El eterno plan de Dios para la redención de la humanidad

 
Por Josué I. Hernández

 
El 20 de julio de 1969, Neil Armstrong, astronauta estadounidense, se convirtió en el primer hombre en pisar la luna. El plan ideado por los científicos de la época, para llevarlo allí, fue realmente notable por su complejidad técnica y precisión, y es, de hecho, un monumento a la habilidad del hombre para planificar y llevar a cabo grandes objetivos. Sin embargo, el plan que Dios ideó para la salvación de la humanidad es mucho más grandioso que el programa diseñado por la NASA, o cualquier otro esquema humano, “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Is. 55:8,9).
 
¿Cuál es el eterno plan de Dios para la redención de la humanidad?
 
El plan de redención de Dios existió primero en propósito, “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor, en quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él” (Ef. 3:8-12).
 
Ese propósito estaba “escondido desde los siglos en Dios” (Ef. 3:9), de hecho, es un “propósito eterno” (Ef. 3:11). Dicho de otra manera, antes de que siquiera hubiese un hombre, una tierra, una luna, o un universo, Dios tuvo un plan para nuestra salvación.  
 
Dios creó todas las cosas y puso al primer hombre y a la primera mujer en el jardín del Edén para que lo guardaran (Gen. 2:15). Pero ellos pecaron y cayeron. Entonces, Dios se vio obligado a traer maldiciones sobre ellos (Gen. 3:7-24). Sin embargo, incluso con las maldiciones, la gracia se manifestó cuando Dios prometió un Salvador, “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gen. 3:15). Así, el eterno plan de Dios para la redención de la humanidad comenzó a desplegarse y entró en estado de promesa.  
 
Después de muchos siglos, Dios llamó a Abram en Ur de los caldeos, y le ordenó que dejara su tierra y su parentela, y le entregó a Abram una promesa de tres partes (Gen. 12:1-3,7).

El Señor prometió hacer de Abraham “una nación grande” (v.2), dar a sus descendientes la tierra de Canaán (v.7), y bendecir a través de él a “todas las familias de la tierra” (v.3).

Cuando los descendientes de Abraham, es decir, Israel, estaban en Egipto, Dios cumplió la primera parte de la promesa al convertirlos en “una nación grande, poderosa y numerosa” (Deut. 26:5).

Bajo el liderazgo de Josué, Israel recibió en plenitud la tierra de promisión (Jos. 21:43-45), pero la promesa espiritual permaneció incumplida.
 
Entonces el eterno plan de Dios para la redención de la humanidad entró en estado de profecía, mediante los profetas que anunciaron la salvación venidera. Por ejemplo, Isaías profetizó que vendría un Salvador (Is. 9:6-7), que se revelaría un camino de salvación (Is. 35:8,9) y que sería instituido el reino de paz (Is. 2:2,3). El Señor Jesús indicó que los profetas hablaron de él (Luc. 24:27,44).
 
Varios siglos después, Juan el Bautista vino predicando el arrepentimiento y bautizando en el desierto de Judea en cumplimiento de la profecía (Mar. 1:1-8). Así, el eterno plan de Dios para la redención de la humanidad entró en estado de preparación. Todas las cosas estaban listas. En efecto, después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios (Mar. 1:14-15).
 
Hasta los ángeles del cielo esperaban ansiosamente la revelación del eterno plan de Dios para la redención de la humanidad, “Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 Ped. 1:10-12).
 
El apóstol Pablo afirmó, “cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gal. 4:4). Jesús de Nazaret es el Cristo, el Salvador profetizado (cf. Luc. 1:30-33; 2:11). La salvación es sólo a través de Él (Hech. 4:10-12). Él es la plenitud del plan de Dios (Col. 1:19). Así, pues, el plan de Dios para la redención de la humanidad entró en la etapa de consumación (cf. Jn. 19:30).
 
Conclusión
 
En su infinita sabiduría, Dios usó de naciones para llevar al mundo a lo que Pablo llama “el cumplimiento del tiempo”.

Los romanos sirvieron al desarrollar un sentido de unidad de la humanidad bajo un sistema de ley universal y el establecimiento de la “Pax Romana”, mediante la cual los predicadores del evangelio podrían viajar a todas partes del Imperio por los caminos y vías del imperio.

Los griegos sirvieron al darle a la gente un idioma común, el griego koiné, por el cual podrían escuchar la predicación del evangelio.

Los judíos sirvieron exhibiendo el conocimiento del único Dios verdadero, manteniendo viva la esperanza del Mesías, proporcionando el Antiguo Testamento, y usando extensivamente la sinagoga como un lugar donde se podría predicar el evangelio.

Cuán gloriosa se muestra “la multiforme sabiduría de Dios” (Ef. 3:10).
 
Dios ha revelado un camino de salvación, Cristo Jesús (Jn. 14:6), y esta revelación es por el evangelio (Rom. 1:16). Dios estableció un reino de salvación y paz en Cristo (cf. Col. 1:13; 2 Tim. 2:10), el cual es manifestado en su cuerpo, es decir, la iglesia (Ef. 1:22,23; 5:23).

En Cristo Jesús, el Salvador del mundo, se cumple la promesa a Abraham: “En ti serán benditas todas las naciones” (Gal. 3:8,16). Ahora, todas las gentes pueden llegar a ser “linaje de Abraham… herederos según la promesa” (Gal. 3:26-29).