El gobierno, ¿un ministro de Dios o de Satanás?


Por Josué Hernández

Los cristianos vivimos en el mundo pero no somos del mundo (Rom. 12:2). Somos de un reino espiritual y eterno (Jn. 18:36; Dan. 2:44). Sin embargo, mientras vivamos aquí, en la tierra, tendremos que subordinarnos bajo el gobierno de las autoridades civiles sin desobedecer a Cristo en el proceso.

Pablo instruyó a los cristianos en Roma indicándoles que debían sujetarse a las autoridades civiles: “Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos” (Rom. 13:1,2). Sin embargo, el apóstol no dijo que debemos obedecer incondicionalmente a las autoridades civiles. Cuando se les prohibió predicar el evangelio de Cristo, Pedro y los demás apóstoles dijeron, “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hech. 5:29). Recordemos que la doctrina es uniforme (1 Cor. 4:17), y por lo tanto, no se contradice a sí misma. Debemos subordinarnos y obedecer al gobierno siempre y cuando éste no contradiga a Cristo.

La obediencia a Dios es nuestra primera prioridad como cristianos. Y debemos estar sujetos a las autoridades civiles solo si nuestra sujeción a ellas no requiera el abandono de nuestra sumisión a Cristo.

El gobierno como ministro de Dios

Cuando estudiamos la enseñanza del apóstol Pablo en Romanos 13:1-7, o del apóstol Pedro en 1 Pedro 2:13-17, debemos hacerlo teniendo en cuenta la función asignada al gobierno por Dios. Recordando a la vez que el gobierno no es la máxima autoridad, la potestad plena pertenece a Cristo (Mat. 28:18; Ef. 1:21-23).

Dios le ha concedido una función específica a las autoridades civiles: “Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo” (Rom. 13:3,4; 1 Ped. 2:14).

El gobierno eficientemente organizado es llamado ministro de Dios. Un ministro es un siervo. Entonces, ¿qué papel desempeña el gobierno en el cuidado providencial de Dios para la humanidad? Según nuestra lectura bíblica, existe para castigar a los que hacen lo malo, proteger a los que hacen lo bueno, y permitir que los ciudadanos vivan y adoren de acuerdo con las instrucciones de Dios (Rom. 13:3,4; 1 Ped. 2:13-17; 1 Tim. 2:1-4). Un gobierno que cumple este rol es ministro de Dios porque está haciendo el trabajo que Dios le ha encomendado.
Pero, ¿y si un determinado gobierno no está cumpliendo su función asignada, y en lugar de proteger a los inocentes, permite que los inocentes sean victimizados? ¿A quién está sirviendo el gobierno que en lugar de castigar a los malhechores, ignora la justicia, o incluso recompensa el crimen? ¿Es un ministro de Dios el gobierno que en lugar de proporcionar seguridad y libertad procura silenciar la predicación del evangelio o prohibir que los cristianos se reúnan libremente? ¿Este gobierno sigue siendo “ministro de Dios para tu bien” (Rom. 13:4)?
Algunos afirmarán automáticamente que un gobierno opresivo sigue siendo el ministro de Dios. No obstante, ¿es esta una conclusión exigida por el contexto de Romanos 13 y 1 Pedro 2? ¿Apoya el tenor del Nuevo Testamento semejante conclusión?

El gobierno como ministro de Satanás

En el libro de Apocalipsis, el Señor advirtió a la iglesia en Esmirna de la persecución que se avecinaba, “No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10). Esta persecución estaba siendo llevada a cabo por el gobierno romano (una dictadura).
¿Era la autoridad romana “ministro de Dios” en su labor de perseguir a los cristianos? Por el contrario, Roma estaba haciendo el trabajo del diablo. Su servicio a Satanás se indica claramente en el pasaje, “el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días”.
Cuando un gobierno rechaza su función divinamente asignada, y pervierte su rol, ese gobierno se vuelve ministro de Satanás (cf. Mat. 2:16; Hech. 4:13-31; Apoc. 13:7,8).

Nuestra responsabilidad como cristianos

Las Escrituras enseñan claramente que un gobierno puede actuar como ministro de Dios o como ministro de Satanás. Sin embargo, los cristianos debemos cumplir nuestra responsabilidad civil como sal de la tierra y luz del mundo (Mat. 5:13-16).

Debemos orar por los líderes gubernamentales, ya sea que estén haciendo su trabajo divinamente designado o no: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:1-4).
Un gobierno que le permita a su gente la libertad de vivir de acuerdo con las instrucciones de Dios proporcionará el ambiente ideal para la difusión del evangelio. Si esta condición existe actualmente, debemos orar para que continúe así. Si no existe tal ambiente social, debemos orar para que el actual gobierno sea favorable a la libre difusión del evangelio o sea reemplazado por una mejor.

Debemos sujetarnos a los gobiernos que están cumpliendo su papel como ministro de Dios: “Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia” (Rom. 13:5). Considere la frase “Por lo cual”. La razón para estar en sujeción se establece en el contexto. Debemos estar sujetos al gobierno eficientemente ordenado al plan de Dios porque este gobierno actúa como ministro de Dios.
No obstante, ¿qué hacer si el gobierno está actuando como un ministro de Satanás? ¿Debemos revelarnos en motines y protestas? Primero, debemos estar preparados para hacer lo que se le dijo a la iglesia en Esmirna que hiciera: soportar cualquier persecución y tribulación que pueda venir (Apoc. 2:10), y sufrir como cristianos (1 Ped. 4:16). Segundo, debemos negarnos a obedecer alguna ley que nos obligue a abandonar un mandato o responsabilidad divinamente dada (Hech. 5:29). Tercero, debemos seguir el principio, “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Rom. 12:18), recordando lo que requiere Jesucristo de nosotros, “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mat. 22:21). 

Si podemos continuar sirviendo a Dios, sin llamar la atención hacia nosotros mismos, debemos hacerlo. Esto no significa comprometer los asuntos que pertenecen a la fe. Simplemente, debemos mantener un perfil bajo para que los líderes malvados nos dejen en paz tanto como sea posible, sin instigar la persecución.
Ya sea que vivamos bajo líderes buenos o malvados, debemos recordar a Aquel que está sobre todos. Al dirigir nuestra responsabilidad a las autoridades civiles, Pedro dijo: “como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios” (1 Ped. 2:16).

Somos principalmente ciudadanos del reino de los cielos (Fil. 3:20). Por lo tanto, ya sea que el gobierno terrenal exija nuestra sumisión (Rom. 13:1-5) o nuestra rebelión (Hech. 5:29), siempre debemos cumplir el principio, “sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mat. 10:16).

Después de su muerte, sepultura, resurrección y ascensión al cielo, Jesús fue colocado “sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero” (Ef. 1:21). Jesucristo está reinando sobre todo, y todos daremos cuenta delante de su tribunal (2 Cor. 5:10). Por lo tanto, “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él” (Col. 3:17), independientemente de lo que nuestros gobernantes puedan decir al respecto.

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