¿Cantar en lugares públicos con el objetivo de evangelizar?



Por Josué Hernández


Los cristianos reconocemos la importancia de enseñar el evangelio al mundo perdido. Sabemos que el evangelio de Cristo es “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1:16). Sabemos que muchas almas se perderán si yerran en el aprendizaje o se niegan a obedecer a Cristo (2 Cor. 4:3-4, Rom. 2:8; 10:16; 2 Tes. 1:8-9). Los cristianos amamos a nuestros vecinos y, al igual que Dios,  queremos “que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4; cf. Mat. 22:39). En fin, queremos compartir con todos nuestra esperanza eterna en Cristo. Estas verdades nos motivan a enseñar y vivir el evangelio (Hech. 8:4; Mat. 5:16).
Lamentablemente, la noble tarea de la evangelización es a veces obstaculizada por métodos evangelísticos no bíblicos. En tales casos, el celo por anunciar el evangelio anula el patrón del Nuevo Testamento. Los errores van desde el uso de organizaciones evangelísticas humanas, hasta los arreglos de la Iglesia Patrocinadora con su centralización e institucionalismo. Las diversas formas de programas y artimañas de la sabiduría humana, abarcan desde el entretenimiento neto hasta diversas actividades sociales que se utilizan como un pretexto y una plataforma para enseñar el evangelio. Sin embargo, no hay autoridad bíblica para ninguno de estos proyectos y programas.
El propósito de este artículo no es amortiguar el fervor evangelístico de alguno, sino advertir a los hermanos en contra de la utilización de métodos no aprobados por el patrón de las sanas palabras (2 Tim. 1:13).


¿Cánticos para evangelizar?

Recientemente nos hemos enterado de una práctica nueva entre los hermanos con la cual pretenden llegar a la gente de una manera “espiritual”. Esta actividad consiste en una reunión de cristianos en un lugar público (una estación de trenes, un mall, un parque, etc) que comienzan a cantar canciones espirituales a los transeúntes.
A primera vista, parece una práctica inofensiva y buena. Obviamente, no hay nada malo en que varios cristianos se reúnan un lugar para cantar canciones espirituales. El apóstol Pablo escribió por el Espíritu: “hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (Ef. 5:19). Como sabemos, el cantar indicado en éste pasaje no se limita a los servicios de la iglesia local. Por lo tanto, ¿Qué problema bíblico habría si diversos cristianos se reúnen a cantar en lugares públicos con el objetivo de evangelizar?

Ya que toda actividad espiritual está regulada por Dios (2 Ped. 1:3), debemos tener autoridad bíblica para todo lo que hacemos en su nombre (Col. 3:17; 2 Tim. 3:16-17). Al invocar pasajes de la Escritura para alguna práctica en particular, también invocamos las definiciones y normas que tales pasajes imponen a la práctica definida. Al cantar salmos, himnos y cánticos espirituales uno se restringe a las obligaciones de la legislación divina que gobiernan el uso de este tipo cántico.
La razón por la que varios hermanos están reuniéndose en lugares públicos a cantar salmos, himnos y cánticos espirituales es con la intención directa de evangelizar. Pero hay un problema con esto, en ninguna parte del Nuevo Testamento los cristianos se reunieron a cantar para evangelizar a los transeúntes. En lugar de ello, el Nuevo Testamento describe el propósito de cantar como una forma de alabanza a Dios y enseñanza entre cristianos.
Algunos ven en la epístola de Pablo a los Colosenses una defensa de los coros evangelísticos. Pablo escribió: “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales” (Col. 3:16). Se argumenta que cuando Pablo dijo “enseñándoos” (gr. “didasko”) indicando al canto como un método de evangelización. Si bien es cierto que el verbo “didasko” es de uso común en todo el Nuevo Testamento para diversas circunstancias en que ocurre enseñanza, Pablo aquí lo utiliza en un contexto de acción mutua y recíproca. Son santos los que se enseñan y amonestan unos a otros. Ni en Colosenses 3:16, ni en Efesios 5:19, ni en ningún otro pasaje novotestamentario, el canto es utilizado como método evangelístico para que los pecadores se conviertan a Cristo. “los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hech. 8:4). ¡No iban por todas partes cantando a los inconversos!
El cantar del patrón de Cristo, obviamente, tiene un propósito diferente. Como se observa en el Nuevo Testamento, el canto de salmos, himnos y cánticos espirituales es “al Señor”, como acto de adoración cristiano. A la vez, el cántico es un método de enseñanza y amonestación entre los santos (Col. 3:16; Ef. 5:19). La entonación de salmos, himnos y cánticos espirituales no es show para los espectadores, no es para entretener los oídos. Obviamente, el cántico de invitación, luego de la predicación de la palabra (no en lugar de la palabra), moverá los corazones buenos al arrepentimiento. Vea el caso presentado por Pablo a los corintios. Ellos cantaban en sus servicios públicos, pero era la predicación de la palabra era el método directo de evangelización (cf. 1 Cor. 14:23-25).


