Consagración, no fanatismo


Por Josué I. Hernández


“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16).

Comúnmente podemos decir que un fanático es aquel que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento exacerbado sus creencias y opiniones, ya que está entusiasmado ciegamente por ellas, y por esto, muchas veces, traspasa con su proceder lo que es racional y prudente, honorable y correcto. Según Larousse, el fanático es aquel que defiende con apasionamiento y celo desmedidos una creencia, una causa, un partido, etc.
Como el lector podrá observar, la definición de “fanático” siempre tiene una connotación negativa, aun cuando se aplique al apasionado ciegamente por una afición aparentemente inofensiva (ej. “fanático de la música”). Nunca es bueno, ni sano, el defender y reaccionar con celo desmedido y pasión ciega a favor de alguna doctrina, ideal u opinión.
Con lo anterior en mente, es fácil reconocer que todo fanático religioso es a menudo de mal carácter, melancólico, ignorante y vanidoso. Cuando decimos que el fanático religioso es de mal carácter, nos referimos a que manifiesta un temperamento difícil. Cuando afirmamos que es melancólico, nos referimos a que lleva consigo el egoísmo, pues vive amargado y no es feliz. Además, para el fanático religioso “el fin justifica los medios”. Sin embargo, bien sabemos, que si el “fin” es bueno también lo serán los “medios” para alcanzarlo (cf. “¿Y por qué no decir… Hagamos males para que vengan bienes?”, Rom. 3:8).

Obviamente, el fanático es peligroso en todo ámbito donde actúe, pues reaccionará en base a su capricho sin tomar en cuenta la norma de Dios. En esto, podemos contemplar fácilmente la diferencia entre el fanatismo y la consagración. Cuando hablamos de consagración, nos estamos refiriendo a la entrega total a Cristo. En palabras del apóstol Pablo, “…ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20). “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).

¿Cuál fue la acción fanática más vil en la historia de la humanidad (Mat. 26-27; Mar. 14-15; Luc. 22-23; Jn. 18-19)? El juicio que varios religiosos llevaron contra nuestro Salvador. 
“Porque muchos decían falso testimonio contra él, mas sus testimonios no concordaban” (Mar. 14:56). La traición de Judas, la negación de Pedro, la huida de los discípulos, los cuatro gobernantes títeres (Anás, Caifás, Pilato y Herodes), la turba dispuesta a linchar a un inocente, el santo sanedrín prestándose para una hipocresía… He aquí el proceso que resultó ser la farsa más grande de la historia del derecho judicial. Sin embargo, el único que estaba al mando era nuestro Señor Jesucristo (Jn. 10:17-18; 19:10-11). Él había afirmado su rostro para ir a Jerusalén (Luc. 9:51). Su hora había llegado (Jn. 17). Sus enemigos se vieron obligados a emprender acciones, pero fue Jesús quien facilitó su propio arresto. Nuestro Salvador se enfrentó al fanatismo, y cuando más vilmente se comportó el hombre, más sublime aún fue la reacción de Dios. No se podía ser neutral con Jesús, había que recibirlo o matarlo.
Entre las irregularidades más obvias de los juicios contra Jesús, están las siguientes: La decisión fue tomada antes que el juicio comenzara. Los funcionarios no estaban autorizados para efectuar un arresto de noche si el presunto culpable no era hallado cometiendo delito. Los delitos capitales no podían ser realizados de noche. Los jueces debían mantener el equilibrio, debían ser defensores y acusadores. Las pruebas no podían consistir de rumores, ni podían ser circunstanciales. El menor de los miembros del Sanedrín era quien debía votar primero. El sanedrín no debía formular cargos, sino juzgar al acusado de ellos. Las sesiones del tribunal estaban prohibidas en las vísperas de las fiestas judías. No se podía presionar al acusado para que testificara en contra de sí mismo. Un sumo sacerdote no podía rasgar sus vestiduras.
Lo peor fue realizado por quienes debían ser los mejores. Impresiónese conmigo. ¡Vea la Escritura! ¡Cuán malos pueden ser los fanáticos de una religión!

Podemos ser acusados falsamente de "fanáticos", o de algo peor. Por ejemplo, “este hombre es una plaga, y promotor de sediciones entre todos los judíos por todo el mundo, y cabecilla de la secta de los nazarenos” (Hech. 24:5). Sin embargo, ningún genuino cristiano en realidad es un fanático. Hay gran diferencia entre fanatismo y consagración. Dios quiere que nos consagremos a su servicio, que seamos santos, pero jamás fanáticos. Ni siquiera el concepto de fanatismo es observado en el patrón de Cristo para su pueblo, mucho menos la palabra en sí.

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Rom. 12:1-2).

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19-20).

“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20).

“Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gal. 6:14).

“para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Fil. 2:15).

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes. 5:23).

Los verdaderos cristianos tenemos buenas razones y argumentos en los que basamos nuestra fe. Tenemos esperanza, manifestamos el amor de Cristo, no somos melancólicos, ni mucho menos ignorantes, egoístas o vanidosos.

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