La destrucción del alma



Por Josué I. Hernández

 
Jesucristo advirtió, “Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno” (Mat. 10:28).
 
Aunque algunos usan este pasaje para enseñar la aniquilación del alma, el texto no ofrece ningún apoyo al aniquilacionismo. La advertencia del Señor no trata de la aniquilación de la existencia.
 
En primer lugar, hay un contraste entre aquello que los perseguidores pueden hacer y lo que Dios puede hacer. En otras palabras, la capacidad de Dios excede al poder de los hombres. Los enemigos de la fe tienen límites, y después de quitar la vida física, es decir, matar el cuerpo, no pueden hacer algo más (cf. Mat. 10:28; Luc. 12:4). Dios, por el contrario, tiene mayor poder, porque no solo puede quitar la vida, luego puede hacer algo más, algo adicional a la muerte física, “tiene poder de echar en el infierno” (Luc. 12:5).
 
El argumento del Señor se basa claramente en la premisa de que el alma sobrevive la muerte física, lo cual permite a Dios hacer algo adicional, y posterior, a la muerte física. La comprensión de esta realidad motiva el temor hacia aquel que posee semejante poder después de ocurrida nuestra muerte, en contraste con el poder de aquellos que se hayan opuesto a nuestra fidelidad a Cristo. En consideración de lo anterior, podemos observar que los hombres tienen algún poder para infligir daño, y lo peor que podrían hacernos sería quitarnos la vida física, es decir, matar el cuerpo (cf. Mat. 10:28), pero Dios tiene el poder de quitar la vida física, es decir, matar el cuerpo, y hacer algo más, algo adicional, echar en el infierno (cf. Luc. 12:4,5).
 
Algunos interpretan “destruir el alma” como “aniquilar el alma”. Pero, Jesús no dijo “aniquilar el alma”. El habló de la destrucción del alma en el infierno. La idea comunicada por el verbo “destruir” (gr. “apolumi”) “no es la de extinción, sino de ruina; no del ser, sino del bienestar” (Vine). Por esta razón, el mismo verbo se usa para indicar a la oveja perdida (Luc. 15:4) o el hijo perdido (Luc. 15:24). Luego, es importante reconocer que el concepto bíblico de “muerte” es “separación”.
 
Santiago escribió: “Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta” (Sant. 2:26).
 
El cuerpo separado del espíritu está muerto, pero el espíritu no ha dejado de existir con la muerte física. Por lo tanto, la muerte no es una aniquilación de la existencia, sino la separación que experimentan el cuerpo y el espíritu del hombre: “y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio” (Ecles. 12:7).
 
Siempre que en la Biblia se menciona el término “muerte” se hace alusión a: 1) La muerte física, 2) la muerte espiritual, 3) la muerte eterna. La muerte física es la separación del espíritu del cuerpo (Sant. 2:26; Hech. 9:37). La muerte espiritual es la separación del hombre y Dios (Ef. 2:1, 5; Rom. 5:12). La muerte eterna es la separación eterna del hombre y Dios (Rom. 6:23; 2 Tes. 1:9; Apoc. 21:8).
 
Piense en lo siguiente. Dios había dicho: “De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gen. 2:16,17).
 
A simple vista, la muerte debiese definirse como la ausencia de existencia. No obstante, Adán y Eva continuaban existiendo a pesar de haber muerto por comer del fruto prohibido. Dios no había dicho que morirían en algún momento futuro, o que comenzarían a morir envejeciendo. Dios había dicho: “el día que de él comieres, ciertamente morirás”.
 
Cuando Adán y Eva pecaron su vida física continuó, pero su vida espiritual no. Habían muerto para con Dios (Ef. 2:1,5). Una persona puede estar físicamente viva, pero espiritualmente muerta, porque la vida es unión y la muerte es separación: “El alma que pecare, esa morirá” (Ez. 18:20). El pecador, estando muerto para con Dios, está separado de Dios, aunque no ha dejado de existir (cf. Is. 59:2; Rom. 3:23).  
 
Siendo la muerte una “separación”, la muerte eterna es la separación eterna de Dios: “pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tes. 1:9). Esta es “la muerte segunda” (Apoc. 20:6; 21:8).