Sea Dios glorificado

 
Por Josué I. Hernández

 
Uno de los grandes temas de la Biblia es la gloria de Dios. Son demasiados los pasajes donde esto es enfatizado. Es más, la Biblia comienza indicando a Dios como digno de nuestra alabanza y adoración y concluye indicando lo mismo. Dios es digno de toda la gloria, y nosotros existimos para glorificar a Dios en cada faceta de nuestra vida.
 
El apóstol Pablo escribió, “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:20), “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Cor. 10:31). El apóstol Pedro escribió, “Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén” (1 Ped. 4:11). 
 
Muchos casos bíblicos y personajes históricos podríamos citar para ilustrar este punto. Enfoquémonos en José. Mientras él estaba en prisión interpretó los sueños de dos hombres, y luego interpretó dos sueños de Faraón. Cada uno de estos hombres pensaba que el poder provenía de José, sin embargo, José no buscaba gloria para sí mismo. Así, pues, dijo al copero y al panadero, “¿No son de Dios las interpretaciones?” (Gen. 40:8), y a Faraón respondió, “No está en mí; Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón” (Gen. 41:16).
 
Más tarde, cuando José llegó a ser la segunda persona más poderosa de Egipto, él continuó dando la gloria a Dios al nombrar a sus hijos. De Manasés, su primogénito, dijo, “Dios me hizo olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre” (Gen. 41:51), y de Efraín dijo, “Dios me hizo fructificar en la tierra de mi aflicción” (Gen. 41:52). 
 
La búsqueda de la gloria de Dios ha de gobernar las motivaciones, pensamientos, actitudes, acciones y cuerpos, de los ciudadanos del reino de los cielos, “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:16; cf. 1 Ped. 2:12).
 

¿Es Dios glorificado con mis mensajes de texto, mis publicaciones en las redes sociales, mi manera de vestir, de hablar y de vivir?