Se ha dicho que “no es necesario saber quién
era Juan Calvino para difundir sus doctrinas”. Hay razón en esto porque el
calvinismo, o teología reformada, ha leudado la mentalidad de tantos, que las expresiones
calvinistas son frecuentes. Tanto así que, si no estamos bien educados con las
sanas palabras del Señor Jesucristo, podemos usar expresiones calvinistas sin
percatarnos de ello. Cada vez que alguno afirma: “siento que Dios me
está guiando en esto”, o declara: “creo que el Espíritu Santo me mueve a
predicar esto”, estamos oyendo expresiones calvinistas. Lo mismo sucede cuando
alguno ora por el predicador: “que tu Santo Espíritu esté con él”, o “que le
sean dadas las palabras adecuadas”. En casos como estos, podemos observar a
quienes han sido afectados por las ideas calvinistas sobre la obra del Espíritu
Santo en nuestra salvación y servicio a Dios. Muchos de los estudiantes de la Biblia que afirman
creer en la suficiencia de las sagradas Escrituras también buscan alguna
revelación directa y personal del Espíritu Santo en sus corazones, alguna ayuda
directa para interpretar y predicar el mensaje de la Biblia, o alguna emoción
que les convenza de que están haciendo lo correcto. Luego, en lugar de vivir
por fe, convicción, y confianza, en la revelación de Dios en su palabra (cf. Rom.
10:17; 2 Cor. 5:7; Heb. 11:1,6), viven por ideas y sensaciones que distraen sus
mentes del mensaje de la Biblia (2 Tim. 3:16,17); entonces, la convicción es
desplazada por las emociones y sensaciones. En semejante escenario, el mensaje
de Dios revelado objetivamente, y por escrito, es rechazado por diversas apelaciones
subjetivas, y dejamos el necesario “escrito está” (cf. Mat. 4:4,7,10). La Biblia nos enseña que debemos ser guiados
por el Espíritu Santo (Rom. 8:14), y también revela que hay una “ley del
Espíritu” que obedecer (Rom. 8:2). En otras palabras, somos responsables de
ser llenos del Espíritu Santo (Ef. 5:18) y de andar en el Espíritu (Gal.
5:16,25), siguiendo su guía (Gal. 5:18). Pero, esta guía no es subjetiva y
milagrosa, sino objetiva y general, puesta por escrito para todos nosotros.
El Espíritu Santo y los apóstoles
El Espíritu Santo enseñaría todas las cosas, y
recordaría todo lo que Cristo dijo, a los apóstoles (Jn. 14:25,26). Así, pues,
los apóstoles de Cristo fueron guiados a “toda la verdad” (Jn. 16:13).
Esta obra del Espíritu en los apóstoles fue realizada desde el día de
Pentecostés (cf. Hech. 1:5-8). Esta promesa de Cristo no fue dada a todos los
discípulos, el Señor mismo la limitó a sus apóstoles. Debido a lo anterior, el apóstol Pablo atribuyó
la fuente de la verdad que predicaba al Espíritu Santo (cf. 1 Cor. 2:6-13), y escribiendo
a los corintios declaró: “Porque yo recibí del Señor lo que también os he
enseñado… Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os
escribo son mandamientos del Señor” (1 Cor. 11:23; 14:37). A los gálatas
escribió: “Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí,
no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino
por revelación de Jesucristo” (Gal. 1:11,12). Los apóstoles recibieron las palabras que debían
predicar, y la forma en que debían expresarlas (cf. Mat. 10:19,20; Mar. 13:11; Luc.
21:14,15; Ef. 6:18-20). En cambio, nosotros debemos estudiar y aprender el
mensaje de Dios en la Biblia para obedecerlo y luego predicarlo, “leyendo lo
cual podéis entender” (Ef. 3:4). Mientras los apóstoles no debían preocuparse
por cómo o qué hablarían, porque el Espíritu Santo hablaba en ellos (Mat.
10:19,20), nosotros debemos prepararnos por cómo y qué hablaremos al momento de
predicar (2 Tim. 2:15; 1 Ped. 4:11). Mientras los apóstoles hablarían lo que
les fuere dado en aquella hora (Mar. 13:11), nosotros debemos preparar nuestro
sermón apegados a la revelación escrita en la Biblia. Esto requiere estudio y
preparación diligente. A nosotros nos toca pensar antes, porque no nos será
dada palabra directa y milagrosamente como a los apóstoles (cf. Luc. 21:14,15).
Es bueno orar para que los predicadores prediquen con sabiduría y denuedo, pero
ningún predicador de la actualidad recibirá alguna revelación directa al abrir
su boca (cf. Ef. 6:19). Los apóstoles fueron capacitados como testigos
eficientes (cf. Mar. 16:20; Hech. 1:8; 2 Cor. 12:12), y el cumplimiento de esta
promesa maravillaba a los auditores (cf. Hech. 4:13; 1 Cor. 2:12,13). Luego, otros
hombres, sobre los cuales los apóstoles impusieron sus manos, fueron
capacitados con dones del Espíritu Santo (cf. Hech. 8:18; 19:6; 2 Tim. 1:6),
entre estos dones estaba la profecía (cf. 1 Cor. 12:8-11; 14:5; Ef. 4:11). De
esta manera, la iglesia de Cristo fue edificada, “sobre el fundamento de los
apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”
(Ef. 2:20).
El Espíritu Santo y nosotros
El Espíritu Santo no produce en nosotros alguna
sensación estimulante, alguna pista, algún empujón sensacional, alguna emoción
iluminadora. El Espíritu Santo no nos guía por corazonadas, ni por alguna voz
en nuestro corazón. El Espíritu Santo nos guía por medio de su palabra, “la
palabra de Dios que vive y permanece para siempre” (1 Ped. 1:23), “la
espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef. 6:17), “ley del
Espíritu de vida en Cristo Jesús” (Rom. 8:2). Nos corresponde hablar conforme a las palabras
de Dios (1 Ped. 4:11), sin pensar más allá de lo que está escrito (1 Cor. 4:6).
Debemos tener libro, capítulo y versículo, para todo lo que creemos, hablamos y
hacemos, es decir, un “escrito está” que fundamente nuestras convicciones,
palabras y acciones: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho,
hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio
de él” (Col. 3:17). Así como un cirujano interviene en el corazón con
un bisturí, el Espíritu Santo obra en el corazón espiritual con su espada, “la
espada del Espíritu, que es la palabra de Dios” (Ef. 6:17; Heb. 4:12), esta
es “la ley del Espíritu” (Rom. 8:2), la palabra del evangelio (1 Cor.
2:6-13; 1 Ped. 1:12,23,25).