Oraciones descuidadas



Por Josué I. Hernández

 
A lo largo de mis años en el camino del Señor he escuchado muchas oraciones públicas. Algunas oraciones fueron excelentes, precisas y concisas, incluso, brillantes. Otras cumplieron con lo esperado, aunque pudieron ser mejores. Pero algunas fueron descuidadas, aunque fueron expresadas por cristianos sinceros.
 
Es lamentable cuando oímos una oración descuidada. Una oración mal formulada, no pertinente a la ocasión, o quizás, una oración con tantos detalles y vueltas que confunden la mente. En más de una ocasión he oído una oración que ha parecido un sermón, con citas de libro, capítulo y versículo. Debemos detenernos a pensar en esto, ¿acaso Dios necesita que se le cite su propia palabra y recordar dónde se encuentra el texto? ¿Dios necesita todos esos detalles que se están mencionando? ¿Dios no sabe lo que está pasando y debemos informarle (cf. Mat. 6:8,32)?
 
Algunas oraciones descuidadas contienen frases trilladas, expresiones repetitivas, que el hermano usa a menudo. Es lamentable saber lo que el hermano va a decir, porque siempre dice las mismas cosas (cf. Mat. 6:7).
 
Algunas oraciones descuidadas piden a Dios lo que corresponde a nosotros. Por ejemplo, oraciones para que Dios obre en nosotros y entendamos su palabra. Pero, ¿acaso no es nuestra responsabilidad entender la palabra de Dios (cf. Mat. 13:10-15; Mar. 7:14,16; Luc. 8:18)? ¿Oró Jesús para que la gente recibiera alguna operación divina antes de cada sermón que les predicaba? ¿No debemos leer para entender (Ef. 3:4)? ¿No manda Dios que lo entendamos (Ef. 5:17)?
 
Algunas oraciones descuidadas piden a Dios que apresure los pasos de los que están por llegar; y otras piden que el hermano que va a predicar se acuerde de todos los pasajes y que reciba palabras sabias y fáciles de entender.
 
Algunas oraciones descuidadas son pronunciadas durante la cena del Señor, en aquella solemne ocasión cuando el pueblo de Dios se reúne para hacer memoria del cuerpo y la sangre de Jesucristo (cf. Hech. 20:7; 1 Cor. 11:23-26). El hermano da gracias por todo, menos por el pan y el fruto de la vid, que representan el cuerpo y la sangre de Jesucristo, respectivamente (cf. Mat. 26:26-28). A veces, alguno ha dado gracias al Padre celestial por el pan que representa su cuerpo; pero, el Padre no se encarnó (cf. Heb. 2:14), ni mucho menos murió en la cruz. El cuerpo fue preparado por el Padre para el Hijo, y no por el Hijo para el Padre (Heb. 10:5). Lo mismo ha sucedido con el fruto de la vid, es decir, la copa. El hermano da gracias por el fruto de la vid que representa la sangre del Padre; pero, el Padre no derramó su sangre, la sangre derramada fue la del Hijo (cf. Rom. 3:25; Ef. 1:7; Apoc. 1:5).
 
Las oraciones memorizadas, mal formuladas, que se pierden en detalles, o que dan vueltas y vueltas, seguirán agravando la situación, a menos que nos detengamos a repasar qué enseñó Jesucristo sobre la oración y veamos los ejemplos bíblicos de oraciones aceptables.