¿Por qué estamos perdiendo a nuestros jóvenes?



Por Josué I. Hernández

 
Estamos contemplando con estupor cómo nuestros jóvenes están perdiendo interés en “el reino de Dios y su justicia” (Mat. 6:33) y dejando su “primer amor” (Apoc. 2:4), distanciándose del pueblo de Dios, e incluso, de su familia. ¿Qué les sucedió? Se desligaron de Jesucristo (Jn. 15:1-5) y quedaron enredados en “las contaminaciones del mundo” (cf. 2 Ped. 2:20). ¿Y los padres que hacían? Posiblemente, estaban muy distraídos, y no se percataron de las primeras señales, ni de los subsiguientes pasos hacia “la tierra lejana”. Sin embargo, esta es una observación general, no todos los casos son iguales. Nuestros hijos tienen libre albedrío, y la “sincera fidelidad a Cristo” es una decisión personal (2 Cor. 11:3). Un buen padre podría tener su hijo pródigo (Luc. 15:11-13; cf. Ez. 18:5,10). 
 
Detengámonos a considerar algunas razones por las cuales estamos perdiendo a nuestros jóvenes.
 
Malas compañías
 
Las advertencias bíblicas acerca de las malas influencias abundan (ej. Prov. 1:10-15; 1 Cor. 15:33). Si el joven las ignora, sufrirá las consecuencias. El justo debe elegir con cuidado a sus amistades (cf. Sal. 1:1-3; Prov. 12:26; 13:20). La mala influencia abunda y su corriente es poderosa (cf. Ex. 23:2; Rom. 12:2). Nuestros hijos deben usar el mejor discernimiento posible para elegir amigos o cambiar a los que no convienen. 
 
Cuando los jóvenes se relacionan con personas mundanas, no cambiarán repentinamente. El distanciamiento será gradual (cf. Heb. 2:1). Con el tiempo se volverán insensibles al pecado que los engatusa con sus deleites (Heb. 3:13; 11:25).
 
El mal ejemplo de los padres
 
Los jóvenes aprenden de lo que ven, y suelen seguir el ejemplo de sus padres (cf. Ez. 16:44). Por lo tanto, en lugar de encarnar un ejemplo desalentador (Col. 3:21), los padres deben ser sal y luz para sus hijos (Mat. 5:13-16; Prov. 20:7).
 
Si los padres no son fervorosos siervos de Jesucristo, si andan afanados y turbados por muchas cosas, si no demuestran entusiasmo cuando la iglesia se reúne, si dan prioridad a lo material por sobre lo espiritual, no será una sorpresa que los hijos sigan ese ejemplo.
 
Mala crianza
 
Dios ha responsabilizado a los padres para que capaciten a sus hijos en el camino correcto (cf. Deut. 6:6-9). El tiempo y el esfuerzo que se requieran nunca serán mal invertidos (Ef. 5:15,16). Dios ha sido muy claro, “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Ef. 6:4).
 
Si en los primeros años no hay buena crianza, disciplina correctiva incluida (Prov. 19:18; 22:15; 23:13-16), el respeto a la autoridad y el dominio propio serán fácilmente reemplazados por la rebeldía y la disipación.  
 
Los padres deben enseñar a sus hijos a pensar, hablar, vestir y vivir, esto no es negociable. Pero, si los padres son descuidados respecto a la música que oyen sus hijos, los programas de televisión que ven, la clase de amigos que tienen, y los lugares que frecuentan, no deben sorprenderse si sus hijos eligen el mal camino.
 
Una iglesia distraída
 
Una iglesia distraída de su obra, por sus muchos conflictos internos, dejará una huella negativa en el corazón de los jóvenes, y si los jóvenes no se detienen a pensar con justicia, el evangelio de Cristo será para ellos algo que no funciona. Por el contrario, una iglesia con púlpito fuerte, enfocada en Jesucristo, donde el amor, la santidad, y la edificación, se disfrutan, será un faro de luz.
 
Las predicaciones débiles, y la hipocresía de quienes afirman seguir a Jesucristo, son ocasión de tropiezo para muchos jóvenes. Piénselo detenidamente, ¿qué están observando nuestros jóvenes?
 
Conclusión
 
Son demasiados los casos de “jóvenes perdidos” por malas compañías, mal ejemplo de los padres, mala crianza, o simplemente, por una iglesia distraída que fue tropiezo más que faro de luz.
 
Que sigamos cantando: “Sembraré la simiente preciosa” y “Yo quiero trabajar por el Señor”, sin olvidar o descuidar a nuestros jóvenes.