Elí, Elí, ¿lama sabactani?



Por Josué I. Hernández
 

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46).

 
No son pocos los que afirman que en la cruz el Padre abandonó al Hijo, que el Hijo sufrió una separación espiritual del Padre, y que se produjo algún tipo de quiebre o división en el seno de la deidad cuando Cristo citaba el salmo 22, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Sal. 22:1). Podemos entender que el Señor Jesucristo citaba la Escritura, pero debemos detenernos a pensar si hay evidencia bíblica para afirmar que el Padre había abandonado al Hijo, y que el Hijo sufrió la muerte espiritual.
 
Algunos han razonado, a partir de Isaías 53:12, “fue contado con los pecadores”, que nuestros pecados fueron imputados a Cristo, y que él se volvió un pecador. Llegando a este punto suelen citar 2 Corintios 5:21, “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. Sin embargo, 2 Corintios 5:21 no menciona alguna transferencia de pecado, es más, ni siquiera la implica. Es importante reconocer que Pablo no dijo “por nosotros lo hizo un pecador”. Pablo no dijo “pecador”, Pablo dijo “pecado”. La traducción de William D. Mounce dice: “Al que no conoció pecado, lo hizo expiación por nosotros, para que en él seamos justicia de Dios”. Es decir, Pablo usó el sustantivo “pecado” así como se usa en el libro Levítico, para indicar “expiación por el pecado” (ej. Lev. 4:21,25).
 
Entendemos que Jesucristo fue tratado como un mero delincuente, como un pecador más, pero afirmar que Jesucristo se volvió un transgresor es una aseveración sin evidencia bíblica. Deténgase a pensar conmigo. ¿Dónde en la Biblia se enseña que hubo alguna separación espiritual entre el Hijo y el Padre cuando Cristo cargaba nuestros pecados? ¿Puede notar la diferencia entre que Jesucristo cargó la culpa del pecado del mundo y que cargara con el castigo del pecado del mundo? La culpa es una cosa, el castigo es otra.
 
Entonces, ¿por qué Jesucristo exclamó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27:46; Mar. 15:34). Ciertamente, no sucedía algo que Jesucristo desconociera. Por lo tanto, él no estaba preguntando al Padre la razón de algún abandono literal. Dicho de otra manera, si el plan de Dios era que el Hijo tomara sobre sí la culpa del pecado del mundo, quedando separado del Padre (cf. Is. 59:1,2), ¿no lo habría sabido Jesucristo? ¿No sabía que la consecuencia inmediata de tomar sobre sí la culpa del pecado era la separación espiritual del Padre? Sin embargo, nuestro Señor no se encontró con la sorpresa de ser hecho culpable de nuestros pecados, ni hubo alguna separación espiritual que implicara que el Padre le daba la espalda. Ahora bien, si hubo separación, ¿por qué antes de morir Jesucristo dijo “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Luc. 23:46)? Esto nos hace pensar en lo que significa la cita del salmo 22.
 
Cuando estudiamos el salmo 22 no encontramos a un Dios que abandona a los fieles. El primer versículo es parecido a otros salmos, donde se expresa un sentimiento similar (ej. Sal. 3:1-4; 13:1). No obstante, siempre vemos que el salmista expresa una confianza absoluta en la liberación de Dios. Ciertamente, Jesucristo parecía abandonado mientras pendía de la cruz, pero al citar el salmo 22 declaró su total confianza en el plan del Padre, “Sálvame de la boca del león, y líbrame de los cuernos de los búfalos… Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó” (Sal. 22:21,24).
 
Considere cuidadosamente cómo comienza, se desarrolla y concluye el salmo 22. Al finalizar la lectura observamos un hermoso clímax, donde el salmista afirma cómo a Dios será debida la gloria y la alabanza como resultado de este acontecimiento trascendental: “La posteridad le servirá; esto será contado de Jehová hasta la postrera generación. Vendrán, y anunciarán su justicia; a pueblo no nacido aún, anunciarán que él hizo esto” (Sal. 22:30,31).
 
¿Cuál habrá sido el impacto sobre los líderes religiosos, que se burlaban de nuestro Señor, cuando lo oyeron citar el salmo 22? Ellos conocían el resto del salmo, podían recordar el contenido, y podrían sacar conclusiones, “Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía” (Sal. 22:8; cf. Mat. 27:43). ¿Qué habrán pensado al recordar: “Horadaron mis manos y mis pies… Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes” (Sal. 22:16,18)? ¿Se habrán detenido a considerar que una profecía se estaba cumpliendo ante sus ojos?
 
El Señor Jesucristo citó el salmo 22, pero no fue abandonado por el Padre. El salmo 22 no enseña eso. Por el contrario, conforme al salmo 22 confiaba totalmente en el Padre, en cuyas manos podía encomendar su espíritu. Al citar el primer versículo del salmo, nuestro Señor hacía un esfuerzo más para dar un “escrito está” a la situación, declarando con ese versículo la esencia del salmo con todas sus frases de esperanza y bendiciones futuras.