Por Josué I. Hernández
“y cantaban un nuevo
cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque
tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje
y lengua y pueblo y nación” (Apoc. 5:9).
La Biblia no tiene reparos en indicar
que Cristo “murió por nosotros” (Rom. 5:8), y que él es “el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). Así, pues, Dios quedó
satisfecho con la muerte de su santo Hijo como el sacrificio perfecto por los
pecados (cf. Is. 53:10,11; 2 Cor. 5:14,15).
El sacrificio de Cristo por nosotros
fue esencial para que Dios perdone nuestros pecados. El conocimiento de este
sacrifico debe ser predicado a todos los hombres (1 Tim. 2:3-7), para que
obedezcan al evangelio (Luc. 24:47; cf. 2 Tes. 1:8; Mar. 16:15,16; Mat.
28:19,20; Heb. 5:9).
El problema de muchos es procurar
entender completamente cómo es que este perfecto sacrificio satisface la
voluntad, la justicia y la misericordia de Dios. Sabemos que la muerte de
Cristo cumple el propósito eterno de Dios (cf. Jn. 3:14,15; Ef. 3:11; Apoc.
13:8) y podemos ser perdonados sobre esta base. Lo que debemos evitar es el
enredarnos en los argumentos de los teólogos, especialmente los calvinistas,
quienes representan la Reforma protestante.
¿Abandonó Dios a su Hijo en la cruz?
Teólogos calvinistas afirman que el
Padre y el Hijo llegaron a quedar separados espiritualmente cuando Jesús murió
en la cruz. A menudo tratan de apoyar su argumento citando Mateo 27:46, cuando
Jesús citó el salmo 22.
En el salmo 22, David se expresa en
circunstancias muy difíciles buscando el socorro de Dios. Es bastante claro en
el Salmo 22 que Dios no abandonó a David, y que el salmista no está totalmente
desesperanzado, a pesar de su angustia expresada como si estuviese
completamente abandonado. De hecho, en el versículo 24, David declara que Dios
no le abandonó a pesar de las difíciles circunstancias que le asediaban, “Porque
no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su
rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó”.
Dios nunca abandona a sus fieles, y
ciertamente, no abandonó a su Hijo que consumaba el eterno plan de redención
para nuestra salvación (Heb. 9:14). Mientras Jesús sufría la muerte más
horrible, injusta, y dolorosa, de la historia del mundo, citó el salmo 22 como
la expresión perfecta de su angustia en el contexto de su fe. Incluso, su
angustia refleja su confianza inquebrantable en la promesa del Padre de estar
al lado de todos los que sufren por causa de la justicia, incluso en las
situaciones más desesperadas.
El Padre no abandonó a su santo Hijo
que pagaba el precio de nuestra redención, debido a lo cual, Jesús exclamó a
gran voz, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho
esto, expiró” (Luc. 23:46).
La transferencia de pecado
Muchos protestantes abrazaron una
teoría de la expiación que incluye la supuesta “transferencia del pecado y de la
justicia”. Esta transferencia de pecado fue de Adán a toda la humanidad y,
luego, de la humanidad a Cristo. Por último, según esta doctrina, la justicia
personal de Cristo sería imputada o atribuida al creyente.
Esta doctrina de transferencia de
pecado y de justicia está falsamente ligada al concepto bíblico de imputación,
que en realidad no tiene tal significado ni aplicación. Sencillamente, la
imputación calvinista no es bíblica, sino imaginaria, y fundamentada en una
antigua tradición filosófica.
La imputación indicada en la Biblia es
la atribución, o reconocimiento, de parte de Dios, según la cual Dios reconoce
o registra la fe obediente como condición para otorgar el perdón de los
pecados, “Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado
por justicia” (Rom. 4:3).
El mismo principio, o proceso, se
aplica a todos los obedientes en Cristo, como explicó el apóstol Pablo a los
romanos, “Y no solamente con respecto a él se escribió que le fue contada,
sino también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada, esto es, a
los que creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro, el
cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra
justificación” (Rom. 4:23-25; cf. Rom. 6:17,18; 10:16).
La idea de que el Padre abandonó a
Jesús en la cruz es la consecuencia de pensar que Cristo moría como un pecador,
como un culpable, y que el Padre cortó comunión con su Hijo debido a esto. Aunque
hay abundante literatura de teólogos para ilustrar esta afirmación fantasiosa,
no hay Biblia para demostrar que esta teoría de la expiación sea verdadera.
