“todo trabajo y toda excelencia de obras
despierta la envidia del hombre contra su prójimo” (Ecles. 4:4).
La envidia es una obra de la carne (Gal. 5:21) que
debemos reprender (Ef. 5:11). Sin embargo, no podremos estar firmes contra la
envidia sin primero reconocerla, he ahí el valor de discernir sus
manifestaciones. Pilato pudo reconocer las acciones de la envidia (cf. Mat.
27:18; Mar. 15:10) nosotros también podremos. La envidia (gr. “fthonos”), “Es el sentimiento
de disgusto producido al ser testigo u oír de la prosperidad de otros” (Vine). Los
académicos nos informan que la palabra hebrea común para designar a la envidia
está relacionada con la idea de quemadura, el ardor que se siente en el rostro.
No es difícil distinguir, por lo tanto, que la envidia es una disposición de molestia
destructiva ante el bien ajeno (cf. Tito 3:3). Cuando los filisteos envidiaban la prosperidad
de Isaac su reacción fue la de arruinar y destruir, entonces cegaron los pozos
que habían abierto los criados de Abraham su padre llenándolos de tierra (Gen.
26:15). Los hermanos de José, motivados por la envidia
le vendieron (Gen. 37:11; Hech. 7:9). Si no podían tener la preferencia de su
padre, entonces destruirían al preferido. Los mejores integrantes del pueblo de Dios podrían
volverse envidiosos. Por ejemplo, Asaf reconoció que se volvió envidioso por la
prosperidad de los impíos (Sal. 73:3). Si fuésemos inmunes a la envidia no
existirían los muchos consejos y amonestaciones contra ella (ej. Sal. 37:1; Rom.
13:13; 2 Cor. 12:20; 1 Ped. 2:1). La envidia minimiza los logros de otro,
compitiendo constantemente, y procurando destruirle, aunque imita las formas y
maneras del envidiado (cf. Fil. 1:15-18). “La envidia es un pecado característico del
mundo (Rom. 1:29; Tito 3:3), pero también parece ser el espíritu que mueve a
algunos predicadores del evangelio. Hermanos, ¿hay envidia entre nosotros? Si
no, ¿por qué hay tanta rivalidad? ¿Por qué hay tanta competencia? ¿Por qué
creemos que no hay lugar en el reino para cierto evangelista simplemente porque
su personalidad choca con la nuestra? ¿o porque no nos gusta su manera de
obrar? ¿o porque no estamos de acuerdo en asuntos de juicio y opinión? Si
nuestro rechazamiento de él no es por causa de envidia, ¿como se explica el
problema?” (Los Textos “Unos y Otros”, W. Partain). La envidia puede hallar terreno fértil en los
sentimientos de inferioridad y frustración. Sin embargo, la palabra de Cristo
nos libra de su poder y condenación (Jn. 8:32; 15:11; 16:33; Ef. 4:20,21). Mientras los envidiosos se ponen de mal humor cuando
alguno es honrado, exaltado o prosperado, los verdaderos discípulos de Cristo
se gozan con el que se goza (Rom. 12:15). Esta reacción espiritual es una
manifestación de la bendita experiencia de una vida transformada, vida que
permite comprobar cuán buena, agradable y perfecta es la voluntad de Dios (Rom.
12:2).