Por andar en el Espíritu el cristiano añade a
su vida el gozo (Gal. 5:16,22,25). Por lo tanto, el gozo es una consecuencia, “el
gozo de la fe” (Fil. 1:25). Sin embargo, Dios espera que sus hijos que
permanezcan regocijándose en el Señor: “Por lo demás, hermanos, gozaos en el
Señor… Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Fil.
3:1; 4:4). Por lo tanto, el gozo no es una opción que pueda desecharse si
queremos agradar a Dios. Sin embargo, mientras obedecemos nos regocijamos. El gozo fue una disposición que caracterizó a
nuestro Señor Jesucristo. En los relatos del Evangelio encontramos muchos
indicios de que, a pesar de las diversas adversidades que le golpeaban, su
actitud habitual era gozosa. Ciertamente, nuestro Señor no se comportó como un
asceta (cf. Mat. 11:19). Disfrutaba de ocasiones especiales como bodas y
banquetes (cf. Jn. 2:1-12; Mar. 14:3-9), y exhortó a sus discípulos a mantener
una actitud de alegría incluso cuando ayunasen (cf. Mat. 6:16-18). Nuestro
Señor no se comportó como un amargado pesimista, él fue un hombre de gozo, y
nos dejó su gozo para que lo disfrutemos (Jn.15:11). Mientras demasiadas cosas podrían deprimirnos,
el gozo del Señor está disponible a cada momento. Es verdad que muchas
circunstancias no podrían producir el gozo, pero hay ciertas cosas que sí lo
hacen. Por ejemplo, las mujeres se regocijaron por la resurrección de
Jesucristo (Mat. 28:8), la predicación de Felipe trajo mucho gozo a Samaria
(Hech. 8:4-8; cf. 1 Tes. 1:6), los santos de Fenicia y Samaria se gozaron por
la conversión de los gentiles (Hech. 15:3), el carcelero y su familia se gozaron
de haber creído a Dios (Hech. 16:34), los apóstoles se gozaron al sufrir por la
causa de Cristo (Hech. 5:41) y los hebreos sufrieron con gozo el despojo de sus
bienes (Heb. 10:34). Jesucristo menospreció la vergüenza de la cruz,
sujetándose a la voluntad del Padre, por el gozo de salvarnos (Heb. 12:2), y conforme
a esta mismo, Santiago nos exhorta a gozarnos cuando somos afligidos por
diversas pruebas (Sant. 1:2-5). Es interesante notar que, aquellas cosas que
podrían causar la más profunda tristeza resultan ser causa de la más grande
alegría. Por lo tanto, las circunstancias difíciles no impiden el gozo del
Señor. Sin embargo, no podremos gozarnos de que nuestro galardón “es grande
en los cielos” sin la perspectiva adecuada (Mat. 5:12). Es necesario que
Cristo viva en nosotros (Gal. 2:20), que sea formado en nosotros (Gal. 4:19),
que habite por la fe en nuestros corazones (Ef. 3:17), que seamos llenos de su
palabra (Col. 3:16), que tengamos su mentalidad (Fil. 2:5). El gozo “inefable y glorioso” es
conferido solamente a los que están “creyendo” en el Señor (1 Ped. 1:8), y es
un gozo imposible para quienes piensan solamente en lo terrenal (Fil. 3:19; cf.
Heb. 11:25). La Biblia enfoca nuestra mente hacia las
fuentes de gozo (ej. Sal. 19:8; 35:9; 1 Tes. 2:19,20; 3 Jn. 4). Pablo dijo por
el Espíritu Santo, “gozaos en el Señor” (Fil. 3:1). Es interesante notar
que, todos los que se gozan en el Señor, también se gozan los unos con los otros
(ej. Fil. 2:17,18).