
Por Josué I. Hernández
Pero, ¿cómo llegó Sansón a involucrarse en semejante situación? Sansón “Descendió” (Jue. 14:1; cf. Ex. 34:16; Deut. 7:3) y despreció la amonestación de sus padres, por una filistea (cf. Jue. 14:3; Ex. 20:12), y despreció su voto de nazareo, por la miel (cf. Jue. 14:8,9; Num. 6:6-9), y se involucró con una ramera, por el placer del momento (Jue. 16:1), y sostuvo una relación de fornicación con la filistea Dalila (Jue. 16:4). Entonces, la constante presión de Dalila quebró la voluntad de Sansón.
En lugar de “huir” (1 Cor. 6:18; 2 Tim. 2:22), Sansón se acercó, y participó del pecado. Así, pues, lo perdió todo, la comunión con Dios, la vista, la dignidad, la fuerza, la libertad, y, finalmente, su vida (Jue. 16:21,25,30).
El pecado es engañoso, y sus deleites son temporales. El pecado engendra pecado (cf. 2 Tim. 2:16-18; 3:13). El pecado siempre lleva más allá de lo que alguno quisiera ir, y cobra más de lo que alguno quisiera pagar. El pecador no puede controlar al pecado, el pecado lo domina a él (cf. Rom. 6:16,17,20,22; 7:17,23,24). Nadie puede “pecar bien” o “pecar mejor” (Gal. 6:7). El pecador está atado (cf. 2 Tim. 2:26).