El martes de la última semana del ministerio
terrenal del Señor Jesucristo, los saduceos llegaron a él con una historia, una
historia sensacional con la cual invalidaban lo revelado por Dios, una historia
fundamentada en su incredulidad materialista: “Hubo siete hermanos; el primero tomó esposa, y
murió sin dejar descendencia. Y el segundo se casó con ella, y murió, y tampoco
dejó descendencia; y el tercero, de la misma manera. Y así los siete, y no
dejaron descendencia; y después de todos murió también la mujer. En la
resurrección, pues, cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será ella mujer, ya que
los siete la tuvieron por mujer?” (Mar. 12:20-23). Esta historia no era una ilustración para
apreciar mejor un principio bíblico, la narración de “los siete hermanos” estaba
diseñada para quitarle poder a la revelación de Dios. Los saduceos no podían
aceptar la doctrina de la resurrección por el prejuicio de su materialismo, “dicen
que no hay resurrección” (Mar. 12:18; cf. Hech. 23:8), y con una apariencia
de piedad, porque su historia parecía fundamentarse en las sagradas Escrituras,
expusieron un caso hipotético (cf. Mar. 12:19). El Señor Jesús señaló cómo su prejuicio los
había dejado en la ignorancia. A pesar de su erudición no tenían “hambre y
sed de justicia” (Mat. 5:6). Sencillamente, ellos ignoraban las Escrituras
y el poder de Dios (Mar. 12:24). Su propia historia evidenciaba su ignorancia.
No tenían un “escrito está”, solo tenían un cuento, una narración ficticia.
Dios creo el matrimonio para la existencia terrenal (Mar. 12:25), y nos ha dado
espíritu que sobrevive la muerte física (Mar. 12:26,27), “¡Qué! ¿Se juzga
entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?” (Hech. 26:8;
cf. Jn. 5:28,29; 6:39,40,54; 11:24). Dios nos ha hablado en Cristo (Heb. 1:1,2), y necesitamos
ser llenos de la palabra de Cristo (Col. 3:16; cf. Ef. 4:20,21; Mat. 28:20)
para reconocer la levadura de los saduceos modernos (Mat. 16:12).