“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador
entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5).
Un mediador se sitúa entre dos partes,
sirviendo como intermediario, ya sea entre hombres que requieren su mediación o
entre la humanidad y Dios. En 1 Timoteo 2:5 Pablo describe la
cualificación del Señor Jesucristo para ejercer eficazmente su rol como
mediador. Él se hizo hombre siendo divino, y puede comprender las exigencias de
Dios mientras simpatiza con el hombre que debe cumplirlas. No hay otro como él. Nuestro Señor Jesucristo es el mediador del
nuevo pacto debido a su obra sacerdotal, estableciendo la paz entre Dios y el
hombre por los medios y condiciones del nuevo pacto (Heb. 8:6; 9:15; 12:24). Toda la obra de Jesucristo, que está relacionada
con la redención humana, es su obra mediadora, porque la consumó como mediador
divino-humano con miras a nuestra redención. El apóstol Pablo nos recuerda el papel de
Cristo como mediador en la redención, mencionando el más profundo anhelo de
Dios, de que todos los hombres sean salvos (1 Tim. 2:4) y el rescate de Cristo
por todos (v.6). Es interesante notar que hay un solo Dios, un
solo mediador, y un solo rescate, para la humanidad (1 Tim. 2:4-6). Entonces, no
hay otro nombre por el cual podamos ser salvos (Hech. 4:12), Jesucristo es
único, el único con la capacidad en su rol como mediador. Mientras reconocemos la obra de varones como Abraham
y Moisés, quienes actuaron como mediadores al interponerse entre dos partes
para resolver un problema, la obra de ellos fue limitada, ninguno pudo
acercarse a la obra de Cristo para la redención humana. De la misma manera,
podemos observar personajes de la historia bíblica que actuaron como
libertadores, sin embargo, su obra no logró el alcance de la obra de Cristo. Solo
Cristo puede ofrecernos libertad espiritual de nuestros pecados como nuestro
Salvador y Señor. Me gusta reconocer que los mediadores y
salvadores del Antiguo Testamento sirvieron como figuras o tipos de Cristo,
quien proveería para todas nuestras necesidades espirituales cumpliendo la
tipología de la profecía del Antiguo Testamento (cf. Mat. 5:17; Luc. 24:25,44;
Hech. 3:24).