Recibiendo al Espíritu Santo



Por Josué I. Hernández

 
Dios prometió por boca de Joel su profeta: “derramaré mi Espíritu sobre toda carne” (Jl. 2:28). En el día de Pentecostés de Hechos 2 el apóstol Pedro dijo que esta promesa se cumplió ante los ojos del auditorio que oía el evangelio de Jesucristo (Hech. 2:17).
 
El Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles (Hech. 2:1-4) para cumplir las promesas que Cristo había hecho a ellos. Estas promesas no fueron generales, para todos los cristianos, sin exclusivamente dirigidas a los apóstoles. El Señor les había dicho que recibirían “poder” (Hech. 1:8), y prometió que el Espíritu Santo los guiaría a toda la verdad (Jn. 16:13), les enseñaría todas las cosas (Jn. 14:26) y les recordaría todo lo que él les había dicho (Jn. 14:26). Entonces, cuando los apóstoles predicaron, aquellas palabras eran del Espíritu Santo (cf. Mt. 10:20; Mar. 13:11; Luc. 12:12).
 
Cuando el Espíritu Santo descendió sobre Cornelio y su familia el propósito fue diferente (Hech. 10:44,45), Dios intervino para enseñar y convencer que los gentiles también serían recibidos en la familia de Dios sin necesidad de judaizar (Hech. 11:15-18; 15:7-11). Luego, cuando el Espíritu Santo otorgó algún don (cf. 1 Cor. 12:7-11), lo hizo por la imposición de las manos de los apóstoles (cf. Hech. 8:18; 19:6; 2 Tim. 1:6).
 
Sin embargo, la Biblia también enseña que el Espíritu Santo sería dado a todos los verdaderos creyentes, “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Jn. 7:38,39). Los verdaderos creyentes son los que obedecen al evangelio (Hech. 5:32). Debido a todo esto, Pablo amonestó a los corintios para que ejercieran dominio propio, “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Cor. 6:19).
 
El espíritu y la mentalidad
 
En las sagradas Escrituras, la palabra “espíritu” a veces se usa para indicar “actitud” y “mentalidad”. Es decir, cuando en determinados pasajes leemos de “espíritu” se indica la “actitud” y la “mentalidad” de una persona.
 
Juan el bautista vendría “con el espíritu y el poder de Elías” (Luc. 1:17). Siglos antes, de Eliseo se dijo: “El espíritu de Elías reposó sobre Eliseo” (2 Rey. 2:15). Estos pasajes no tratan de alguna reencarnación, sino de compartir la actitud y la mentalidad, los valores distintivos y el propósito, de Elías. De una manera similar solemos hablar de algún “espíritu patriótico”.
 
La Biblia revela claramente que todos los pensamientos y actitudes se originan en un espíritu, ya sea el Espíritu Santo o el espíritu de algún ser creado, por ejemplo, un falso maestro. Entonces, al creer o aceptar alguna doctrina, se está creyendo a un espíritu que la enseña.
 
El apóstol Juan advirtió: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn. 4:1). La advertencia de Juan no enfoca alguna posesión. Juan advierte sobre un mensaje enseñado por un espíritu de error, un falso profeta. Juan explicó: “En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Jn. 4:2,3; cf. 1 Cor. 12:3).
 
Cuando Jacobo y Juan quisieron hacer descender fuego del cielo que consumiera a los samaritanos, Jesús les dijo: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois” (Luc. 9:55). La actitud que ellos manifestaron no concordaba con el Espíritu Santo conforme al cual debían vivir. Su actitud concordaba con “el espíritu del mundo” (1 Cor. 2:12), “el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia” (Ef. 2:2). Por el contrario, los santos de Dios andan en “el mismo espíritu” (2 Cor. 12:18; 4:13), mientras que los impíos andan conforme a “otro espíritu” (2 Cor. 11:4).  
 
Las palabras y el espíritu
 
La Biblia enseña una conexión entre las palabras y el espíritu que las produjo. Entonces, el espíritu es la fuente del mensaje expresado en palabras. En consecuencia, cuando permitimos que determinadas palabras influyan en nuestro corazón (mente), estamos permitiendo que un espíritu influya en nosotros. Nuevamente, esto sucede tanto con los espíritus creados como con el Espíritu Santo. En otras palabras, podemos permitir que el espíritu de un falso maestro influya en nosotros cuando recibimos su mensaje (palabras), así también, podemos permitir que el Espíritu Santo influya en nosotros con su mensaje, el evangelio.
 
La sabiduría de Dios, personificada como una mujer, promete derramar de su “espíritu” para que conozcamos sus “palabras” (Prov. 1:23). De la misma manera, se conecta el poder del “Espíritu de Jehová” con las “palabras” que pronunciaba Miqueas (Miq. 2:7). Estas palabras harían “bien al que camina rectamente”. La misma conexión notamos entre el Espíritu de Dios sobre Isaías y las palabras de Dios pronunciadas por Isaías (cf. Is. 59:21; 61:1). Isaías es llamado la boca de Dios (Is. 30:2; cf. Ex. 7:1; 4:16).
 
El Espíritu Santo obra en nosotros mediante palabras, las palabras que él reveló (cf. 1 Cor. 2:6-16). Por esta razón, la Biblia nos enseña que el Espíritu Santo es “el Espíritu de verdad” (Jn. 14:17; 15:26) y “el Espíritu es la verdad” (1 Jn. 5:6). Sencillamente, la verdad tiene al Espíritu Santo como fuente.
 
Debido a las razones antes mencionadas, el apóstol Pablo enlaza las palabras que producen fe con recibir al Espíritu Santo que reveló tales palabras, “Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gal. 3:2). Entonces, aprendemos que la morada del Espíritu en el cristiano, es decir, recibir al Espíritu, depende de recibir el mensaje del Espíritu.
 
Jesucristo dijo que la morada de Dios en nosotros depende de la obediencia a su palabra: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Jn. 14:23). Lo mismo enseñó el apóstol Juan: “Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios, y Dios en él” (1 Jn. 3:24). No es extraño, por lo tanto, que Pablo declarase: “para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Ef. 3:17).
 
Conclusión
 
La morada de Dios en nosotros es una decisión personal. Podemos ser “llenos del Espíritu” (Ef. 5:18) andando en el Espíritu (Gal. 5:16,25) cuando seguimos “la ley del Espíritu” (Rom. 8:2).

El Espíritu Santo bendice con palabras refrescantes (Jn. 7:38,39) a los que obedecen al evangelio (Hech. 5:32). Estos son los “tiempos de refrigerio” (Hech. 3:19).