Amar no es consentir

 
Por Josué I. Hernández

 
Tres verbos griegos señalan la acción de “consentir”. Básicamente, el significado de “consentir” es “dejar, permitir” (“afiemi”; Mat. 3:15; 19:14), “votar en favor, estar de acuerdo con” (“sunkatatithemi”; Luc. 23:51), “aprobar totalmente” (“suneudokeo”; Hech. 8:1; Rom. 1:32).
 
Por otra parte, el “amor” de Jesucristo no es “consentir”. Hay cuatro palabras griegas para indicar el amor, y estas son: “eros”, “storge”, “phileo” y “agapao”.
  • EROS, es la palabra para la expresión sexual del amor. Esta palabra no se usa en las sagradas Escrituras, sin embargo, el deber de los cónyuges en este asunto se expresa mediante el eufemismo “cumpla… el deber conyugal” (1 Cor. 7:3-5). De “eros” tenemos nuestra palabra española “erótico”.
  • STORGE, es la palabra para el amor tierno, afectuoso, que existe entre los miembros de la familia. Es el amor de los parientes. Sin embargo, solo se indica la tragedia de su ausencia en dos pasajes del Nuevo Testamento, “sin afecto natural” (Rom. 1:31; 2 Tim. 3:3). Este pecado describe a los gentiles muertos en pecados y a los cristianos apóstatas. Vivir sin expresar el afecto natural es pecado.
  • PHILEO, es el amor asociado a la amistad, la camaradería. De esta palabra tenemos, por ejemplo, “filantropía” o, incluso, “Felipe”. En el Nuevo Testamento, “phileo” se une a otras palabras para formar nuevos vocablos, por ejemplo, se une con la palabra esposo e hijos (Tito 2:4), hombre (Tito 3:4) y hermano (Rom. 12:10). Es interesante el uso de la combinación de “phileo” y “storge” en Romanos 12:10, donde se traduce “afectuosos” (LBLA), “amándoos cordialmente” (JER).  
  • AGAPAO, es el amor desinteresado que ha de expresarse en el matrimonio, en la iglesia, y en la sociedad (Ef. 5:21-31; 1 Cor. 13:4-8; Mat. 5:43-48). Este amor es la disposición del corazón que busca el bien del ser amado. Este amor no es recíproco, ni depende de alguna cualidad en el ser amado para expresarse. Este es el amor con el que Dios amó al mundo para enviar a su santo Hijo (Jn. 3:16). Este es el amor de Jesucristo (Jn. 13:34,35).
 
Podemos apreciar la diferencia entre “amar” con el amor de Cristo, y “consentir”. Consentir es algo limitado, es la acción de aprobar, dejar, y permitir, nada más. En cambio, amar (“agapao”) como nos manda Dios, es la buena voluntad activa, desinteresada y abnegada, para buscar el bien del ser amado. Esta es la deuda principal del cristiano (Rom. 13:8), es la vestimenta del pueblo de Dios (Col. 3:14). El que ama no se queda de brazos cruzados consintiendo, tolerando (Gal. 6:1,2; 1 Tes. 5:14; 2 Tes. 3:6,14,15).
 
Un gobierno que consiente a sus ciudadanos no es un buen gobierno. Porque el gobierno debe imponer la ley, alabando al que hace el bien, castigando a los que hacen lo malo (Rom. 13:1-4). Sin embargo, muchos gobiernos miman a los delincuentes y someten al resto de la población a la inseguridad y el desorden. La idea general que enfatiza los “derechos humanos” de los delincuentes en detrimento de la población que sufre el ultraje y la violencia no puede llamarse “amor”. Una nación ordenada no es un grupo donde cada cual actúa a su gusto (cf. Jue. 17:6; 21:25).
 
Los padres que consienten a sus hijos no son buenos padres. Porque los padres deben criar a sus hijos en disciplina y amonestación del Señor (Ef. 6:4). No obstante, muchos padres no son buenos ejemplos, ni maestros, de sus hijos. La “familia” en la actualidad es un grupo que coexiste bajo el mismo techo, donde cada cual actúa a su gusto. La idea general que enfatiza los “derechos del niño” para que decidan su propio camino no puede llamarse “amor” (cf. Prov. 23:13; 29:15).
 
Una iglesia que consiente a sus miembros no es una buena iglesia. Porque los miembros deben exhortarse los unos a los otros (Heb. 3:13), amonestarse los unos a los otros (Rom. 15:14), preocuparse los unos por los otros (1 Cor. 12:25). La iglesia debe reprender “las obras infructuosas de las tinieblas” (Ef. 5:11) aborreciendo lo malo y siguiendo lo bueno (Rom. 12:9). Dejar tranquilo a cada cual, permitiendo que actúe a su gusto, sin amonestarle, ni corregirle, no puede llamarse “amor”.
 
 
No confundamos el consentir, o mimar, con el amor de Jesucristo (Jn. 13:34,35).