Por Josué I. Hernández
Esta es una hermosa palabra del español, “amigo”.
Los amigos están ahí para compartir nuestras alegrías y ayudarnos en nuestras
dificultades. Nos dejan recuerdos significativos, memorables, y nos dan ánimo y
esperanza. Tener amigos es una de las cosas que hacen que la vida tenga mayor
sentido, y valga la pena. Vivir la amistad es una de las grandes bendiciones
que recibimos de Dios. Consideremos algunas cosas que la Biblia afirma sobre la
amistad.
Los amigos dan amor incondicional. “En todo tiempo ama el amigo, y
es como un hermano en tiempo de angustia” (Prov. 17:17). Algunos nos “amarán”
solamente cuando les conviene, cuando pueden sacar algún provecho. El hijo
pródigo perdió a sus “amigos” cuando se le acabó el dinero (Luc. 15:14-16).
Pero, los verdaderos amigos apoyan sin importar las circunstancias. Es más, en
los momentos de mayor dificultad se ven los verdaderos amigos.
Los amigos velan por nosotros. “Fieles son las heridas del que
ama; pero importunos los besos del que aborrece” (Prov. 27:6). ¿Qué hacen
los amigos cuando nos ven en peligro? Los verdaderos amigos nos detendrán,
aunque hieran nuestros sentimientos. A nadie le gusta la reprensión, pero ¿no
es mejor oírla de un amigo? La crítica de un amigo puede ser dolorosa, pero ese
dolor se volverá en gratitud, porque el dolor fue ocasionado por amor.
Los amigos moldean nuestro carácter. “Hierro con hierro se aguza; y
así el hombre aguza el rostro de su amigo” (Prov. 27:17). Aquellos con
quienes tratamos a menudo, y en quienes confiamos, influyen en nosotros. De
esta manera nuestros amigos nos ayudan a reflexionar. Nos brindan espacio para
expresar nuestras ideas. Nos brindan ánimo y consejos. Nos levantan cuando
estamos decaídos, y nos calman cuando nos hemos airado.
Los amigos nos dan fuerza. “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Ecles. 4:9-12). Quien tiene amigos nunca está solo, porque tiene la fuerza de la buena compañía (cf. Prov. 27:9).
A veces, preferimos a los amigos antes que a la
familia. Puede que
no nos guste admitirlo, pero suele ocurrir, y sabemos que es cierto. “No
dejes a tu amigo, ni al amigo de tu padre; ni vayas a la casa de tu hermano en
el día de tu aflicción. Mejor es el vecino cerca que el hermano lejos” (Prov.
27:10). No elegimos a nuestra familia, pero sí elegimos a nuestros amigos. Los
lazos familiares son fuertes, pero muchas veces las amistades lo son aún más.
Un amigo cercano es mejor que un familiar lejano. Cuando hemos pasado años lejos
de la familia, uno la sigue amando y la extraña, y la recuerda con gozo, pero
se apoya en los amigos.
Una de las cualidades de la sabiduría es saber
discernir el real valor de las cosas redimiendo el tiempo (cf. Ef. 5:15,16), y
no hay mejor uso del tiempo que construir amistad y disfrutar del apoyo de los buenos
amigos (Sal. 119:63; cf. Prov. 13:20; 1 Cor. 15:33). Abraham fue llamado “amigo
de Dios” (Sant. 2:23; cf. Prov. 3:32). Jesucristo dijo que somos sus amigos
si le obedecemos (Jn. 15:14), y él puso su vida por sus amigos (Jn. 15:13). Los
amigos de Cristo son amigos entre sí: “Los amigos te saludan. Saluda tú a
los amigos, a cada uno en particular” (3 Jn. 15).
Los amigos nos dan fuerza. “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Ecles. 4:9-12). Quien tiene amigos nunca está solo, porque tiene la fuerza de la buena compañía (cf. Prov. 27:9).
