La autoridad de Cristo


Por Josué Hernández

“…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a el oíd” (Mat. 17:5)

“El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Jn. 12:48)

“…Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

“Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col. 3:17).

Puesto que Jesús es autor de “eterna salvación” (Heb. 5:8,9) y posee toda autoridad (Mat. 28:18), hay que poner la mira en él y en su evangelio para toda actividad encaminada a la salvación de nuestras almas. 
Si alguien se propone vivir una vida que glorifica a Dios y, se propone además, que en el juicio final se le conceda la salvación, es esencial que entienda la autoridad de Cristo, la naturaleza y la forma de expresar dicha autoridad.
Sin embargo, la autoridad en la religión es uno de los más desatendidos e incomprendidos estudios, incluso entre aquellos que dicen ser hijos de Dios. Cada digresión de la Verdad y todos los pecados, se han cometido a causa de un malentendido y/o el desprecio por la autoridad de las Escrituras. 
Casi todos los religiosos del mundo no tienen ni la comprensión ni el reconocimiento por la autoridad y sus conceptos. Si queremos asegurarnos de no desviarnos y caer en el engaño del pecado como lo han hecho ellos, debemos comprender a fondo cómo se establece y se expresa la autoridad de Cristo.

Sólo Cristo tiene la autoridad o potestad suficiente para enseñarnos la verdad moral y doctrinal, y sólo a él debemos sujetarnos como potestad definitiva para encaminar nuestras vidas a la eternidad con Dios en el cielo. Considere lo siguiente, si Jesucristo tiene toda autoridad en el cielo y sobre la tierra (Mat. 28:18), entonces, ¿cuánta potestad tiene usted? 

LA AUTORIDAD DE CRISTO ESTÁ EXPRESADA DE MANERA ESCRITA

La autoridad (o potestad)  de Cristo está investida en las Escrituras del Nuevo Testamento (Jn. 12:48) reveladas por medio de sus apóstoles inspirados (Jn. 13:20; 14:26; 16:13; 20:30-31). El Nuevo Testamento de Cristo constituye la revelación final (Jud. 3) y completa (Jn. 16:13) de Dios al hombre (Heb. 1:1,2; 9:6-13), y por este motivo debemos hacer todas las cosas en el nombre del Señor Jesús (Col. 3:17) y como para él (Col. 3:23).
Rechazar la autoridad de Cristo es traer sobre sí mismo el disgusto de Dios (Jn. 12:48; Gal. 1:8,9; 2 Jn. 9; Apoc. 22:18,19).
La palabra que Cristo trajo del cielo es la verdad (Jn. 8:31,32), y todo argumento contrario a la palabra de verdad es un engaño de Satanás (Jn. 17:17). La palabra de Dios es infalible e inmutable (1 Ped. 1:24,25) y da la respuesta a todas las necesidades del hombre (2 Tim. 3:16). Por el contrario, los sentimientos engañosos y los razonamientos humanos deben ser rechazados como totalmente inadecuados para determinar la voluntad de Dios (Jer. 10:23; Prov. 14:12). Por lo tanto, todo argumento debe ser analizado a la luz de las Escrituras (Hech. 17:11; 1 Tes. 5:21).

Todo corazón noble pondrá atención debida a la palabra de Cristo antes que a las palabras de la ley y los profetas, porque la palabra de Cristo constituye la revelación completa, perfecta y final de Dios para nosotros:
“Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable; y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo” (Hech. 3:22,23).
“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría,…” (Col. 3:16)
“…Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a el oíd” (Mat. 17:5).
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo… en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo…”  (Heb. 1:1,2).

Grandes errores han resultado por dejar la Biblia a un lado para establecer las opiniones humanas como doctrinas de Dios.
Si discutimos los asuntos en base a consideraciones carnales, sofisterías, tecnicismos, preguntas capciosas e ironías no llegaremos a una conclusión justa y agradable a Cristo. Por lo tanto, invito al lector a abrir su Biblia para estudiar todo tema, dejando que la palabra de Cristo sea el estándar para nuestras vidas (cf. Col. 3:16).
No importa lo que diga la mayoría, lo que nos importa es lo que Cristo dice en la Biblia, por lo tanto debemos preguntarnos: ¿Qué dice la doctrina de Cristo referente a este tema? ¿Qué dice Cristo que yo deba hacer?

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