¿Por qué tus discípulos no ayunan?

 


Por Josué I. Hernández

 
Evidentemente, el ayuno era una práctica regular de los judíos en el tiempo de Jesús. Esto era parte de la justicia que enseñaban al pueblo los escribas y fariseos (cf. Mat. 5:20; 6:16). En cierta ocasión Jesús describió a un fariseo jactándose de que ayunaba dos veces por semana (Luc. 18:12). Fuentes no bíblicas confirman lo anterior. En fin, no es extraño que surgieran preguntas cuando Jesucristo y sus discípulos rompieron con esta tradición generalizada.
 
“Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?” (Mat. 9:14).
 
Jesús respondió, “¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán” (Mat. 9:15).
 
Hay dos cosas evidentes en el Nuevo Testamento respecto al ayuno, y es necesario tenerlas siempre presentes. Veamos.
 
En primer lugar, Jesús relacionó el ayuno con circunstancias específicas, en lugar de requerirlo como una práctica rutinaria. Seguramente, una boda no es un buen momento para ayunar, y Jesús comparó su estancia en la tierra con semejante ocasión para sus discípulos. Más tarde, cuando Jesús ya no estuviese físicamente con ellos, habría oportunidad adecuada para ayunar.
 
El ayuno como producto de las circunstancias es consistente con los ejemplos bíblicos que ilustran esta verdad. El ayuno fue apropiado en momentos de dolor, o en momentos de dedicación especial a una actividad espiritual. La ley de Moisés prescribió solo un día para el ayuno nacional, el día de la expiación (cf. Lev. 23:27). Con el tiempo surgieron otros ayunos regulares. En cierta oportunidad Dios planteó la pregunta de si el pueblo ayunaba por él o por sí mismos (Zac. 7:1-7).
 
En segundo lugar, hay una considerable ausencia de instrucciones respecto al ayuno en el Nuevo Testamento. No hay instrucciones respecto a su frecuencia, mucho menos respecto a su duración. Sencillamente, no tenemos declaraciones, mandamientos o implicaciones, aunque reconocemos que tenemos ejemplos (ej. Hech. 13:2; 14:23).
 
Jesús enseño que el ayuno es una decisión personal, que no podría imponerse sino sobre sí mismo (cf. 1 Tim. 4:3). Además, el ayuno no puede ser observado como medio de promoción personal o exhibición de alguna espiritualidad superior (Mat. 6:16-18).
 
¿Será verdad que el ayuno nos fortalece contra las tentaciones? No pocos dirán que sí, pero el Nuevo Testamento advierte en palabras del apóstol Pablo:
 
“Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne” (Col. 2:20-23).
 
El ayuno es apropiado como consecuencia natural del dolor o por la inmersión en actividades espirituales que requieren diligencia y especial atención. Es un error observar el ayuno, aunque sea de forma independiente, como medio de fortalecimiento espiritual o como medio de obtención de alguna gracia divina particular.