Los chismes y el chismear


Por Josué Hernández

El chisme no es un problema nuevo. En tiempo de Jeremías era un pecado común, “Todos ellos son rebeldes obstinados que andan calumniando” (Jer. 6:28). Bajo el Antiguo Pacto, Dios explícitamente lo prohibió en varias ocasiones, por ejemplo,  “No andarás de calumniador entre tu pueblo” (Lev. 19:16).
Cristo dijo, “de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado” (Mat. 12:36,37).

Cierta viuda joven, de la alta sociedad, llegó a sufrir por los chismes más crueles del pueblo, debido a que eventualmente era visitada por "tres misteriosos hombres". Y sucedía que cuando llegaban aquellos varones a su casa, ella sacaba a su hijo menor al patio, quedándose cierto tiempo a solas con los extraños visitantes. La imaginación del pueblo voló por lo aires, hasta que al tiempo se supo que uno de los varones era el hermano mayor de la viuda, otro era un doctor, y el último era un abogado. La viuda sufría una enfermedad terminal, y nos parezca sabio o no, ella pensó que era mejor ocultar a su pequeño la gravedad de su enfermedad. El doctor ayudó lo más posible, mientras el abogado alistó el testamento. El hermano de la viuda, la acompañó hasta el final, y adoptó a su pequeño sobrino.

Hemos fracasado horriblemente al no lograr saber algo de nuestro prójimo, no soportamos tolerar ese vacío de información de alguna persona. Preferimos llenar el vacío con cualquier historia que complete la idea, sin importar que la mucha de esa información sea fruto de suposiciones maliciosas que afectan el buen nombre de nuestro semejante. Con unos cuantos ladrillos de información construimos toda una casa de especulación. 
Esta es nuestra más grande vergüenza. Hemos logrado conquistar todo nuestro entorno, menos nuestra lengua. “Porque todo género de fieras y de aves, de reptiles y de animales marinos, se puede domar y ha sido domado por el género humano, pero ningún hombre puede domar la lengua; es un mal turbulento y lleno de veneno mortal” (Sant. 3:7,8, LBLA). Pero, hay esperanza, porque “Si alguno no tropieza en lo que dice, es un hombre perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo” (Sant. 3:2, LBLA). 
Santiago nos enseña que “el hombre de doble ánimo” (1:8) se revela así mismo por su lengua.  La quiere usar para enseñar (3:1) para bendecir (3:9), pero a la vez para maldecir (3:9-10), para jactarse de grandes cosas (3:5), para inflamar un conflicto (3:6) y para inyectar veneno mortal (3:8). Y, con el fin de perfeccionar a estos cristianos (1:4) Santiago les exhorta a refrenar (3:2) y domar su lengua (3:7-8) para que manifiesten así la consecuencia y la sabiduría (3:9-12).

Se sabe que en cierto pueblo, una señora chismosa gozaba inventando las historias más fantásticas, hasta que aprendió la lección. Su lengua no tenía rienda. Cualquiera podía ser víctima de su malicia. Un día ella soltó el rumor de que el alguacil del pueblo se había emborrachado en la cantina del barrio, y esto porque el carro del alguacil estaba estacionado casi al frente de la cantina. Para la chismosa, un carro frente a la cantina, significaba que el conductor era un borracho que se había detenido a satisfacer su vicio. El alguacil captó la deducción de la chismosa, y entonces, fue y estacionó su carro toda la noche frente a la casa de ella. 

¿Qué es un chisme?
El chisme no es solamente el inventar una historia ficticia con pocos eslabones de información. Según la Real Academia Española, el chisme es toda “Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna”. Larousse, define chisme como “Noticia verdadera o falsa con que se murmura o se pretende difamar”. Por lo tanto, el chisme es motivado por la intención de difamar, e indisponer.
En resumen, el chisme es la charla sobre los asuntos de otra persona, que aunque sean verdad, no tienen base ni provecho, pues son vanos e infundados. Entonces, un chisme: 1) No tiene que ser mentira, puede ser verdad. 2) Es información de segunda mano. 3) Resulta en una conclusión incorrecta. 3) Es potenciado por la malicia. Como dice la Escritura, “Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas” (Prov. 18:8).
Dios condena severamente a los murmuradores y detractores: “murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres… los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Rom. 1:30-32). “murmuradores” (gr. “psidsuristés”), uno que musita, chismoso secreto, que actúa clandestinamente. “detractores” (gr. “katalalos”), un adversario que desacredita o difama (cf. 2 Cor. 12:20; 1 Ped. 2:1).

¿Qué opinión tiene Dios del chisme?
Para el Señor el chisme es peor que el robo, “Más vale el buen nombre que las muchas riquezas, y el favor que la plata y el oro” (Prov. 22:1). El chismoso ha robado a su prójimo algo más valioso que el dinero o las posesiones materiales.
Dios lo aborrece, lo abomina, lo odia, “Seis cosas hay que odia el SEÑOR, y siete son abominación para El: ojos soberbios, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, un corazón que maquina planes perversos, pies que corren rápidamente hacia el mal, un testigo falso que dice mentiras, y el que siembra discordia entre hermanos” (Prov. 6:16-19).
El justo lo aborrece porque teme a Dios, “SEÑOR, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu santo monte? El que anda en integridad y obra justicia, que habla verdad en su corazón. El que no calumnia con su lengua, no hace mal a su prójimo, ni toma reproche contra su amigo; en cuyos ojos el perverso es menospreciado, pero honra a los que temen al SEÑOR; el que aun jurando en perjuicio propio, no cambia; el que su dinero no da a interés, ni acepta soborno contra el inocente. El que hace estas cosas permanecerá firme” (Sal. 15:1-5).
El chisme es contrario a la enseñanza de Cristo, y nos manda que hagamos todo lo contrario de lo que el chismoso haría vengándose de su enemigo, “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mat. 5:44; cf. Rom. 12:14). 
El chisme es contrario al ejemplo de Cristo quien nos ha dejado ejemplo para que sigamos sus pisadas (Luc. 23:34; 1 Ped. 2:21-23) y quien es la imagen (“ícono”) a quien debemos imitar (Rom. 8:29).
En fin, el chisme es contrario al ejemplo de Esteban (Hech. 7:60). Contrario al ejemplo de Pablo (2 Tim. 4:16). El chisme nos mata (1 Ped. 3:9-12).

¿Cuál es la solución para los “chismes”?
1) Rehusar escucharlos: “Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda” (Prov. 26:20).  2) Obtener los hechos de primera mano: “¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?” (Jn. 7:51).  3) Refrenar la lengua: “El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo” (Prov. 11:13).
Sobre todas las cosas, la solución al chisme es el temor de Dios. David declaró, “Guardaré mis caminos, para no pecar con mi lengua; guardaré mi boca como con mordaza, mientras el impío esté en mi presencia” (Sal. 39:1), y luego añadió, “SEÑOR, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios” (Sal. 141:3). David sabía que a Dios le importa lo que hablamos, y por esto rogaba, “Sean gratas las palabras de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh SEÑOR, roca mía y redentor mío” (Sal. 19:14).

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