Abortando a bebés indeseados


Por Josué I. Hernández


Varios países están haciendo noticia, y no por alguna ejemplar razón. Por ejemplo, Islandia, donde los índices de niños con síndrome de Down se reducen a sólo dos nacimientos por año desde 2010, mediante la interrupción del embarazo cuando se conoce alguna “alta probabilidad” de ese trastorno cromosomático en el feto.
El sistema de salud islandés ofrece a los padres una serie de test para determinar si los fetos poseen algún tipo de dificultad, o si presentan alguna “enfermedad genética potencial”.

La razón por la cual tantos son activamente pro-aborto, es que ellos no consideran el aborto como un asesinato, sino como la terminación de “una posible vida”. Y todo esto debido a que para ellos no hay deberes morales absolutos, sino relativos a la sociedad en evolución. Si Dios no existe, y todo termina con la muerte, debemos luchar por construir un paraíso en la tierra. Aquel paraíso debe erradicar todo lo que la mayoría considere una carga, o maldición, por ejemplo, un bebé con alta probabilidad de nacer con algún problema, lo cual le hace un “bebé indeseado” por tal sociedad tan “justa”. No obstante, ¿cómo podríamos hablar de “justicia” si no hay deberes morales absolutos? Y si los hay, ¿quién los determina? ¿La mayoría? ¿A caso no lo hace Dios?

La tecnología es una bendición, y todos los días nos brinda gran utilidad. Sin embargo, el gran conocimiento que hemos logrado, y el avanzado instrumental médico que poseemos, están siendo mal utilizados para fines egoístas y malvados. Bebés están siendo asesinados debido a una “alta probabilidad” de que nazcan con algún problema que les hará más difíciles de cuidar. Tal consideración progresista, de nuestra “sociedad justa e igualitaria” es muy diferente a la de Dios. El salmista escribió acerca de su propio desarrollo fetal, de la siguiente manera:

“Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. No estaba oculto de ti mi cuerpo, cuando en secreto fui formado, y entretejido en las profundidades de la tierra. Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos” (Sal. 139:13-16, LBLA).

El salmista reconoció el papel providencial de Dios en su desarrollo. Como todos los estudiantes de la Biblia sabemos, la providencia de Dios permite a los seres humanos la decisión libre, e incluso su propio desarrollo, en un entorno en el cual muchas veces nos veremos afectados por “errores genéticos” o problemas diversos. Tales problemas, como por ejemplo, algún “trastorno cromosomático”, no eliminan la personalidad humana, aunque afectan la vida física de la persona. El síndrome de Down es el resultado de un error de este tipo. Un trastorno congénito, por el cual los niños nacerán con dificultades cognitivas y anomalías físicas. No obstante, aunque estos niños se comportarán diferente a otros niños, siempre son la “imagen y la semejanza de Dios” (cf. Gen. 1:27) poseyendo una identidad única y espíritu eterno.

Desde hace varios años, los avances en la cartografía genética y la tecnología relacionada, procuran la cura de enfermedades prenatales, y posibilidades diversas para salvar vidas. Obviamente, no hay objeción razonable para tales procedimientos. Sin embargo, se ha presentado la tentación de hacer mal uso de este avance tecnológico. Ahora se procura diseñar bebés, por la manipulación genética, y desechar bebés indeseados, por las deficiencias que presentan.

La manipulación genética es preocupante, pero el homicidio de una clase de “personas diferentes”, por sus anomalías prenatales, es particularmente cruel e inhumano. Siempre hemos sabido que Dios no hace distinción entre un bebé que ha nacido (Luc. 2:12) y uno que aún no ha nacido (Luc. 1:41). Es una persona, independientemente de su ubicación física. Matar a un bebé no es diferente a matar a un adulto, y quitar la vida al prójimo es un asesinato. El asesinato ha sido condenado en todas las dispensaciones de la relación de Dios con la humanidad (Gen. 9:6; Ex. 21:12; Gal. 5:21). Debemos alzar la voz, contra tal maldad.

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