Cristo no se volvió pecador
Así como al llevar las enfermedades
Cristo no se enfermó (Mat. 8:17), al llevar el pecado no se volvió pecador (1
Ped. 2:24). Sencillamente, la muerte expiatoria de Jesús no lo volvió un
pecador. La Biblia es muy clara al indicar que Jesús murió inocente, justo,
piadoso, sin culpa, “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo
por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Ped. 3:18).
Cristo murió por nosotros, es decir,
recibió el castigo de nuestra paz (Is. 53:5), conforme al padecimiento al que
el Padre lo sujetó (Is. 53:10), cuando lo entregó por todos nosotros (Rom.
8:32). Su muerte, en este sentido, fue una muerte vicaria, una sustitución de
nuestro castigo. Esto no tiene ningún significado calvinista, y no guarda
relación con la doctrina de la triple imputación del calvinismo.
En total contraste, los predicadores
de la doctrina calvinista apelan a 2 Corintios 5:21, para indicar que
Jesucristo se volvió un pecador. Inclusive, algunas paráfrasis, que no son
verdaderas versiones, es decir, traducciones del texto griego, expresan abiertamente
su prejuicio calvinista en este versículo.
Comentando 2 Corintios 5:21, en sus
Notas sobre 2 Corintios, Bill H. Reeves indicó, “El calvinista ve en este
versículo imputación de pecado a Cristo, como también imputación de la justicia
personal de Cristo, con la que vivió en este mundo, al creyente. Pero no hay
nada de imputación en este pasaje. Cristo nos fue hecho un sacrificio por el
pecado, pues Dios le trató a Él como si fuera pecador. Véanse Is. 53:6; Gal. 3:13; 1 Ped. 2:24. Cristo
murió por todos (v.14,15), o en lugar de todos (los pecadores). Se ofreció a sí
mismo por nuestros pecados (Heb. 7:27; 9:12; 9:14; 9:24-28)”.
La
traducción de William D. Mounce dice: “Al que no conoció pecado, lo hizo
expiación por nosotros, para que en él seamos justicia de Dios”. Es decir,
Pablo usó el sustantivo “pecado” así como se usa en Levítico, para indicar
“expiación por el pecado” (ej. Lev. 4:21,25).
No
toda doctrina de sustitución es calvinista
Dejando
a un lado la parafernalia de las doctrinas humanas acerca de palabras y
conceptos teológicos, podemos asumir que no toda enseñanza de sustitución es
calvinista, porque la sustitución es un concepto bíblico.
Dios señala
a Jesucristo como el sacrificio perfecto en nuestro lugar, o “por” nosotros.
Este es el significado claro de muchos pasajes, tales como, Isaías 53:4-6 y 2
Corintios 5:21. Pero, es necesario hacer la distinción evidente. La sustitución
bíblica no tiene nada que ver con la imputación calvinista. Dicho de otro modo,
nada le fue imputado de nuestra alma al espíritu de Jesucristo en la cruz. El
Santo Hijo de Dios sufrió y murió para que no suframos las consecuencias
eternas por nuestros pecados (cf. Heb. 2:9; Rom. 6:23). En fin, no podemos
escapar de la fuerza de “por” en el griego de pasajes tales como 2 Corintios
5:21 o 1 Timoteo 2:6. Cristo murió en nuestro lugar, en nuestro nombre. Su
muerte es una muerte vicaria en este sentido.
Algunos
escritores afirman que no hay absolutamente nada de sustitución en la muerte de
Cristo, por la sencilla razón de que su muerte no equivale a la muerte eterna
del pecador en el infierno. Es decir, Cristo murió en una cruz, y el pecador
debe morir eternamente en el infierno, por lo tanto, ya que ambas muertes no
son equivalentes, Cristo no murió en nuestro lugar en ningún sentido. Sin
embargo, este razonamiento abre la puerta a una discusión de cómo Dios sopesó
la muerte de Cristo con la deuda de nuestros pecados para eliminar dicha deuda.
Tal discusión genera más preguntas que respuestas y la Biblia no nos dirige por
ese rumbo.
