El fracaso por la avaricia


Por Josué Hernández

Somos amonestados claramente “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora” (Heb. 13:5). Sin embargo, y lamentablemente, lo que caracteriza a nuestra sociedad es la falta de contentamiento por la avaricia, el habitual amor al dinero.

No me malentienda, el problema no es el dinero mismo, sino “el amor al dinero”, el cual es raíz de toda suerte de males (1 Tim. 6:10).
La avaricia no es un problema solamente de los ricos, es un problema en el corazón de toda persona que se haya enamorado del dinero, sea rico o no.

No es difícil encontrar avaros quienes viven por el dinero y para el dinero. Ellos no tienen dinero, sino que el dinero los tiene a ellos. Cada costumbre de su vida gira en torno a lo monetario, y no están contentos con lo que tienen, sino que siempre quieren más. Adoran el dinero, el cual es su dios, pues la avaricia “es idolatría” (Col. 3:5). Y por consiguiente su estado de ánimo depende del dinero, y toda su vida se consume en relación a la plata en su bolsillo. Y se les nota, ya que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12:34).
Por supuesto, esto es totalmente contrario a la enseñanza de Cristo, quien dijo “Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Luc. 12:15).

La persona no vale por lo que tiene, y el éxito no se mide por el dinero que alguno posea. El éxito verdadero depende de la relación con Dios. Los avaros viven vidas miserables, y son los más grandes fracasados que conoceremos.

Tengamos cuidado con los avaros, ellos no soportan que usted no sea uno de ellos. Debemos cuidar con quienes nos asociamos. Como dijo el apóstol Pablo, “apártate de los tales” (1 Tim. 6:5). “No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres” (1 Cor. 15:33).

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