“Si a mí me han perseguido, también a vosotros
os perseguirán” (Jn. 15:20).
La “cristianofobia”, también conocida como “cristofobia”,
o “anticristianismo”, es la hostilidad, la intolerancia, o la discriminación,
hacia los cristianos y sus convicciones. Dicho de otra manera, todas las actitudes
hostiles, palabras discriminatorias, y acciones intolerantes, en contra de aquellos
que siguen a Jesucristo, son “cristianofobia”. Antes se hablaba de la claustrofobia, aracnofobia,
acrofobia, etc., sin embargo, en los últimos años se han introducido nuevos
términos, tales como: “xenofobia”, para etiquetar a los que exigen que se
aplique una restricción sólida contra la inmigración ilegal; y “homofobia”,
para señalar a los que creen que el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción de hijos por parte de lesbianas y homosexuales, y las prácticas homosexuales, son pecaminosas. Sin embargo, se ha vuelto cada vez más evidente
la fobia de académicos, periodistas, religiosos, y políticos, todos de
izquierda, en contra de quienes procuran fomentar los valores cristianos
tradicionales, y que viven conforme a las enseñanzas de la Biblia. Aquellos que están motivados por la cristianofobia
temen que la influencia de “la derecha religiosa” produzca un rechazo social a su
agenda licenciosa, y ese temor se manifiesta en la intolerancia respecto a temas,
tales como: el sexo, el matrimonio, el transgenerismo, o el aborto.
Sencillamente, se está prohibiendo la libre expresión y la libertad de
conciencia. Si un creyente en la Biblia decide postularse a
un cargo político, los medios de comunicación lo atacan con malicia, intentando
destruir su influencia en el electorado; y cuando comete un error en algún
discurso, como suelen hacerlo todos los políticos, su error se transmite profusamente
por televisión, radio e internet, y se escriben extensos comentarios sobre lo
que dijo el “extremista radical”. Sin embargo, si el error lo comete un progresista
de izquierda, se relativiza con humor y gran simpatía, explicando lo que en
realidad quiso decir. Y luego, mientras la izquierda afirma que la religión no
debe influir en la política, ellos promueven sus creencias, ya sean ateas o
agnósticas, para influir en la sociedad.
¿Qué podemos hacer?
Reconocer el peligro. “He aquí, yo os envío como a ovejas
en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como
palomas” (Mat.
10:16). En un ambiente tan peligroso se requiere sabiduría y cautela combinadas
con una disposición de tranquila inocencia. Permanecer alertas.“Sed sobrios, y velad” (1 Ped. 5:8). No
distraernos de lo realmente necesario (cf. Mat. 6:33; Luc. 10:42). Hay muchos
distractores (ej. Mar. 4:19). Adornar el evangelio.“Solamente que os comportéis
como es digno del evangelio de Cristo” (Fil. 1:27); “no poner ningún
obstáculo al evangelio de Cristo” (1 Cor. 9:12). Es imprescindible que nuestra
conducta adorne “la doctrina de Dios nuestro Salvador” (cf. Tito 2:10). Guardarnos y crecer. “Así que vosotros, oh amados,
sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los
inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el
conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y
hasta el día de la eternidad. Amén” (2 Ped. 3:17,18). No hay ocasión para atender
a las artimañas del error cuando estamos ocupados en crecer espiritualmente. Orar por un cambio. “Exhorto ante todo, a que se hagan
rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por
los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y
reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Tim. 2:1,2). No descuidar la crianza.“Y vosotros, padres, no
provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación
del Señor” (Ef. 6:4). Nunca ha sido el plan de Dios que el gobierno civil
se encargue de la crianza de nuestros hijos. Este proceso de entrenamiento es
una responsabilidad de los padres. No desmayar.“No nos cansemos, pues, de hacer bien;
porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gal. 6:9; cf. 2 Cor. 4:1,16).
“Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí
mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (Heb. 12:3). No existe
mejor ejercicio espiritual que nos inspire el aliento necesario como contemplar
y considerar a Jesucristo. No avergonzarnos del evangelio.“Porque no me avergüenzo del
evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree; del
judío primeramente y también del griego” (Rom. 1:16). El evangelio no ha
perdido su poder, sigue salvando a los obedientes (Mar. 16:16; cf. Rom. 10:16,
2 Tes. 1:8). No debemos avergonzarnos de predicar el evangelio, e incluso,
sufrir por él (2 Tim. 1:12).
Conclusión
El ateísmo estatal procura imponer el
relativismo moral, y cualquiera que se oponga a esta transición será
socialmente marginado, y si es posible, penalmente procesado y sancionado. Sin
embargo, es obvio que hay temor a la influencia de los cristianos y su fe, y este
miedo es la cristianofobia.