Jesucristo advirtió, “Y no temáis a los que
matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede
destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mat. 10:28). Aunque algunos usan este pasaje para enseñar la
aniquilación del alma, el texto no ofrece ningún apoyo al aniquilacionismo. La
advertencia del Señor no trata de la aniquilación de la existencia. En primer lugar, hay un contraste entre aquello
que los perseguidores pueden hacer y lo que Dios puede hacer. En otras
palabras, la capacidad de Dios excede al poder de los hombres. Los enemigos de
la fe tienen límites, y después de quitar la vida física, es decir, matar el
cuerpo, no pueden hacer algo más (cf. Mat. 10:28; Luc. 12:4). Dios, por el
contrario, tiene mayor poder, porque no solo puede quitar la vida, luego puede hacer
algo más, algo adicional a la muerte física, “tiene poder de echar en el
infierno” (Luc. 12:5). El argumento del Señor se basa claramente en la
premisa de que el alma sobrevive la muerte física, lo cual permite a Dios hacer
algo adicional, y posterior, a la muerte física. La comprensión de esta
realidad motiva el temor hacia aquel que posee semejante poder después de
ocurrida nuestra muerte, en contraste con el poder de aquellos que se hayan
opuesto a nuestra fidelidad a Cristo. En consideración de lo anterior, podemos
observar que los hombres tienen algún poder para infligir daño, y lo peor que
podrían hacernos sería quitarnos la vida física, es decir, matar el cuerpo (cf.
Mat. 10:28), pero Dios tiene el poder de quitar la vida física, es decir, matar
el cuerpo, y hacer algo más, algo adicional, echar en el infierno (cf. Luc.
12:4,5). Algunos interpretan “destruir el alma” como
“aniquilar el alma”. Pero, Jesús no dijo “aniquilar el alma”. El habló de la
destrucción del alma en el infierno. La idea comunicada por el verbo “destruir”
(gr. “apolumi”) “no es la de extinción, sino de ruina; no del ser, sino del
bienestar” (Vine). Por esta razón, el mismo verbo se usa para indicar a la
oveja perdida (Luc. 15:4) o el hijo perdido (Luc. 15:24). Luego, es importante
reconocer que el concepto bíblico de “muerte” es “separación”. Santiago escribió: “Porque como el cuerpo
sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Sant.
2:26). El cuerpo separado del espíritu está muerto,
pero el espíritu no ha dejado de existir con la muerte física. Por lo tanto, la
muerte no es una aniquilación de la existencia, sino la separación que
experimentan el cuerpo y el espíritu del hombre: “y el polvo vuelva a la
tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” (Ecles. 12:7). Siempre que en la Biblia se menciona el término
“muerte” se hace alusión a: 1) La muerte física, 2) la muerte espiritual, 3) la
muerte eterna. La muerte física es la separación del espíritu del cuerpo (Sant.
2:26; Hech. 9:37). La muerte espiritual es la separación del hombre y Dios (Ef.
2:1, 5; Rom. 5:12). La muerte eterna es la separación eterna del hombre y Dios
(Rom. 6:23; 2 Tes. 1:9; Apoc. 21:8). Piense en lo siguiente. Dios había dicho: “De
todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del
mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”
(Gen. 2:16,17). A simple vista, la muerte debiese definirse
como la ausencia de existencia. No obstante, Adán y Eva continuaban existiendo
a pesar de haber muerto por comer del fruto prohibido. Dios no había dicho que
morirían en algún momento futuro, o que comenzarían a morir envejeciendo. Dios
había dicho: “el día que de él comieres, ciertamente morirás”. Cuando Adán y Eva pecaron su vida física
continuó, pero su vida espiritual no. Habían muerto para con Dios (Ef. 2:1,5).
Una persona puede estar físicamente viva, pero espiritualmente muerta, porque
la vida es unión y la muerte es separación: “El alma que pecare, esa morirá”
(Ez. 18:20). El pecador, estando muerto para con Dios, está separado de
Dios, aunque no ha dejado de existir (cf. Is. 59:2; Rom. 3:23). Siendo la muerte una “separación”, la
muerte eterna es la separación eterna de Dios: “pena de eterna perdición, excluidos
de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tes. 1:9). Esta es
“la muerte segunda” (Apoc. 20:6; 21:8).