La iglesia perfecta tiene el tamaño perfecto,
ni muy grande ni muy pequeña. Tiene una armonía perfecta, es decir, todos sus
miembros son buenos amigos que comparten actividades diarias y que siempre se
llevan bien. Ninguno está en desacuerdo, no hay ofensas, ni señales de
inmadurez espiritual. Todos son maduros, incluso los nuevos cristianos. La iglesia perfecta está compuesta de obreros
perfectos. Cada miembro es un ejemplo perfecto, siempre ocupado, siempre
alentando, siempre visitando, siempre orando. Cada uno en su puesto, haciendo
lo que debe, funcionando perfectamente como miembro. El resultado: La armonía
perfecta. La iglesia perfecta tiene líderes perfectos.
Los ancianos están perfectamente capacitados en cada punto, son maestros perfectos,
nunca se les escapa un detalle siquiera, gestionan impecablemente; y los
diáconos son modelos de excelencia, perfectamente eficientes. En cuanto al predicador, también es perfecto, y
cada sermón es una excelencia, un éxito rotundo. Tiene la edad justa, y la
familia perfecta. No comete errores, y es profundo, sencillo, entretenido y
práctico. La iglesia perfecta tiene cultos perfectos,
asistencia perfecta, cantos animados, oraciones elocuentes, que dejan recuerdos
conmovedores. Hay una profunda reverencia, pero todos están entusiasmados.
Nunca hay distracciones. Los bebés no lloran, los niños nunca van al baño,
nadie entra y sale. Cada visitante es recibido con aprecio y siempre quieren
regresar. La iglesia perfecta tiene el edificio perfecto,
y nunca sufren cortes de electricidad. El edificio es bonito, pero no es extravagante.
Su ubicación no podría ser mejor, no recibe mucho sol, ni mucha sombra, y su
temperatura es ideal. Todos pueden llegar con facilidad, sin importar la zona
donde vivan. ¿Y el estacionamiento? Es amplio, de ensueño, perfecto.
¿Dónde?
Una iglesia correspondiente al cuadro anterior
no existe. Piénselo detenidamente. La iglesia de Jerusalén, con tantas buenas cualidades,
tuvo un par de mentirosos que pasaron a la historia (Hech. 5:1-11), y en cierta
ocasión, sufrió por la queja y la murmuración (Hech. 6:1). La iglesia de
Antioquía de Siria fue una iglesia excelente, pero algunos de sus miembros
exhibieron prejuicios raciales (Gal. 2:11-13). ¿Y las iglesias de Galacia? Se
apartaron de Cristo para seguir un evangelio diferente (Gal. 1:6-8). ¿Filipos? Entre
ellos hubo dos hermanas que no se soportaban (Fil. 4:2). ¿Tesalónica? Algunos
de sus miembros eran perezosos y necesitaban disciplina (2 Tes. 3:6). ¿Corinto?
No hemos sabido de una iglesia más imperfecta, y puede leer el libro 1
Corintios para formar su propia opinión. ¿Éfeso? Abandonaron su primer amor
(Apoc. 2:4). Varias iglesias fueron amonestadas porque transigieron, dejaron de
velar, fueron tibias, o estaban al punto de perder su posición ante Cristo
(Apoc. 2-3). Si en la era apostólica las iglesias tuvieron
que lidiar con varios problemas, y no hubo alguna iglesia local perfecta,
¿debería sorprendernos que no exista alguna iglesia perfecta hoy? La iglesia
local está formada por diversos miembros, antiguos en la fe y nuevos en la fe,
con mayor comprensión y con menor comprensión, con madurez e inmadurez, con experiencia
en muchas pruebas y que están lidiando con algunas pruebas, y que deben
coordinarse para funcionar conforme al ideal divino. ¿Entiende a lo que me
refiero?
¿Cuál es el punto?
El objetivo de esta reflexión no es que
ignoremos el pecado, ni minimicemos los problemas que se deben corregir (Ef. 5:11). El
Nuevo Testamento nos enseña que el Señor Jesucristo y sus apóstoles corrigieron
sin ignorar el pecado. La ley de Cristo exige que restauremos a los que han caído
en alguna falta (Gal. 6:1) sobrellevando los unos las cargas de los otros (Gal.
6:2). No busque una iglesia perfecta. Nadie admitiría que lo está
haciendo. Pero algunos suelen irse a otra congregación a la primera señal de
problemas. Si bien es cierto que habrá ocasiones en que el cambio de membresía
es necesario, es interesante saber que no hay ejemplo en el Nuevo Testamento de
algún cristiano que cambio su membresía por estar insatisfecho con el primer
problema que encontró. No intente rediseñar la iglesia. Un cuerpo de ancianos deficiente, o
un cuerpo de varones negligentes, no justifica la regla de la mayoría, ni otras
alternativas. La iglesia local no es una democracia. Los sermones “aburridos”
no justifican cambiar el mensaje, y muchas veces el problema no es el sermón
sino son los oyentes aburridos con la verdad. Las reuniones que parecen
ineficaces no justifican una renovación que incluya aplausos, grupos de cantos,
celebraciones de cumpleaños, día de la madre, y diversas recreaciones para la
iglesia. Recuerde que la iglesia está perfectamente diseñada, ¡Dios es su autor!
El problema no es el diseño, sino la ejecución. Sea paciente. No todos crecen al mismo ritmo, no todos son
capaces de las mismas cosas, ni abordan el trabajo reaccionando de la misma
forma (Col. 3:12,13). No busque excusas. Las faltas de unos no excusan las faltas de
otros. Afirmar “Nadie es perfecto” no invalida el estándar de nuestro Señor Jesucristo.
Cada uno debe corregirse. Cada uno debe esforzarse. Cada uno debe volverse a la
imagen de Cristo (cf. Rom. 8:29; 2 Cor. 3:18). Haga todo lo que pueda para que
la iglesia ande mejor. Jesús es el Salvador. La iglesia local no tiene poder
salvador, y la membresía en ella no nos asegura la membresía en la iglesia
universal. Jesucristo es el Salvador de los obedientes (Heb. 5:9), ellos son su
iglesia universal (Ef. 5:23). Asegurémonos de amonestar, animar y sostener con
paciencia (1 Tes. 5:14), sin cansarnos de hacer el bien (2 Tes. 3:13; cf. Gal.
6:10), y si ha llegado el momento de disciplinar a los rebeldes, no dudemos,
porque la disciplina es un acto de amor (1 Cor. 5:5,13).