La
muerte de Cristo es suficiente para Dios
Una
de las plagas del denominacionalismo es el intento de sus eruditos y teólogos
para diseccionar la expiación y así satisfacer las más variadas preguntas
filosóficas sobre el gobierno moral de Dios en el plan de redención. Este
antiguo proceso intelectual ha resultado en la escritura de credos y en la
división denominacional por conclusiones humanas, y en diferentes estándares
respecto a tales asuntos.
Por
otro lado, fieles hermanos, y de los más capaces, no han llegado a estar de
acuerdo sobre la naturaleza de la expiación. Pero, finalmente han llegado a un
punto en el cual se han dado cuenta de que solo necesitamos predicar lo que
dice el texto, ya sea que podamos discernir y analizar todo a satisfacción de
nuestras investigaciones o no. Simplemente, la filosofía no satisface nuestras
preguntas, y puede alejar al inadvertido de lo que el texto mismo dice.
Dios
es la autoridad absoluta en el asunto de la expiación. Si para Dios la muerte
de Cristo en la cruz es suficiente para satisfacer su estándar de justicia y
misericordia, también tendrá que satisfacernos. Pero, cuanto más tratamos de
analizar y explicar todos los detalles que para nosotros son “dilemas” de la
expiación, más nos hundimos en un lodazal de confusión y disputas sobre
palabras sin provecho, aunque pueden sonar muy eruditas y sofisticadas.
Si
predicamos la expiación en las palabras de las Escrituras, es posible que no
satisfagamos todas nuestras preguntas sobre el gobierno moral de Dios, pero
siempre la verdad de Cristo satisfará a las almas enfermas de pecado. Nuestras discusiones
sobre todo esto son en gran parte intelectuales, y muchas veces, improductivas
para convertir al mundo perdido en el pecado. No obstante, al predicar el texto
mismo, tal como ha sido revelado por Dios, el evangelio como poder de Dios
resplandece con toda su fuerza para la salvación de los que creen (cf. Rom.
1:16,17; Hech. 26:18).
2
Corintios 5:21 tocará profundamente los corazones de los pecadores cuando ellos
escuchen, “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que
fuéramos hechos justicia de Dios en Él” (LBLA). El término griego
“hamartia”, traducido correctamente como “pecado”, es la palabra común
para la infracción de la ley de Dios. La frase “le hizo pecado”, es una
figura de su muerte como el sacrificio perfecto, es decir, la expiación por el
pecado (cf. Rom. 8:3). Este mismo concepto señaló el apóstol Pedro cuando
escribió, “y El mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz, a
fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por sus heridas
fuisteis sanados” (1 Ped. 2:24, LBLA). ¿Cómo cargó nuestros pecados? Murió
en la cruz. El tenía que sufrir el castigo de nuestra paz, para que por su
herida fuésemos sanados (cf. Is. 53:4-6). De esta manera, Cristo murió en
nuestro lugar, en nuestro nombre.
Cristo
murió “por” (gr. “huper”) nosotros (cf. Rom 5:8; 2 Cor. 5:21; 1 Tim. 2:6). Cristo,
el buen pastor, dio su vida “por” las ovejas (Jn. 10:11). Cristo no sólo murió
a favor nuestro, sino en nuestro lugar. Pablo escribió a Filemón, “Yo
quisiera retenerle conmigo, para que en lugar tuyo me sirviese” (Flm.
1:13). La frase “en lugar” traduce la preposición “huper”.
Jesucristo
es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29). El
concepto mismo de un sacrificio es que el animal muere para que aquel que lo
ofrece no muera. El significado de la sustitución estaba en tales sacrificios,
innegablemente. Pero, la sustitución bíblica está a un millón de millas de la
sustitución calvinista con su imputación literal del pecado. Ciertamente, Dios
no atribuía el pecado de un hombre responsable de sus elecciones morales a un
cordero que no tenía naturaleza moral ni responsabilidad. Así también, es un intento
vano el asignar literalmente el pecado de la humanidad a la persona de Cristo.
Aunque
no entendamos todo acerca de la equivalencia moral de la cruz, sabemos que no
hubo transferencia de culpa desde la humanidad a la persona de nuestro Señor
Jesucristo, quien sufrió por nosotros las penalidades de la ley transgredida,
lo cual permite a Dios el perdonar al pecador y así aplacar su ira (cf. Is.
53:10; Rom. 3:25).
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive
Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de
Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal. 2:20).
