El profeta Malaquías dijo, “He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes
que venga el día de Jehová, grande y terrible. El hará volver el corazón
de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no
sea que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Mal. 4:5,6). Los escribas judíos tomaron esta profecía como una referencia al profeta Elías
mismo. Por lo tanto, la aparición de Elías en el monte de la transfiguración (Mat.
17:3; Mar. 9:4; Luc. 9:30,31) impulsó a los discípulos a preguntar sobre la
predicción de Malaquías, a lo cual Jesús respondió, “Mas os digo que Elías
ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron;
así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos” (Mat. 17:12; cf. Mar.
9:13). La profecía se refería a Juan el bautista (Mat. 17:13), quien vino, en
palabras de Gabriel, “con el espíritu y el poder de Elías” (Luc. 1:17).
En otra oportunidad, Jesucristo dijo de Juan, “Porque todos los profetas y
la ley profetizaron hasta Juan. Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías
que había de venir” (Mat. 11:13,14). Como fue el caso de Elías en la antigüedad, la obra de Juan fue la
restauración. Por lo tanto, Malaquías predijo, “El hará volver el corazón de
los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea
que yo venga y hiera la tierra con maldición” (Mal. 4:6). Los padres de
este texto no son los padres de familia. Es decir, Juan no hablaba solamente de
construir mejores familias y restaurar relaciones domésticas. Juan hablaba de
los padres de la nación (cf. Luc. 1:17,55). Los judíos, a menudo, se referían a
los patriarcas, y antepasados de la nación, como sus padres (ej. Hech. 3:13). El
esfuerzo de Juan era lograr que los judíos de los días de Jesús tuvieran la
misma fe y devoción a Dios que manifestaron los “patriarcas”. Ser hijos biológicos de Abraham no era suficiente (cf. Mat. 3:8,9; Rom.
2:28,29), necesitaban su fe y sus obras. Solamente de esta manera podrían ser
verdaderos hijos de Abraham y disfrutar de las bendiciones de esta condición
(cf. Jn. 8:39,56; Gal. 3:9,29). Lamentablemente, la mayoría no entendió el
punto. ¿Lo entendemos nosotros? ¿Somos hijos de Abraham (cf. Rom. 4:12)?