholismo es una dependencia adquirida por la conducta. Sin alcohol no existiría el alcoholismo, aunque la mayoría no esté dispuesta a aceptarlo. La causa y la solución están a la mano.