El alma de David estaba unida a la de David, y
Jonatán lo amaba como a sí mismo (cf. 1 Sam. 18:1; 20:17). David correspondía a
este afecto de Jonatán (cf. 2 Sam. 1:25-27). De la misma manera los cristianos
deben estar unidos en amor (cf. Col. 2:2). A pesar de las malintencionadas suposiciones de
los enemigos de la fe, no hubo nada inapropiado, ni indecoroso, en la amistad
de David y Jonatán. De hecho, sucede todo lo contrario. Los corazones de David y Jonatán estaban unidos
por un pacto (cf. 1 Sam. 18:1-3; 20:8,9; 20:12-17; 23:15-18). No son pocos los
que transgreden el pacto matrimonial (cf. Prov. 2:16,17; Mal. 2:13-16), o los
quebrantan el pacto de amistad (Prov. 17:17; 18:24; 27:6,9,10). David y Jonatán
son un ejemplo de lealtad en medio de gran peligro. Los corazones de David y Jonatán estaban unidos
por la justicia. Cuando Saúl, el rey de Israel, y el padre de Jonatán, perseguía
a David para matarlo, Jonatán habló bien de David procurando hacer razonar a su
padre y disuadirlo de hacer tan grande mal (cf. 1 Sam. 19:1-7; 20:30-34). Los corazones de David y Jonatán estaban unidos
por la benignidad. Cuando fueron separados por el odio de Saúl, David y Jonatán
se despidieron llorando juntos (1 Sam. 20:35-42). La endecha de David por la
muerte de Saúl y Jonatán es una fiel expresión del dolor compasivo (2 Sam.
1:17-27). La unidad del pueblo de Dios es una bendición sin
igual (cf. Sal. 133:1-3). Sin embargo, la amistad no justifica el error (cf.
Deut. 13:6-11; 2 Jn. 9-11). La verdadera amistad respeta la verdad (cf. Jn.
15:12-15). Estamos verdaderamente unidos cuando seguimos la verdad en amor (Ef.
4:15).