Un “coro” para los oyentes

Los cristianos cantantes en lugares públicos, se vuelven literalmente “un coro” para los no cristianos, en un esfuerzo para enseñarles y despertar su interés en las cosas espirituales. Y en esta circunstancia se forman dos grupos: Los cantantes cristianos organizados para el espectáculo y los oyentes inconversos que escuchan las alabanzas. El grupo de cantantes entona deliberadamente al grupo de oyentes su repertorio. Y esto no es más que un acuerdo de coro, por su diseño y por su violación directa de la pauta establecida en Efesios 5:19 y Colosenses 3:16.
Considere lo siguiente. Si la disposición de un coro para deleitar a un grupo de simples oyentes está autorizado en los centros comerciales, estaciones de trenes y otros lugares públicos, como coros, solos, dúos, etc., entonces también está autorizado en las asambleas de la iglesia. Un grupo podría cantar mientras los demás se deleitan con las voces.
Además de la falta de autoridad bíblica, hay otro problema con el uso del canto como método de evangelismo, da como resultado un show, una actuación. Las denominaciones comúnmente realizan interpretaciones vocales de himnos y cánticos religiosos. Pero esto no lo deben copiar los cristianos. Una vez más, el cántico de salmos, himnos y cánticos espirituales es para enseñanza mutua cristiana y para alabanza a Dios, no para entretener. 
Lo anterior se puede también probar por la reacción de transeúntes oyentes de los cánticos, que al considerar el show como una actuación más entre muchas otras, llegan hasta aplaudir lo que consideraron una interpretación secular.

Ahora bien, el llamar a este esfuerzo una “actuación” no es un intento por juzgar los corazones e intenciones de los participantes, condenándolos por centrarse demasiado en sonar bien y entretener. Ellos pueden tener magníficas intenciones. Pueden ser muy sinceros. Sin embargo, es obvio que el resultado de su ejercicio es un show a los oyentes y una violación del patrón de Nuevo Testamento. 


Hechos 16 y el carcelero de Filipos

Algunos han intentado defender los “Coros Cristianos” citando a Pablo y a Silas en la cárcel de Filipos. Lucas escribió: “Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían” (Hech. 16:25).  Los que usan éste pasaje para defender los Coros Cristianos y sus presentaciones luego saltan a los versículos 30-33, alegando que el canto de Pablo y Silas movió al carcelero a la conversión. Pero, hay varios problemas con semejante argumento:
En primer lugar, leamos el texto: “Como a medianoche, Pablo y Silas oraban y cantaban himnos a Dios, y los presos los escuchaban” (Hech. 16:25, LBLA). Notemos que “Pablo y Silas oraban y cantaban a Dios”. No le cantaban al carcelero, ni le cantaban a los presos. Lucas registró claramente que la oración y el canto de Pablo y Silas fue dirigido a Dios. Al igual que Colosenses 3:16 dice “cantando a Dios” (LBLA), y Efesios 5:19 dice “cantando y alabando con vuestro corazón al Señor” (LBLA). El hecho de que los presos los oían fue algo incidental.
Lucas registró claramente que eran los “presos” quienes “los escuchaban” (LBLA). En ninguna parte la Escritura registra que el carcelero estaba oyendo los cánticos y oraciones de Pablo y Silas.
Considérese que el carcelero estaba dormido mientras Pablo y Silas oraban y cantaban en el “calabozo de más adentro” (16:24). La Biblia dice: “Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido” (Hech. 16:27). Alguien podría suponer que el carcelero se quedó dormido después de que Pablo y Silas oraron y cantaron, y que luego se despertó con el terremoto, pero ninguna Escritura se puede citar para semejante deducción sin base, esta inferencia no está implicada en el pasaje.
El carcelero no creyó con toda su casa en el momento de preguntar “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hech. 16:30). Pablo le dijo que él primero debía creer, y para ello primeramente le predicó a Cristo (Hech. 16:31). La Biblia dice “Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa” (16:32). Sabemos por Romanos 10:17 y Hechos 15:7 que la fe siempre es producida por la predicación del evangelio. Recordemos “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Cor. 1:21).
Si el cántico es un método eficaz de evangelismo es extraño que el Espíritu Santo no lo mencione como tal, y sólo deje un pasaje en el que supuestamente un carcelero oyó los cánticos y luego se durmió para luego despertar y arrepentirse. Más bien, el texto deja bien claro que el único de la cárcel que fue convertido estaba durmiendo cuando Pablo y Silas oraron y cantaron. Así, pues, el libro de los Hechos especifica la predicación del evangelio como el método divino para la salvación de las almas (Hech. 2:40-41; 4:1-4; 8:4-5,12; 11:20-21; 17:2-4).
Si Hechos 16:25 constituye un permiso para Coros cristianos también constituye permiso para shows de Grupos de Oración.
El carcelero de Filipos se convirtió al Señor, no por los cánticos, sino por la predicación del evangelio, como siempre sucede en todos los ejemplos de conversión del Nuevo Testamento.


