¿Puede el bautismo lavar los matrimonios ilícitos?


 
Por Josué I. Hernández

 
La mayoría ha ingeniado maneras de hacer lo que quieren, sin importar lo que el Señor haya dicho. En consecuencia, muchas prácticas que transgreden la palabra de Dios han sido justificadas por aquellos que desean continuar en ellas.
 
Dios es el autor y regulador del matrimonio (Heb. 13:4), y nunca lo ideó para ser disuelto excepto por la muerte. El matrimonio es una unión física y terrenal, el hombre y la mujer se hacen una sola carne (Mat. 19:6), no es la unión de dos almas por la eternidad. Debido a esto, la muerte física pone fin a todos los matrimonios (cf. Rom. 7:3). El bautismo es esencial para unirnos a Cristo (cf. Rom. 6:3-6; Gal. 3:26,27; Col. 2:12,13), pero el bautismo no desliga a los bautizados de sus compromisos matrimoniales.
 
Piénselo detenidamente. La fornicación es un pecado, al igual que la mentira, el robo, el asesinato, o la idolatría. Estos pecados siguen siendo malos cuando los comete un cristiano. El que peca, sea cristiano o mundano, ha cometido un delito espiritual, y siempre es culpable de su transgresión (1 Jn. 3:4).
 
El Señor Jesucristo enseñó: “Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera” (Mat. 19:9). El inocente puede repudiar a su esposa por causa de fornicación, o perdonarla. Si repudia a su esposa por cualquier otra causa y se casa con otra, él estará cometiendo adulterio, y haciendo que ella cometa adulterio; y cualquier hombre que se case con la mujer repudiada comete adulterio (cf. Mat. 5:32; Mar. 10:11,12; Luc. 16:18).
 
Llegando a este punto, algunos enseñan que el bautismo lava los matrimonios ilícitos, y que la persona con la que se casa al momento del bautismo será el cónyuge bíblico para el resto de la vida. Esto es una falsa doctrina.
 
El bautismo y el pecado
 
El bautismo es una condición para el perdón de los pecados: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hech. 2:38; cf. 22:16). Sin embargo, el bautismo lava solamente los pecados pasados del creyente arrepentido, no lava los pecados futuros, ni cambia alguna relación terrenal. El bautismo es para revestirnos de Cristo (Gal. 3:27) en el “un cuerpo” (1 Cor. 12:13; cf. Ef. 4:5), es para salvación (1 Ped. 3:21; Mar. 16:16), es para ser liberados del pecado y ser hechos siervos de la justicia (Rom. 6:16,17).
 
Todas las acciones, palabras, pensamientos e intenciones, que son pecaminosos antes del bautismo, son igualmente pecaminosos después del bautismo. Por ejemplo, si un hombre y una mujer cometen pecado sexual antes del bautismo, ese mismo acto es igualmente pecaminoso después del bautismo. De la misma manera, quien se dedica a la prostitución o al robo no podría continuar con esa conducta pecaminosa después del bautismo. Los siervos de la justicia no pueden continuar practicando el pecado (Rom. 6:1-18).
 
El que repudia a su cónyuge por cualquier causa, y se casa nuevamente, comete adulterio, y quien se casa con el cónyuge repudiado por cualquier causa, también comete adulterio. Si esa relación es adúltera antes del bautismo, sigue siéndolo después del bautismo.
 
La fe y el arrepentimiento
 
El evangelio es el poder de Dios para salvación (Rom. 1:16), y se dirige a todos por igual (Rom. 3:23). Todos son receptivos a la ley de Cristo (cf. Mar. 16:15). Oír el evangelio es esencial para la fe (Rom. 10:17), esencial para ser bautizado (cf. Mar. 16:16; Hech. 8:36-38).
 
El arrepentimiento es un mandato de Dios para todos (Hech. 17:30), y es necesario antes de ser bautizado (cf. Hech. 2:38; Luc. 24:47). Todos deben arrepentirse o perecerán (2 Ped. 3:9). La tristeza piadosa produce el arrepentimiento (2 Cor. 7:10). El conocimiento de la bondad de Dios conduce al arrepentimiento (Rom. 2:4). El juicio de Dios motiva el arrepentimiento (cf. Hech. 17:30,31; 2 Cor. 5:10).
 
El arrepentimiento es una función de la voluntad que decide abandonar el pecado, y buscar diligentemente la comunión con Dios. Comienza con el reconocimiento del pecado, la convicción de ser pecador, y progresa a la resolución de abandonar el pecado, acudir a Dios y aceptar las consecuencias. El arrepentimiento es un cambio de la mente, que produce un cambio de vida, una vida justa para con Dios.
 
El verdadero arrepentimiento no pregunta qué precio habrá que pagar, no hay deseo de salvar las apariencias, no hay pretextos, ni justificaciones. Los pecados se vuelven repugnantes, repulsivos. El arrepentido está dispuesto a hacer lo que Dios requiera sin importar cuán doloroso sea. Solo la palabra de Dios puede producir el verdadero arrepentimiento.
 
El matrimonio adúltero
 
Los que están en un matrimonio adúltero deben arrepentirse y abandonar ese pecado. Juan el bautista dijo a Herodes: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano” (Mar. 6:18). Herodes se había casado con la mujer de Felipe, su hermano (Mar. 6:18), es decir, estaba en un matrimonio adúltero, porque Herodías estaba ligada al marido que dejó (cf. Mat. 19:9).
 
Si el bautismo limpia los matrimonios ilícitos y los hace buenos, ¿también limpia el matrimonio de un hombre con dos mujeres (poligamia)? ¿Puede conservar a ambas esposas luego de bautizarse? Si no, ¿por qué no? ¿Con cuál debería quedarse ya que tenía a ambas al ser bautizado?
 
Si el bautismo limpia los matrimonios ilícitos y los hace buenos, ¿limpia también los matrimonios homosexuales? ¿Pueden quedarse juntos porque al momento de ser bautizados ya estaban casados?
 
Algunos han afirmado que los pecadores del mundo no están bajo la ley de Cristo. Pero, si no están bajo la ley de Cristo, no son pecadores (cf. Rom. 4:15). El pecado es infracción de la ley (1 Jn. 3:4). Si no han transgredido la ley de Cristo, ¿por qué tendrían que bautizarse? En tal caso no han pecado, y no necesitarían lavar sus pecados (cf. Hech. 22:16; Apoc. 1:5).