Reuniones de Damas de la Iglesia de Cristo


Por Josué I. Hernández


Una reunión de mujeres en sí no es mala, pero el organizarla y llevarla cabo correspondería a las mujeres como individuos, y no a una o varias iglesias locales. Además, no podría ser regional o nacional, pretendiendo activar a la iglesia del Señor de manera universal, como organización en un encuentro social.
La autorización de Dios en el Nuevo Testamento es clave para determinar esto, y toda práctica cae en una de las dos categorías posibles, “Del cielo, o de los hombres” (Mat. 21:24). Y en las páginas del Nuevo Testamento no leemos acerca de encuentros de damas de la iglesia de Cristo, de conferencias de varones de la iglesia de Cristo, o de reuniones de jóvenes de la iglesia de Cristo, etc. Sabemos que algunos individuos cristianos, no la mayoría, viajaron por el mundo conocido y siempre buscaron a sus hermanos (cf. Hech. 9:26-29; Rom. 16:1,2; Fil. 2:25; 2 Tim. 1:17), pero nunca leemos de esfuerzos denominacionales por activar a la iglesia del Señor a nivel regional o nacional, ni mucho menos, a nivel internacional con encuentros y paseos. 

No hay en el Nuevo Testamento algún “Ministerio de Damas”. Los términos “ministro” y “ministerio”, nunca fueron usados para identificar alguna acción oficial de damas (“Ministerio de Damas”) en el Nuevo Testamento. Según las Escrituras, “ministro” es quien “sirve” sin importar que lo haga en asuntos espirituales o seculares (Luc. 10:40; Hech. 6:1; 1 Cor. 16:15; Ef. 4:12; Fil. 2:25; 1 Ped. 4:10-11), por este motivo son muchos los "ministros" y "ministras" en estos aspectos de la vida, pero no por eso su acción es un “Ministerio” (con mayúscula) según el uso denominacional de la palabra; sino que es un “ministerio” en el sentido de ser un “servicio” a otro. En este sentido, tanto el Gobierno, como Cristo, son "ministros" (cf. Rom. 13:4; 15:8). En consecuencia, si entendemos el uso correcto de los términos “ministro” y “ministerio”, las aplicaciones que hagamos también lo serán.

La obra de la iglesia local no incluye alguna conferencia nacional, o regional, de damas, paseos congregacionales, etc. No hay autorización bíblica para que la iglesia local haga esto. Es más, ni siquiera las hermanas, como individuos, podrían organizar un encuentro semejante a nivel de hermandad, usando el nombre o los recursos de la congregación local. Para determinar esto, no sirve el típico argumento, “¿Dónde dice la Biblia que no se puede?”. Los que seguimos la verdad en amor (Ef. 4:15), buscamos autorización, no prohibición. Por lo tanto, la pregunta que debiéramos hacer es otra, a saber, “¿Autoriza Cristo en su Nuevo Testamento que se realicen tales cosas (libro, capítulo, versículo)?”.

La obra de la iglesia local, de acuerdo a la capacidad de ella, involucra según el patrón bíblico, la predicación a los perdidos (1 Tes. 1:8), la edificación de los santos locales (Ef. 4:12), la disciplina de sus miembros (1 Tes. 5:14; 2 Tes. 3:6,14), la adoración (1 Cor. 14:26; Hech. 20:7) y la benevolencia limitada (para los santos, 1 Cor. 16:1,2). Y todo esto ha de ser dirigido por los ancianos (Hech. 20:28; Fil. 1:1), y si no los hay, la iglesia ha de ser representada por los varones (cf. Hech. 13:1; 1 Tim. 2:11-15). Pero, las hermanas no podrían organizar algo a nivel de congregación, porque éste no es su rol (cf. 1 Cor. 11:3; 14:34; 1 Tim. 2:12,15), mucho menos podrían organizar una actividad a nivel de hermandad.

Claro está que las damas de por sí, como individuos, es decir de acuerdo a su capacidad y libertad, pueden organizar algún encuentro de mujeres, salir de paseo si quieren, y ocupar sus propias finanzas, tiempo y recursos para ello, sin involucrar a alguna iglesia o iglesias en el proceso. Sin embargo, siempre debe procurarse que en tales encuentros de individuos no se use de manera denominacional los términos “iglesia” o “ministerio”, o se procure la “unidad en la diversidad” con quienes no andan en la verdad (cf. Rom. 16:17,18; 2 Jn. 9-11), como si por comida y actividades sociales podremos lograr lo que la verdad no ha podido por la rebeldía de alguno (cf. Rom. 16:17,18).

Así como hay diferencia entre las finanzas del individuo y las finanzas de la iglesia local, hay diferencia entre lo que la iglesia local debe hacer con sus recursos (lo cual ha sido designado por Dios) y lo que el individuo cristiano puede realizar con su fuerza y oportunidad.
Hay dos tesorerías que jamás se han de confundir, a saber, la tesorería del individuo cristiano y la tesorería de la iglesia local. El dinero de la tesorería del individuo cristiano es obtenido por medio del trabajo (Ef. 4:28), pero la iglesia local obtiene para su tesorería de la ofrenda voluntaria de los individuos que la componen (1 Cor. 16:1,2; 2 Cor. 9:6,7). El que supervisa y administra la tesorería del individuo cristiano es él mismo (Hech. 5:4), pero quien administra y supervisa la tesorería de la iglesia local son los ancianos locales (Tito 1:7; Hech. 11:30). El individuo cristiano con el dinero de su tesorería paga impuestos (Rom. 13:7) y hace buenas obras generales según su capacidad y oportunidad (Gal. 6:10; Ef. 4:28; Sant. 1:27), pero la iglesia local con el dinero de su tesorería financia la predicación eficaz del evangelio al edificar a los santos y predicar a los perdidos (Fil. 4:15,16; 2 Cor. 11:8), y socorre a los santos necesitados (Hech. 4:32,34; 1 Cor. 16:1,2).

La autonomía de una dada iglesia local no la autoriza a proceder fuera del patrón de las sanas palabras (1 Cor. 4:17; 1 Tim. 6:3; 2 Tim. 1:13) organizando encuentros de varones o de damas, paseos congregacionales, etc., desconocidos en las páginas del Nuevo Testamento, o donde el resultado sería la evidente “unidad en la diversidad” con los que toleran o practican el error doctrinal.

Queremos unidad, pero no vamos a sacrificar la verdad de Cristo para ello. La verdad nos hace libres y nos santifica (Jn. 8:32; 17:17), en cambio, el error nos esclaviza.

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