Cantando en el calabozo



Por Josué I. Hernández

 
Por buscar que todos sean salvos (Hech. 16:9-15; Tim. 2:4), y específicamente, por liberar a una muchacha poseída por un espíritu (Hech. 16:16-18), Pablo y Silas fueron arrestados, brutalmente golpeados, encarcelados, y asegurados al cepo en “el calabozo de más adentro” (Hech. 16:19-24). Sin embargo, “Hacia la media noche, Pablo y Silas estaban en oración cantando himnos a Dios” (Hech. 16:25, JER).
 
No son pocos los que desean sentirse más espirituales, más elevados, más cerca de Dios. Entonces, intentan encontrar esa experiencia usando los métodos más diversos: apagando las luces, encendiendo velas, tomándose de la mano, ayunando hasta casi morirse de hambre, oyendo canciones sentimentales y dando rienda suelta a las emociones. Esto y muchas otras cosas, para lograr sentirse más espirituales.
 
La Biblia nos enseña como podemos ser realmente espirituales. La verdadera espiritualidad ocurre cuando buscamos “las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col. 3:1,2; cf. Fil. 3:19). Somos realmente espirituales cuando estudiamos y obedecemos las sagradas Escrituras (Sal. 1:1-3), cuando pensamos como Dios piensa (cf. Fil. 4:8; Is. 55:8,9), hablamos conforme a su palabra (cf. 1 Ped. 4:11), nos llenamos de ella (Col. 3:16), y no pensamos más allá de lo que está escrito (cf. 1 Cor. 4:6). Somos realmente espirituales cuando andamos en el Espíritu (Gal. 5:16-25), agradando al Señor en todo (cf. Col. 1:9,10), y sirviendo a los demás (cf. Sant. 2:27; Mat. 25:31-46). No hay atajo, ni trucos, para alcanzar la espiritualidad.
 
La vida realmente espiritual implica días normales, donde sucede lo de costumbre, días comunes, totalmente rutinarios. La espiritualidad no es una constante emocional de experiencias álgidas. En realidad, nadie puede mantener ese alto nivel emocional por mucho tiempo. Quienes lo han intentado se agotan, se decepcionan, y se desmoronan. La vida de “los héroes de la fe” no fue una constante de experiencias descollantes. Gran parte de sus vidas fueron comunes y corrientes. Muchas veces pasaron por valles de sombra de muerte, y por duras experiencias dolorosas. En fin, la espiritualidad no proviene de las circunstancias externas, y un buen ejemplo de esto son Pablo y Silas en el calabozo de Filipos.
 
Solo imagine la vergüenza de ser desnudados para recibir una paliza. Podemos oír el sonido de los azotes sobre la carne viva, e imaginar los moretones, laceraciones y desgarros, acercándonos al golpe emocional de una humillación e injusticia semejantes. Este no fue el castigo judío. Esta fue la paliza romana.
 
Piénselo detenidamente. Pablo y Silas no pudieron curar sus propias heridas cuando fueron asegurados al cepo. Estaban maltratados física y emocionalmente. Sencillamente, no se sentían bien, y no podrían descansar así de heridos y en esa posición. ¿Intentaría usted recostarse boca arriba con la espalda así de lastimada? ¿Ha considerado que seguían perdiendo sangre mientras permanecían en el oscuro calabozo? ¿Qué haría usted en semejante situación? ¿Podríamos considerar que Pablo y Silas eran “espirituales” en un ambiente y situación semejantes? No obstante, ¿qué hicieron ellos? “Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían” (Hech. 16:25).
 
“No estaban enojados ni disgustados por causa de la injusticia que habían sufrido. En lugar de murmurar, oraban y cantaban himnos a Dios. En lugar de quejarse contra Dios, lo alababan. El enojo, el disgusto y el odio no nos permiten orar y cantar himnos. "Orad sin cesar" (1 Ts. 5:17), aunque sea en la cárcel a medianoche. "Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias" (Flp. 4:6)” (W. Partain).
 
¿Puede imaginar a Pablo y Silas orando en esas condiciones? ¿Puede imaginar a Pablo diciendo a Silas “cantemos”? Seguramente sus voces no sonaron muy bien. ¡Pero, su alabanza fue grata a los oídos de Dios! He aquí dos hombres espirituales, cuya espiritualidad no guardaba relación con alguna atmósfera externa, melodía de fondo, predicador dinámico, o sermón conmovedor. Su espiritualidad estaba fundamentada en la fe (cf. Rom. 10:17; Heb. 11:1,6). En fin, ellos no pensaban tanto en sí mismos como para negarse a orar y cantar a Dios.
 
Uno reacciona conforme a la costumbre. Pablo y Silas reaccionaron así porque estaban habituados a orar y cantar. Conocían bien su “himnario”, y cantaron de memoria. Por supuesto, si no estamos habituados a orar y cantar no reaccionaremos así. ¡No podemos cantar de memoria si no estamos habituados cantar!
 
Pablo y Silas habían pasado de la aflicción al gozo, “¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre? Cante alabanzas” (Sant. 5:13). Estaban disfrutando de la paz de Dios “que sobrepasa todo entendimiento” (Fil. 4:7).
 
Estos varones maltratados que, habían trabajado para establecer una iglesia en Filipos, y que seguramente pensaban en los nuevos hermanos, a quienes visitaron tan pronto como fueron liberados (Hech. 16:40), que acababan de ayudar a una joven poseída (v.18), lo cual motivó que fuesen arrestados, brutalmente golpeados y encarcelados, estaban más que dispuestos a continuar predicando el evangelio al carcelero y a su familia (v.31-34).
 
¿Qué motivó al carcelero a preguntar con tanta desesperación, “Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (v.30)? ¿Qué observó en Pablo y Silas para exponerles con tanta confianza la necesidad de su alma? El carcelero no había oído el evangelio todavía, lo aprendió desde el versículo 32; ¡pero, había visto el evangelio en acción! Esos prisioneros eran únicos, eran hombres excepcionales.
 
Cuando los afligidos del mundo cantan algo, cantan la tristeza, la desesperación, y lo hacen en la cantina. Sin embargo, Pablo y Silas cantaban alabanzas a Dios en el calabozo. Es más, también salvaron la vida del carcelero. Podrían haber pensado que merecía morir, por ser el representante del gobierno que los puso allí: “Mala suerte, amigo. Te lo mereces. Nos largamos de aquí”. Por el contrario: “Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí” (Hech. 16:28).
 
Antes de concluir podemos observar algunos contrastes asombrosos. Los dos prisioneros azotados, que deberían ser miserables, están gozosos, mientras que el hombre libre que tenía autoridad sobre ellos, y que debería ser feliz, era un miserable que necesitaba salvación.
 
Aprendemos del Señor Jesucristo que debemos amar a las personas y usar las cosas (cf. Luc. 6:31; Ef. 4:28). Sin embargo, los acusadores no amaban a su esclava y la usaban como a una cosa (Hech. 16:19). En cambio, Pablo y Silas no la usaron, la liberaron. Así piensan y actúan los hombres espirituales. ¡Qué ejemplo el de Pablo y Silas!