No son pocas las mujeres que han hecho de su
belleza la fuente de su felicidad, estabilidad y paz. Se glorían en su aspecto
físico, y creen que su apariencia las librará de las desventuras que padecen
aquellas que no son tan agraciadas como ellas: “Con este cuerpo que tengo seré próspera
y feliz”. Cometen la misma falta del fariseo que afirmaba “Dios, te doy gracias
porque no soy como los otros hombres” (Luc. 18:11), salvo que ellas se jactan
de que no son “como las otras mujeres”, y se ven a sí mismas como el estándar
(cf. 2 Cor. 10:12). Sin embargo, las mujeres que se jactan de su
hermosura suelen ser ineptas en el amor, y desdichadas en el matrimonio y la
familia. Todo parece indicar que se requiere mucho más que belleza física para construir
un hogar próspero. Piénselo detenidamente. Si la apariencia del cuerpo
determina la felicidad familiar, ¿por qué tanta gente hermosa se divorcia y
destruye su familia? En el libro Proverbios, Dios nos enseña que la
belleza física de una mujer no es fuente de felicidad personal y familiar. Por
ejemplo, una mujer hermosa, pero rencillosa, o pendenciera, es gotera continua que
asegura el colapso de la familia (Prov. 19:13). Veamos algunos casos: “Mejor es vivir en un rincón del terrado que
con mujer rencillosa en casa espaciosa” (Prov. 21:9). “Mejor es morar en tierra desierta que con la
mujer rencillosa e iracunda” (Prov. 21:19). “Gotera continua en tiempo de lluvia y la mujer
rencillosa, son semejantes; pretender contenerla es como refrenar el viento, o
sujetar el aceite en la mano derecha” (Prov. 27:15,16). “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la
mujer que teme a Jehová, ésa será alabada” (Prov. 31:30). La mujer temerosa de Dios ha decidido enfocarse
en su apariencia espiritual, “El principio de la sabiduría es el temor de
Jehová” (Prov. 1:7). Una mujer semejante, con tan hermoso espíritu, edifica su
casa con sabiduría (Prov. 14:1) y recibe en esta vida su realización (cf. Prov.
31:28-31; Ecles. 12:13). La hermosura espiritual que toda mujer debe
procurar es descrita como “un espíritu tierno y sereno” (1 Ped. 3:4, LBLA),
“manso y tranquilo” (NC), “afable y apacible” (RV1960). El apóstol Pedro nos
dice que un espíritu así de hermoso, “es precioso delante de Dios” (LBLA).