Cristianofobia


 
Por Josué I. Hernández
 

“Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (Jn. 15:20).

 
La “cristianofobia”, también conocida como “cristofobia”, o “anticristianismo”, es la hostilidad, la intolerancia, o la discriminación, hacia los cristianos y sus convicciones. Dicho de otra manera, todas las actitudes hostiles, palabras discriminatorias, y acciones intolerantes, en contra de aquellos que siguen a Jesucristo, son “cristianofobia”.
 
Antes se hablaba de la claustrofobia, aracnofobia, acrofobia, etc., sin embargo, en los últimos años se han introducido nuevos términos, tales como: “xenofobia”, para etiquetar a los que exigen que se aplique una restricción sólida contra la inmigración ilegal; y “homofobia”, para señalar a los que creen que el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción de hijos por parte de lesbianas y homosexuales, y las prácticas homosexuales, son pecaminosas.
 
Sin embargo, se ha vuelto cada vez más evidente la fobia de académicos, periodistas, religiosos, y políticos, todos de izquierda, en contra de quienes procuran fomentar los valores cristianos tradicionales, y que viven conforme a las enseñanzas de la Biblia.
 
Aquellos que están motivados por la cristianofobia temen que la influencia de “la derecha religiosa” produzca un rechazo social a su agenda licenciosa, y ese temor se manifiesta en la intolerancia respecto a temas, tales como: el sexo, el matrimonio, el transgenerismo, o el aborto. Sencillamente, se está prohibiendo la libre expresión y la libertad de conciencia.
 
Si un creyente en la Biblia decide postularse a un cargo político, los medios de comunicación lo atacan con malicia, intentando destruir su influencia en el electorado; y cuando comete un error en algún discurso, como suelen hacerlo todos los políticos, su error se transmite profusamente por televisión, radio e internet, y se escriben extensos comentarios sobre lo que dijo el “extremista radical”. Sin embargo, si el error lo comete un progresista de izquierda, se relativiza con humor y gran simpatía, explicando lo que en realidad quiso decir. Y luego, mientras la izquierda afirma que la religión no debe influir en la política, ellos promueven sus creencias, ya sean ateas o agnósticas, para influir en la sociedad.
 
¿Qué podemos hacer?
 
Reconocer el peligro. “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas” (Mat. 10:16). En un ambiente tan peligroso se requiere sabiduría y cautela combinadas con una disposición de tranquila inocencia.
 
Permanecer alertas. “Sed sobrios, y velad” (1 Ped. 5:8). No distraernos de lo realmente necesario (cf. Mat. 6:33; Luc. 10:42). Hay muchos distractores (ej. Mar. 4:19).   
 
Adornar el evangelio. “Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo” (Fil. 1:27); “no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo” (1 Cor. 9:12). Es imprescindible que nuestra conducta adorne “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (cf. Tito 2:10).
 
Guardarnos y crecer. “Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén” (2 Ped. 3:17,18). No hay ocasión para atender a las artimañas del error cuando estamos ocupados en crecer espiritualmente.
 
Orar por un cambio. “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Tim. 2:1,2).
 
No descuidar la crianza. “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4). Nunca ha sido el plan de Dios que el gobierno civil se encargue de la crianza de nuestros hijos. Este proceso de entrenamiento es una responsabilidad de los padres.
 
No desmayar. “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gal. 6:9; cf. 2 Cor. 4:1,16). “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Heb. 12:3). No existe mejor ejercicio espiritual que nos inspire el aliento necesario como contemplar y considerar a Jesucristo.
 
No avergonzarnos del evangelio. “Porque no me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del judío primeramente y también del griego” (Rom. 1:16). El evangelio no ha perdido su poder, sigue salvando a los obedientes (Mar. 16:16; cf. Rom. 10:16, 2 Tes. 1:8). No debemos avergonzarnos de predicar el evangelio, e incluso, sufrir por él (2 Tim. 1:12).
 
Conclusión
 
El ateísmo estatal procura imponer el relativismo moral, y cualquiera que se oponga a esta transición será socialmente marginado, y si es posible, penalmente procesado y sancionado. Sin embargo, es obvio que hay temor a la influencia de los cristianos y su fe, y este miedo es la cristianofobia.