La iglesia perfecta



Por Josué I. Hernández

 
La iglesia perfecta tiene el tamaño perfecto, ni muy grande ni muy pequeña. Tiene una armonía perfecta, es decir, todos sus miembros son buenos amigos que comparten actividades diarias y que siempre se llevan bien. Ninguno está en desacuerdo, no hay ofensas, ni señales de inmadurez espiritual. Todos son maduros, incluso los nuevos cristianos.
 
La iglesia perfecta está compuesta de obreros perfectos. Cada miembro es un ejemplo perfecto, siempre ocupado, siempre alentando, siempre visitando, siempre orando. Cada uno en su puesto, haciendo lo que debe, funcionando perfectamente como miembro. El resultado: La armonía perfecta.
 
La iglesia perfecta tiene líderes perfectos. Los ancianos están perfectamente capacitados en cada punto, son maestros perfectos, nunca se les escapa un detalle siquiera, gestionan impecablemente; y los diáconos son modelos de excelencia, perfectamente eficientes.
 
En cuanto al predicador, también es perfecto, y cada sermón es una excelencia, un éxito rotundo. Tiene la edad justa, y la familia perfecta. No comete errores, y es profundo, sencillo, entretenido y práctico.
 
La iglesia perfecta tiene cultos perfectos, asistencia perfecta, cantos animados, oraciones elocuentes, que dejan recuerdos conmovedores. Hay una profunda reverencia, pero todos están entusiasmados. Nunca hay distracciones. Los bebés no lloran, los niños nunca van al baño, nadie entra y sale. Cada visitante es recibido con aprecio y siempre quieren regresar.
 
La iglesia perfecta tiene el edificio perfecto, y nunca sufren cortes de electricidad. El edificio es bonito, pero no es extravagante. Su ubicación no podría ser mejor, no recibe mucho sol, ni mucha sombra, y su temperatura es ideal. Todos pueden llegar con facilidad, sin importar la zona donde vivan. ¿Y el estacionamiento? Es amplio, de ensueño, perfecto.
 
¿Dónde?
 
Una iglesia correspondiente al cuadro anterior no existe. Piénselo detenidamente. La iglesia de Jerusalén, con tantas buenas cualidades, tuvo un par de mentirosos que pasaron a la historia (Hech. 5:1-11), y en cierta ocasión, sufrió por la queja y la murmuración (Hech. 6:1). La iglesia de Antioquía de Siria fue una iglesia excelente, pero algunos de sus miembros exhibieron prejuicios raciales (Gal. 2:11-13). ¿Y las iglesias de Galacia? Se apartaron de Cristo para seguir un evangelio diferente (Gal. 1:6-8). ¿Filipos? Entre ellos hubo dos hermanas que no se soportaban (Fil. 4:2). ¿Tesalónica? Algunos de sus miembros eran perezosos y necesitaban disciplina (2 Tes. 3:6). ¿Corinto? No hemos sabido de una iglesia más imperfecta, y puede leer el libro 1 Corintios para formar su propia opinión. ¿Éfeso? Abandonaron su primer amor (Apoc. 2:4). Varias iglesias fueron amonestadas porque transigieron, dejaron de velar, fueron tibias, o estaban al punto de perder su posición ante Cristo (Apoc. 2-3).
 
Si en la era apostólica las iglesias tuvieron que lidiar con varios problemas, y no hubo alguna iglesia local perfecta, ¿debería sorprendernos que no exista alguna iglesia perfecta hoy? La iglesia local está formada por diversos miembros, antiguos en la fe y nuevos en la fe, con mayor comprensión y con menor comprensión, con madurez e inmadurez, con experiencia en muchas pruebas y que están lidiando con algunas pruebas, y que deben coordinarse para funcionar conforme al ideal divino. ¿Entiende a lo que me refiero?
 
¿Cuál es el punto?
 
El objetivo de esta reflexión no es que ignoremos el pecado, ni minimicemos los problemas que se deben corregir (Ef. 5:11). El Nuevo Testamento nos enseña que el Señor Jesucristo y sus apóstoles corrigieron sin ignorar el pecado. La ley de Cristo exige que restauremos a los que han caído en alguna falta (Gal. 6:1) sobrellevando los unos las cargas de los otros (Gal. 6:2).
 
No busque una iglesia perfecta. Nadie admitiría que lo está haciendo. Pero algunos suelen irse a otra congregación a la primera señal de problemas. Si bien es cierto que habrá ocasiones en que el cambio de membresía es necesario, es interesante saber que no hay ejemplo en el Nuevo Testamento de algún cristiano que cambio su membresía por estar insatisfecho con el primer problema que encontró.
 
No intente rediseñar la iglesia. Un cuerpo de ancianos deficiente, o un cuerpo de varones negligentes, no justifica la regla de la mayoría, ni otras alternativas. La iglesia local no es una democracia. Los sermones “aburridos” no justifican cambiar el mensaje, y muchas veces el problema no es el sermón sino son los oyentes aburridos con la verdad. Las reuniones que parecen ineficaces no justifican una renovación que incluya aplausos, grupos de cantos, celebraciones de cumpleaños, día de la madre, y diversas recreaciones para la iglesia. Recuerde que la iglesia está perfectamente diseñada, ¡Dios es su autor! El problema no es el diseño, sino la ejecución.
 
Sea paciente. No todos crecen al mismo ritmo, no todos son capaces de las mismas cosas, ni abordan el trabajo reaccionando de la misma forma (Col. 3:12,13).
 
No busque excusas. Las faltas de unos no excusan las faltas de otros. Afirmar “Nadie es perfecto” no invalida el estándar de nuestro Señor Jesucristo. Cada uno debe corregirse. Cada uno debe esforzarse. Cada uno debe volverse a la imagen de Cristo (cf. Rom. 8:29; 2 Cor. 3:18). Haga todo lo que pueda para que la iglesia ande mejor.
 
Jesús es el Salvador. La iglesia local no tiene poder salvador, y la membresía en ella no nos asegura la membresía en la iglesia universal. Jesucristo es el Salvador de los obedientes (Heb. 5:9), ellos son su iglesia universal (Ef. 5:23). Asegurémonos de amonestar, animar y sostener con paciencia (1 Tes. 5:14), sin cansarnos de hacer el bien (2 Tes. 3:13; cf. Gal. 6:10), y si ha llegado el momento de disciplinar a los rebeldes, no dudemos, porque la disciplina es un acto de amor (1 Cor. 5:5,13).