El Espíritu Santo y nuestra conciencia



Por Josué I. Hernández

 
Son tan comunes las afirmaciones sobre alguna guía directa y sobrenatural del Espíritu Santo, que ya no es sorpresa oír testimonios sobre supuestas revelaciones que suelen contradecir la revelación del Espíritu Santo en la Biblia. El problema de fondo son las convicciones erradas y un mal funcionamiento de la conciencia.
 
La conciencia
 
Hemos sido dotados por Dios con una conciencia, “aquel proceso de pensamiento que distingue lo que considera moralmente bueno o malo, alabando lo bueno, condenando lo malo, y así impulsando a hacer lo primero, y a evitar lo último” (Vine).
 
Nuestra conciencia está diseñada para ayudarnos a hacer lo bueno. Pero, el funcionamiento de nuestra conciencia depende de nosotros. Un reloj está diseñado para marcar la hora, pero debemos ajustarlo a la zona horaria para que marque la hora correctamente.
 
Si nuestra conciencia está bien informada, condenará lo malo y nos impulsará hacia lo bueno, y en semejante caso tendremos una conciencia que nos ayuda a complacer al Señor (cf. 1 Tim. 1:5,19; Col. 1:10). En fin, debemos permitir que nuestra conciencia sea educada por la palabra de Dios (cf. Jn. 8:32; 17:17; 2 Tim. 3:16,17).
 
Si hemos instruido a nuestra conciencia con la palabra de Cristo (Col. 3:16), nuestra conciencia nos recordará lo que hemos aprendido “conforme a la verdad que está en Jesús” (Ef. 4:20,21), y las emociones que experimentemos nunca contradecirán “la palabra de verdad” (cf. Ef. 1:13; Sant. 1:18).
 
Las emociones
 
Hemos sido dotados con la capacidad de emocionarnos, y podemos experimentar cosas como el amor (Gen. 24:67), la alegría (2 Cor. 9:7), la tristeza (2 Cor. 7:10), etc. Sin embargo, aunque nuestras emociones tienen su espacio, Dios también nos ha creado con la capacidad de razonar y comprender (cf. Is. 1:18; Rom. 1:20; Heb. 11:3; 2 Ped. 3:16).
 
Es normal que manifestemos alguna respuesta emocional cuando adquirimos conocimiento de la verdad. Los judíos en Pentecostés se conmovieron profundamente por la culpa (Hech. 2:36), el etíope se regocijó luego de obedecer al evangelio (Hech. 8:39), el carcelero se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios (Hech. 16:34), mientras que Félix se atemorizó al entender sobre la justicia, el dominio propio y el juicio venidero (Hech. 24:25). La Biblia testifica elocuentemente de reacciones emocionales frente a la predicación del evangelio. No obstante, aunque la emoción puede entusiasmarnos y motivarnos, la emoción es insuficiente para establecer la verdad y agradar a Dios. Es más, las emociones pueden dirigirnos por mal camino (cf. Gen. 4:5; 37:4; Mat. 15:12; 27:4,5).
 
Las emociones sin dirección son como un carro que marcha a toda velocidad, y con el estanque lleno, pero sin control ni frenos.
 
El celo y el entusiasmo no pueden reemplazar a la obediencia (cf. Mat. 7:21-23; Rom. 10:1,2; Os. 4:6). El Señor Jesucristo es Salvador de los obedientes (Heb. 5:9). Por lo tanto, no debemos confundirnos por emociones que nos disuaden de obedecer al evangelio (Rom. 10:16; 2 Tes. 1:8).
 
Conclusión
 
El Espíritu Santo ha revelado la voluntad de Dios en palabras que podemos entender, y ha escogido el lenguaje escrito como el medio definitivo a través del cual todas las naciones puedan acceder a la salvación.
 
Hemos sido creados con una conciencia que nos motiva y dirige, que nos impulsa con celo y emociones, pero que requiere la información del evangelio para funcionar bien, como un reloj que necesita ser ajustado para marcar correctamente la hora.  
 
Pablo dijo que leyendo lo que él escribió podemos entender lo mismo que él entendía, “leyendo lo cual podéis entender” (Ef. 3:4). Entonces, cuando somos “entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Ef. 5:17) llegamos a ser “llenos del Espíritu” (Ef. 5:18). Esta es la manera en que los cristianos son guiados por el Espíritu Santo (cf. Rom. 8:2,14). Semejante estado de conciencia, o estado mental, es una bendición (cf. 1 Tim. 3:9).