El respeto por el libre albedrío y derecho de las personas 

La historia de Ananías y Safira muestra que Dios otorga a las personas el derecho y control sobre su propiedad personal (Hech. 5:4). Además, en Hechos 4:34 se describe a algunos cristianos que poseían “heredades o casas”. Bernabé se identifica específicamente como uno que vendió su heredad. 
La responsabilidad y el acto de enseñar a otros no exige, ni permite, el violar los derechos de propiedad personal y/o invadir su privacidad. Los cristianos podemos predicar casa por casa o en la plaza pública, por ejemplo, y tales esfuerzos son nobles y buenos. Sin embargo, el deseo de enseñar la verdad no es una autorización divina para invadir la propiedad de alguien o instalar un artefacto indeseado con el pretexto de predicar.
Simplemente, los maestros del evangelio no tienen el derecho a imponerse sobre otras personas interfiriendo en sus vidas. El evangelio de Cristo está divinamente diseñado para atraer a cada persona sin vulnerar su libre albedrío y derecho. No obligamos a la gente a escucharnos. Este hecho se hace evidente en las instrucciones de Cristo registradas en Mateo 10, en lo que llamamos “La Comisión Limitada”. Los apóstoles no iban a forzar su mensaje sobre los demás: “Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies” (Mateo 10:13,14). Este principio también se enseña en Hechos 13:46, “Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles”.

Actualmente, varios grupos denominacionales imponen su mensaje y molestan a las personas utilizando, incluso, altavoces y causando desorden y confusión. Los cristianos no deben seguir este mal ejemplo. Si las personas no quieren oír una presentación de cantos y predicaciones, no debieran ser obligados a ello por los que dicen seguir las pisadas del Maestro (cf. Mat. 12:19). Cada cristiano debe recordar los derechos ajenos.
Todos hemos presenciado aquella desagradable “predicación” de grupos denominacionales que molestan a los transeúntes.  Jamás vemos tal desorden en las páginas del Nuevo Testamento. Esta es una marca de apostasía en aquellos que pretenden predicar a Cristo. No importa si tales personas se “sienten bien” presentando su “mensaje”, la realidad es que están vulnerando el libre albedrío de las personas haciendo caso omiso de los derechos de sus semejantes. Esto es una violación de la regla de oro (Mat. 7:12) y no es la predicación del evangelio.

Obviamente, un grupo de cristianos podría obtener el permiso para predicar decentemente y con orden el evangelio de Cristo. Recordemos, los cristianos queremos hacer todo decentemente y con orden (1 Cor. 14:40). En tal caso los transeúntes son respetados y pueden aprender de Cristo si quieren, o llevar algún tratado evangelístico de los que solemos distribuir.

