Descuidando la salvación


 
Por Josué I. Hernández

 
El autor a los hebreos preguntó, “¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” (Heb. 2:3).
 
Perder la salvación no requiere mucho esfuerzo. No tendríamos que desafiar abiertamente a Dios, ni oponernos activamente a él. No tendríamos que salir a destruir edificios de iglesias, ni a quemar Biblias. No tendríamos que ser los culpables de los más atroces pecados que alguno pudiese imaginar o mencionar. De hecho, no tenemos que hacer mucho para perder la salvación. Basta con descuidarla, y así, la perderemos.
 
Esto no es sorprendente, si lo meditamos con cuidado: La salvación la podemos perder si la descuidamos. Piénselo detenidamente, ¿qué podríamos lograr descuidando nuestra salvación?
 
No podemos ser buenos atletas descuidando los deportes. No podemos ser buenos administradores descuidando nuestro dinero. Ni siquiera podemos tener una casa limpia si la descuidamos. A pesar de algo tan evidente, no son pocos los que parecen tener la extraña idea de que se puede ser cristiano creyendo algo de Cristo y obedeciendo algo de su palabra.
 
Las exhortaciones en el libro Hebreos nos motivan al necesario cuidado de nuestra salvación. Por ejemplo, el autor a los hebreos nos aconseja a prestar mucha, pero mucha, atención a lo que hemos oído (Heb. 2:1), a considerar a Cristo (Heb. 3:1), a mantenernos firmes (Heb. 3:14), a temer a Dios (Heb. 4:1), a ser diligentes (Heb. 4:11), a progresar a la madurez (Heb. 6:1), a no abandonar las reuniones de la iglesia (Heb. 10:25), a no retroceder (Heb. 10:39), a vivir por fe (Heb. 11:1-40), a despojarnos del pecado (Heb. 12:1), a correr con paciencia (Heb. 12:1), a salir a Cristo llevando su vituperio (Heb. 13:13).