El camino más excelente



Por Josué I. Hernández

 
Los poetas han empleado montañas de papel, galones de tinta, e incontables horas, procurando describir el sentimiento y actitud que llamamos “amor”. Ninguno ha logrado el objetivo a cabalidad, aunque todos habrán dicho más de alguna cosa hermosa sobre el tema. Sin embargo, la comprensión del amor solo es posible para aquellos que tienen hambre y sed de justicia (Mat. 5:6; cf. Jn. 7:17).
 
Si nuestra comprensión del amor se basa en lo que exhiben los anuncios publicitarios, las películas, y los especiales de televisión, tenemos una imagen terriblemente distorsionada de lo que es el amor.
 
La palabra que Dios usó para enseñarnos el amor
 
Entendiendo que el Nuevo Testamento fue escrito originalmente en griego koiné, o común, debemos entender también que hay una palabra griega que nuestras versiones traducen como aquel “amor” que debemos expresar a todos, incluso, a nuestros enemigos. Es bueno, por lo tanto, aprender de un diccionario griego-español sobre la palabra que en el Nuevo Testamento se traduce “amor”, y así comprender mejor el tema.
 
Pero, ¿cómo es posible que debamos amar a nuestros enemigos (cf. Mat. 5:44; Rom. 12:17-21)? ¿Cómo podríamos amar a personas tan irritantes, con quienes no simpatizamos ni tenemos alguna afinidad? La dificultad desaparece al comprender que el amor que Cristo manda es “buena voluntad activa”; el Señor Jesús enseña que, en lugar de procurar su mal, odiándoles y tomando represalias, procuremos su bienestar. Esto podemos hacerlo, aunque no sintamos alguna afinidad. Este ha sido el amor de Dios por el mundo (cf. Jn. 3:16; Ef. 2:4,5), y que podemos aprender de él (cf. 1 Juan 4:7-21).
 
El amor “no es un impulso que provenga de los sentimientos, no siempre concuerda con la general inclinación de los sentimientos, ni se derrama solo sobre aquellos con los que se descubre una cierta afinidad” (W. E. Vine).
 
El amor es, primeramente, una “actitud del corazón”, la cual siempre es “buena” para con los demás. Pero, además de ser una actitud buena, siempre es “activa” para el bienestar de los demás. Por lo tanto, el amor siempre se distingue por las acciones que provoca.
 
Siendo “buena voluntad activa”, el amor puede expresarse mediante acciones que serán desagradables pero buenas, acciones que serán dolorosas pero beneficiosas, porque buscan el mayor bien posible para los amados. Por ejemplo, el amor por los hijos motiva a los padres amorosos a castigarles cuando se rebelan (cf. Prov. 19:18; 23:13-16). Así también, Cristo dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apoc. 3:19; cf. Heb. 12:5-11).
 
El amor enseñado a los corintios
 
La iglesia de Corinto estaba consumiéndose por la división (cf. 1 Cor. 1:10,11), y algunos de sus pleitos llegaron a los tribunales (1 Cor. 6:1-8). Eran “carnales”, y había entre ellos celos, contiendas y disensiones (1 Cor. 3:3). Incluso, la desavenencia entre ellos (1 Cor. 12:25) se manifestaba cuando ejercían los dones del Espíritu (1 Cor. 12:1-11) y en sus cultos se producía desorden (1 Cor. 14:40).   
 
Los corintios necesitaban aprender el amor, y Pablo les escribió: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser” (1 Cor. 13:4-8). Este es el “camino más excelente” (1 Cor. 12:31).
 
El apóstol Pablo personificó el amor, ilustrando de esta manera la conducta del cristiano motivado por el amor. Es interesante notar que todas las características, o cualidades, enlistadas por Pablo enfocan directamente la relación con el prójimo. A propósito, un buen ejercicio es sustituir la palabra “amor” con el nombre nuestro y tomar nota del resultado.
  
El amor es sufrido, porque es de largo ánimo, es decir, paciente, persistente, y tolerante con aquellos que pueden resultar irritantes (cf. Col. 3:12,13).
 
El amor es benigno, porque actúa con disposición bondadosa; por lo tanto, es servicial (cf. Ef. 4:32).
 
El amor no tiene envidia, porque no se disgusta por el bien que alguno esté gozando, ni querría privarle de ese bien (cf. Gal. 5:20).
 
El amor no es jactancioso, no se envanece, porque no es presumido ni vanaglorioso (cf. 1 Cor. 4:6,7). En lugar de hacerse el importante deja que el Señor le exalte (cf. Sant. 4:10; 1 Ped. 5:6), estimando a los demás como superiores a él mismo (Fil. 2:23).
 
El amor no hace nada indebido, porque “no se porta indecorosamente” (LBLA), es decir, no es grosero, escandaloso ni descortés (cf. Fil. 4:5).
 
El amor no busca lo suyo, es decir, no es egoísta (cf. Fil. 2:4,21), porque busca el bien del otro (cf. 1 Cor. 10:24; Rom. 15:2,3).
 
El amor no se irrita, porque no sucumbe ante las provocaciones. “La irritación es siempre una señal de derrota. Cuando perdemos los estribos, lo perdemos todo” (Barclay).
 
El amor no guarda rencor, porque no lleva la cuenta de las ofensas recibidas, meditándolas, reviviéndolas. En otras palabras, no archiva las ofensas sufridas llenándose de resentimiento.  
 
El amor no se goza de la injusticia, porque le entristece lo mismo que entristece el corazón de Dios (cf. 1 Jn. 5:17). No halla placer en el pecado de nadie (cf. Rom. 1:32).
 
El amor se goza de la verdad, porque está comprometido con la verdad y se alegra cuando ella prevalece (cf. Jn. 8:32; 17:17).
 
El amor todo lo sufre, es decir, soporta todo insulto, injuria y desilusión, y persiste sin rendirse.
 
El amor todo lo cree, porque no es motivado por chismes, sospechas, rumores o dudas. Sin evidencia contraria, el amor confía.
 
El amor todo lo espera, porque no es pesimista respecto al prójimo errado, ni le trata como “un caso perdido”.
 
El amor todo lo soporta, no se rinde bajo la pesada carga de los conflictos y oposiciones, porque sabe que ninguna lágrima será inútil.
 
El amor nunca deja de ser, porque el amor es eterno. Por el contrario, los dones sobrenaturales cesarían (1 Cor. 13:8-12).
 
Conclusión
 
Tres virtudes nos resultan de inmenso beneficio, “la fe, la esperanza y el amor”. Sin embargo, la más grande virtud es el amor, “pero el mayor de ellos es el amor” (1 Cor. 13:13).
 
Mientras meditamos en estas cualidades del amor, no olvidemos que todas se hicieron realidad en la persona de Jesucristo (cf. 2 Cor. 5:14; Ef. 3:19; 5:2; Apoc. 1:5).