Algunos podrían pasar por alto el argumento anterior, aludiendo a los casos de disturbio registrados en el Nuevo Testamento. Sin embargo, bien sabemos que los disturbios fueron generados por los opositores al evangelio y no por los predicadores de la verdad:
 En la sinagoga de Antioquía de Pisidia, la predicación de Pablo y Bernabé atrajo la atención de “casi toda la ciudad” (Hech. 13:44). Entonces, Los judíos “se llenaron de celos, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando” (Hech. 13:45). Pero, cuando su artimaña falló y “la palabra del Señor se difundía por toda aquella provincia” (Hech. 13:49), “los judíos instigaron a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus límites” (Hech. 13:50).
En la sinagoga de Iconio, la predicación de Pablo y Bernabé fue tal “que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos” (Hech. 14:1). “Mas los judíos que no creían excitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos” (Hech. 14:2).
En Listra, después de sanar a un cojo de nacimiento, Pablo y Bernabé con gran dificultad lograron evitar que la muchedumbre les ofreciese sacrificios (Hech. 14:8). Sin embargo, la mentalidad de la muchedumbre cambió rápidamente: “Entonces vinieron unos judíos de Antioquía y de Iconio, que persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto” (Hech. 14:19).
En la sinagoga de Tesalónica, algunos “creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas; y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas” (Hech. 17:4). No obstante los problemas pronto llegaron: “Entonces los judíos que no creían, teniendo celos, tomaron consigo a algunos ociosos, hombres malos, y juntando una turba, alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo” (Hech. 17:5).
En la sinagoga de Berea, después que Pablo y Silas escaparon de los judíos rebeldes de Tesalónica, predicaron la palabra del Señor de manera “que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres” (Hech. 17:12). Pero: “Cuando los judíos de Tesalónica supieron que también en Berea era anunciada la palabra de Dios por Pablo, fueron allá, y también alborotaron a las multitudes” (Hech. 17:13).
En Corinto, Pablo “discutía en la sinagoga todos los días de reposo, y persuadía a judíos y a griegos”(Hech. 18:4). Sin embargo, fue acusado falsamente (Hech. 18:11-13) y cuando los judíos no recibieron una sentencia favorable del procónsul, se apoderaron de Sóstenes “principal de la sinagoga, le golpeaban delante del tribunal; pero a Galión nada se le daba de ello” (Hech. 18:17).
En Éfeso, Pablo predicó con denuedo en la sinagoga por espacio de tres meses, “Pero endureciéndose algunos y no creyendo, maldiciendo el Camino delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos, discutiendo cada día en la escuela de uno llamado Tiranno. Así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús” (Hech. 19:9-10).
También en Éfeso, Lucas nos informa: “Hubo por aquel tiempo un disturbio no pequeño acerca del Camino” (Hech. 19:23). Esto no fue ocasionado por la predicación de Pablo, sino porque Demetrio el platero agitó a la multitud en un alboroto porque su negocio de engaño iba en declive por el evangelio (Hech. 19:24-40).

Como podemos ver, cada disturbio registrado en el libro de los Hechos, sucedió luego de la predicación del evangelio no por cantar salmos, himnos y cánticos espirituales. Además, debemos insistir, el desorden nunca fue ocasionado por el predicador de la verdad sino por los opositores al evangelio. Cuando Pablo fue acusado ante Félix, dijeron de él: “este hombre es verdaderamente una plaga, y que provoca disensiones entre todos los judíos por el mundo entero, y es líder de la secta de los nazarenos” (Hech. 24:5, LBLA), y Pablo se defendió con éstas palabras: “ni en el templo, ni en las sinagogas, ni en la ciudad misma me encontraron discutiendo con nadie o provocando un tumulto” (Hech. 24:12, LBLA).

La predicación del evangelio a menudo condujo a alteraciones de parte de los rebeldes. Sin embargo, esto nunca sucedió porque algún predicador del evangelio estaba tratando de hacer una escena para captar la atención en la calle. Lo que sucedió, evidentemente, fue una reacción de inconversos que motivados por celos instigaron a las multitudes a causar un alboroto.


Conclusión

Es bueno cuando los cristianos entonamos salmos, himnos y cánticos espirituales, siempre que lo hacemos como está divinamente autorizado por Dios (Mat. 26:30; Hech. 16:25; Rom. 15:9; 1 Cor. 14:15,26; Ef. 5:9; Col. 3:16; Heb. 2:12; Sant. 5:13).
El canto fue diseñado por Dios como un acto de adoración y como un medio de edificación mutua entre los santos. Debemos respetar éste patrón de la sabiduría divina sin asignarle otros fines.
Cantar alabanzas no es evangelismo. Esto es evidente por el hecho de que los cánticos espirituales no forman parte del patrón evangelístico revelado en el Nuevo Testamento. Nunca se cantó el plan de salvación. Este no es el fin de Dios para el cantar cristiano (Ef. 5:19; Col. 3:16). La fe obediente es adquirida, no por elcanto, sino por la predicación del evangelio (Rom. 10:17).
“Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo… se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe (Rom. 16:25-26, énfasis mío, jh).



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