Reconociendo la envidia


 
Por Josué I. Hernández

 
“todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo” (Ecles. 4:4).

 
La envidia es una obra de la carne (Gal. 5:21) que debemos reprender (Ef. 5:11). Sin embargo, no podremos estar firmes contra la envidia sin primero reconocerla, he ahí el valor de discernir sus manifestaciones. Pilato pudo reconocer las acciones de la envidia (cf. Mat. 27:18; Mar. 15:10) nosotros también podremos.   
 
La envidia (gr. “fthonos”), “Es el sentimiento de disgusto producido al ser testigo u oír de la prosperidad de otros” (Vine). Los académicos nos informan que la palabra hebrea común para designar a la envidia está relacionada con la idea de quemadura, el ardor que se siente en el rostro. No es difícil distinguir, por lo tanto, que la envidia es una disposición de molestia destructiva ante el bien ajeno (cf. Tito 3:3).
 
Cuando los filisteos envidiaban la prosperidad de Isaac su reacción fue la de arruinar y destruir, entonces cegaron los pozos que habían abierto los criados de Abraham su padre llenándolos de tierra (Gen. 26:15).
 
Los hermanos de José, motivados por la envidia le vendieron (Gen. 37:11; Hech. 7:9). Si no podían tener la preferencia de su padre, entonces destruirían al preferido.
 
Los mejores integrantes del pueblo de Dios podrían volverse envidiosos. Por ejemplo, Asaf reconoció que se volvió envidioso por la prosperidad de los impíos (Sal. 73:3). Si fuésemos inmunes a la envidia no existirían los muchos consejos y amonestaciones contra ella (ej. Sal. 37:1; Rom. 13:13; 2 Cor. 12:20; 1 Ped. 2:1).
 
La envidia minimiza los logros de otro, compitiendo constantemente, y procurando destruirle, aunque imita las formas y maneras del envidiado (cf. Fil. 1:15-18).   
 
“La envidia es un pecado característico del mundo (Rom. 1:29; Tito 3:3), pero también parece ser el espíritu que mueve a algunos predicadores del evangelio. Hermanos, ¿hay envidia entre nosotros? Si no, ¿por qué hay tanta rivalidad? ¿Por qué hay tanta competencia? ¿Por qué creemos que no hay lugar en el reino para cierto evangelista simplemente porque su personalidad choca con la nuestra? ¿o porque no nos gusta su manera de obrar? ¿o porque no estamos de acuerdo en asuntos de juicio y opinión? Si nuestro rechazamiento de él no es por causa de envidia, ¿como se explica el problema?” (Los Textos “Unos y Otros”, W. Partain).
 
La envidia puede hallar terreno fértil en los sentimientos de inferioridad y frustración. Sin embargo, la palabra de Cristo nos libra de su poder y condenación (Jn. 8:32; 15:11; 16:33; Ef. 4:20,21).  
 
Mientras los envidiosos se ponen de mal humor cuando alguno es honrado, exaltado o prosperado, los verdaderos discípulos de Cristo se gozan con el que se goza (Rom. 12:15). Esta reacción espiritual es una manifestación de la bendita experiencia de una vida transformada, vida que permite comprobar cuán buena, agradable y perfecta es la voluntad de Dios (Rom. 12:2).