Por Josué I. Hernández
Escribo este artículo desde la vereda del dolor. No solo he sido testigo del sufrimiento, he sufrido como tantos otros. Mi fe ha sido probada, y soy compañero de todos
los que están sufriendo y padecen dolor.
La pregunta común es, “Si Dios existe, ¿por qué
permite el sufrimiento?”. Esta pregunta involucra un
poderoso aspecto sentimental, una carga emocional impregnada con la duda. Y por lo
general, la pregunta misma la realizan los enemigos de la fe para negar la existencia de Dios. Por
supuesto, algunos pueden hacer la pregunta honestamente, intrigados por la
realidad del dolor y la tragedia.
Hay una diferencia entre el problema
emocional del sufrimiento y el problema intelectual del
sufrimiento. Ambos tratan con el sufrimiento, pero no son lo mismo. Sin embargo, ¿cuál es la razón de este dilema? ¿Es
el dolor un impedimento a la fe? ¿Es el sufrimiento incompatible con la
existencia de Dios? ¿Estaremos más dispuestos a creer en Dios si la vida es
sólo placer, comodidad y diversión?
A nuestra sociedad no le gusta un Dios
que permita el sufrimiento. Sin embargo, en lugar de invalidar la fe en Dios, el dolor
indica que algo anda mal en el mundo (cf. Gen. 3:17; 1 Cor. 15:21).
Dios no es un tirano impersonal que se agrada de
vernos sufrir. Dios entró en la historia humana en la persona de Jesucristo (cf. Mat. 1:23; Luc. 1:35; Jn. 1:1,14),
quien sufriendo la cruz murió por todos nosotros (cf. Jn. 1:29; 3:16). A pesar de ser inocente,
Cristo soportó el cruel castigo, la humillación y el sufrimiento para
salvarnos (cf. Rom. 5:8; Fil. 2:5-8; Heb. 2:9; 10:5; 12:2). La cruz de Cristo deja a nuestro sufrimiento en una perspectiva
diferente (cf. Gal. 2:20; 6:14).
La sangre del Señor Jesucristo fue derramada para darnos lo
que realmente necesitamos “remisión de los pecados” (Mat. 26:28), y por su muerte hay esperanza de perdón (Hech. 2:38,41; 22:16; Apoc. 1:5). Por lo tanto, como dijo Salomón, “Teme a Dios, y guarda sus
mandamientos; porque esto es el todo del hombre” (Ecles. 12:13). ¿Por
qué? “Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa
encubierta, sea buena o sea mala” (Ecles. 12:14).
