Las sagradas Escrituras enseñan claramente que
el Espíritu Santo obra y mora en los cristianos a través de su palabra escrita
(cf. Rom. 8:2,14; Ef. 3:3-5; 3:16; 4:12-16; 5:17,18; 6:17; 1 Tes. 2:12,13). No
hay otro medio que use el Espíritu Santo para transformar corazones y vidas
(cf. 2 Tim. 3:16,17; Heb. 4:12; 2 Ped. 1:21). Algunos afirman que estamos limitando el poder
de Dios. Sin embargo, es Dios quien ha elegido influir en nosotros mediante su
palabra escrita para que ejerzamos el libre albedrío que él mismo nos dio. Esto
no niega el poder de Dios. Por el contrario, aceptamos que Dios usó su poder
soberano para revelar su palabra de manera tal que podamos entenderle y
obedecerle (cf. Ef. 3:4; 1 Tes. 2:11-13). Sencillamente, nos contentamos con el
plan de Dios y agradecemos su guía y obra mediante su palabra (cf. Is. 55:10,11;
2 Tim. 3:16,17). Algunos afirman que no podemos ser fuertes sin
la morada literal del Espíritu Santo. Sin embargo, esta afirmación no es más
que eso, una afirmación, la cual se fundamenta en la noción básica del
calvinismo de alguna naturaleza pecaminosa inherente en el ser humano,
naturaleza que, supuestamente, impide tener verdadera fe y amor por Dios y su
palabra. No obstante, la palabra de Dios es clara al responsabilizarnos de
nuestra parte en la salvación (cf. Hech. 2:40; Fil. 2:12; Heb. 5:9). La Biblia
enseña que podemos, y debemos, colaborar con Dios para nuestra salvación (cf. Heb.
11:7; 1 Ped. 1:5; Jud. 1:21). Algunos afirman que recibimos el don del
Espíritu Santo cuando somos bautizados, y citan Hechos 2:38. Pero, el pasaje no
promete alguna manifestación sobrenatural en la vida de los cristianos. El
apóstol Pedro no prometió alguna guía sobrenatural aparte del evangelio. El
“don del Espíritu Santo” es el regalo que el Espíritu Santo entrega a los que
se arrepienten y se bautizan para el perdón de sus pecados. No es el Espíritu
Santo como don, sino el don que el Espíritu Santo da a los obedientes.
Recuérdese que el punto principal de Pedro fue explicar la manera en que
podemos invocar el nombre del Señor para ser salvos (Hech. 2:21). Entonces, el
don del Espíritu Santo son las bendiciones del nuevo pacto de Jesucristo, el
Mesías profetizado (Hech. 2:22-36). Una comparación entre Hechos 2:38 y Hechos
3:19 nos permite entender que arrepentirse y bautizarse (Hech. 2:38), equivale
a arrepentirse y convertirse (Hech. 3:19). Luego, entendemos que “el don del
Espíritu Santo” (Hech. 2:38), equivale a los “tiempos de refrigerio”
(Hech. 3:19).
Conclusión
El Espíritu Santo guio a los apóstoles a toda
la verdad (Jn. 16:13), incluyendo la predicación escrita de ellos (cf. Jn.
20:30,31; Ef. 3:3-5). Nosotros tenemos la guía completa y suficiente del Espíritu
Santo en la Biblia, mediante la cual el Espíritu mora en nosotros. Podemos ser llenos del Espíritu Santo (Ef.
5:18) cuando somos entendidos de su revelación (Ef. 5:17). Somos fortalecidos por
el Espíritu en el hombre interior (Ef. 3:16) y progresamos a la medida de la
estatura de la plenitud de Cristo (Ef. 4:13) cuando andamos en la verdad que el
Espíritu Santo reveló (Ef. 4:15; Jn. 14:26; 15:26).