Amar la verdad



Por Josué Hernández


El apóstol Pablo escribió a los gálatas, “¿Me he vuelto, por tanto, vuestro enemigo al deciros la verdad?” (Gal. 4:16, LBLA).

Al leer este pasaje fácilmente nos enfocamos en la actitud de los gálatas para con la verdad del evangelio (Gal. 2:5), pero a veces, dejamos de aprender y enseñar sobre la actitud de Pablo hacia la verdad.

Pablo amaba la verdad, y la recomendaba como la solución de Dios al hombre. Y dijo la verdad en Jerusalén y en todo lugar (Gal. 2:1-10), y dijo la verdad a Pedro (2:11-21), y decía la verdad a los gálatas (1:6-11; 3:1). Y antes de todo, él mismo aceptó la verdad para nunca dejarla (Gal. 1:11-24), incluso resistiéndose a la oposición para que la verdad del evangelio permaneciese (2:5).

Pablo estaba crucificado con Cristo (2:20) y había muerto al mundo (6:14) llevando las marcas del Señor Jesús (6:17) y deseando las más ricas bendiciones para sus hermanos (1:3; 6:18).

¿Qué tanto amamos la verdad?

Sabemos del poder de la verdad para librarnos (Jn. 8:32), de la necesidad de conocerla (1 Tim. 2:4; 2 Tim. 3:7), de la necesidad de obedecerla (Rom. 2:8; 1 Ped. 1:22), y de seguirla (Ef. 4:15), y predicamos habitualmente de ello, pero tal vez estemos olvidando enfatizar la necesidad de amar la verdad (2 Tes. 2:10).

Amar la verdad del evangelio significa que, aunque ella por un momento nos desagrade, nos moleste, nos incomode, nos avergüence, e incluso nos humille, la seguiremos totalmente persuadidos de su exigencia.

La verdad es exigente, y es práctica (1 Jn. 1:6; 2:4). No fue diseñada para entretenernos, ni relajarnos. La verdad nos incomoda y nos pone a trabajar. La verdad nos permite ver la realidad de las cosas, para no ser movidos por lo que sentimos, es decir, por la emoción, sino por lo que hemos aprendido de ella.

No se trata de sentir la verdad, sino de saber la verdad, o mejor dicho, de conocer la verdad, aceptándola y siguiéndola en amor.



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