Un escudo contra el desánimo

 
“Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” (Sal. 27:13).


Por Josué I. Hernández

 
El desánimo es una herramienta de nuestro adversario el diablo, es munición que nosotros mismos le proporcionamos para que él nos destruya. Sucumbiremos ante Satanás a menos que nuestra fe permanezca enfocada en el Señor (cf. Heb. 12:1,2; 2 Cor. 4:16-18; 5:7).
 
Muchas cosas pueden desanimar aún al más fuerte de los cristianos. La mundanalidad en la iglesia, la falsa doctrina, la negligencia de hermanos carnales, padres indolentes en la crianza, madres que desprecian el ser cuidadosas de su casa, hijos desobedientes, el declive moral de nuestra nación, los problemas económicos que azotan a la familia, la enfermedad, la vejez, y la lista continúa.
 
David enfrentó enemigos que buscaban su vida, pero confió en el Señor, “Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron. Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón; aunque contra mí se levante guerra, yo estaré confiado” (Sal. 27:1-3).
 
David sufría con esperanza mientras aguardaba la intervención del Señor, “Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo. Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto” (Sal. 27:4,5).
 
Los santos de Dios están en una guerra encarnizada. El enemigo busca sus almas, pero la fuerza del Señor sostiene a los fieles en esta lucha contra el mal (cf. Ef. 6:10-13; 1 Ped. 5:8-11).
 
Necesitamos seguir el consejo de David, “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová” (Sal. 27:14). Como dijo el apóstol Pablo, “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gal. 6:9).