A lo largo de mis años en el camino del Señor he
escuchado muchas oraciones públicas. Algunas oraciones fueron excelentes,
precisas y concisas, incluso, brillantes. Otras cumplieron con lo esperado,
aunque pudieron ser mejores. Pero algunas fueron descuidadas, aunque fueron
expresadas por cristianos sinceros. Es lamentable cuando oímos una oración
descuidada. Una oración mal formulada, no pertinente a la ocasión, o quizás,
una oración con tantos detalles y vueltas que confunden la mente. En más de una
ocasión he oído una oración que ha parecido un sermón, con citas de libro,
capítulo y versículo. Debemos detenernos a pensar en esto, ¿acaso Dios necesita
que se le cite su propia palabra y recordar dónde se encuentra el texto? ¿Dios
necesita todos esos detalles que se están mencionando? ¿Dios no sabe lo que
está pasando y debemos informarle (cf. Mat. 6:8,32)? Algunas oraciones descuidadas contienen frases
trilladas, expresiones repetitivas, que el hermano usa a menudo. Es lamentable
saber lo que el hermano va a decir, porque siempre dice las mismas cosas (cf.
Mat. 6:7). Algunas oraciones descuidadas piden a Dios lo
que corresponde a nosotros. Por ejemplo, oraciones para que Dios obre en
nosotros y entendamos su palabra. Pero, ¿acaso no es nuestra responsabilidad entender
la palabra de Dios (cf. Mat. 13:10-15; Mar. 7:14,16; Luc. 8:18)? ¿Oró Jesús
para que la gente recibiera alguna operación divina antes de cada sermón que
les predicaba? ¿No debemos leer para entender (Ef. 3:4)? ¿No manda Dios que lo
entendamos (Ef. 5:17)? Algunas oraciones descuidadas piden a Dios que apresure
los pasos de los que están por llegar; y otras piden que el hermano que va a
predicar se acuerde de todos los pasajes y que reciba palabras sabias y fáciles
de entender. Algunas oraciones descuidadas son pronunciadas
durante la cena del Señor, en aquella solemne ocasión cuando el pueblo de Dios
se reúne para hacer memoria del cuerpo y la sangre de Jesucristo (cf. Hech. 20:7; 1 Cor.
11:23-26). El hermano da gracias por todo, menos por el pan y el fruto de la
vid, que representan el cuerpo y la sangre de Jesucristo, respectivamente (cf. Mat.
26:26-28). A veces, alguno ha dado gracias al Padre celestial por el pan que representa
su cuerpo; pero, el Padre no se encarnó (cf. Heb. 2:14), ni mucho menos murió
en la cruz. El cuerpo fue preparado por el Padre para el Hijo, y no por el Hijo
para el Padre (Heb. 10:5). Lo mismo ha sucedido con el fruto de la vid, es
decir, la copa. El hermano da gracias por el fruto de la vid que representa la
sangre del Padre; pero, el Padre no derramó su sangre, la sangre derramada fue
la del Hijo (cf. Rom. 3:25; Ef. 1:7; Apoc. 1:5). Las oraciones memorizadas, mal formuladas, que
se pierden en detalles, o que dan vueltas y vueltas, seguirán agravando la
situación, a menos que nos detengamos a repasar qué enseñó Jesucristo sobre la
oración y veamos los ejemplos bíblicos de oraciones aceptables.